muerte en la arena -1

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* Atlántida, no el continente perdido, sino el balneario.

La primera vez. Ah, qué tiempos. Siempre mantuve esto en secreto ante mis padres, no fueran a prohibirme salir de excursión. Tengo que decir que es totalmente verídico y no tuvo ni pizca de gracia: espero haber transmitido la angustia que sentí en esos momentos, la desesperación de saber que vas a morir bastante más lentamente que en un accidente de tráfico, un infarto o una ejecución.

¿Por qué lo cuento ahora? Resulta que hace unos días un amigo me contó la terrible agonía de su perra por una hemorragia gastrointestinal al comer arena de playa mezclada con comida. No sabía que fuera tan peligroso, así que me puse a investigar y di con esta noticia horrible:

Un niño muere sepultado por la arena en una playa

Un niño de 12 años murió el viernes sepultado por la arena en una playa de Castelló d’Empúries (Alt Empordà) mientras estaba jugando en una especie de túnel que estaba cavando y que se desplomó sobre él.

Trágico, y ahora que sabéis lo que yo, inquietante a nivel personal.

Hacia esta época leía yo los libros de una escritora sueca que no era Astrid Lindgren, en fin, salía una niña que coleccionaba peligros de muerte. Cada vez que su vida corría un riesgo letal evidente, lo apuntaba en una lista. Y claro, pensé: -esto va para mi colección. Iluso de mí, cómo iba a imaginar que la cosa iba a ir a más? Aquello fue como un rite de passage natural, el paso de la infancia a una -ehm- edad menos infantil?

Curiosidades arqueológicas:

– El coche es un Austin A40 Devon de 1949.

– El reloj de pulsera era un Obbo, uno de los primeros digitales LCD, regalo de mi abuela por mi 13 cumpleaños que fue precisamente ese día. Todavía lo conservo… y funciona!

– El azul era mi color. Adoraba esa camiseta Hering; las zapatillas eran unas Pampero de lona y los shorts, creo, un par de Locker o Lee viejos recortados. Es lo que había y se llevaba en los ’70. Ahora la juventud no sabe vestir.

– La frase “¿Cuánto pesa?” era una especie de broma-referencia sexual entre mi padre y “Capi” Capaolo, el ayudante, que me recordaba tremendamente a Shemp de los Tres Chiflados por más de una razón.

– Jamás llegué a encontrar ni una maldita punta de flecha.