Vaya pesadilla más espantosa. Puedo rastrear su origen: metí en la chimenea un montón de cartones para encender el fuego, y ardieron de manera increíblemente violenta (la chimenea tiene un buen tiro) al punto de caldear la estufa al instante y hacer que apestase a hierro recalentado.
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Normalmente los sueños son audiovisuales, pero este maldito tenía calor, olor a humo y metal, y el estruendo de la corteza agrietándose y el viento abrasador rugiendo en las calles. Lo más triste era la visión de la sierra deshaciéndose, porque implicaba mucho más que un volcán: era una catástrofe a nivel continental o quizás planetario.

Al despertarme realmente pensé esas dos cosas inconexas. La sensación del pelo revuelto, caliente y pegajoso era real: al otro día me fui a la peluquería a despejarme el cogote.

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