Reconozco que soy un carnívoro acérrimo; el primer alimento sólido que me dieron fue carne y pan mojado en sangre (la que escurre de esos bistecs poco hechos, ummm) pero al mismo tiempo detesto la violencia y la muerte. El saber que vivir te obliga a consumir la vida de miles de animales y plantas es una de las lacras de ser orgánico. Así que además de asesinos tenemos que ser hipócritas: comprar los conejos y las vacas ya muertas, pedir perdón al hermano búfalo después de cazarlo, o señalar con el dedo a los comedores de animales mientras masticas la vida de docenas de semillas y tiernas plantitas (lo siento, pero para mí la falta de inteligencia, consciencia u ojillos brillantes no es excusa; acabar con un puerro mientras perdonas a un pollo es puro racismo).

En la ciencia ficción, la solución a este dilema ético suele venir de las pastillas o de los replicadores de comida, sistemas que en su origen eran puras excusas -una máquina que almacenaría codificada la estructura atómica de objetos complejos y sería capaz de reconstituirla a partir de materia bruta elemental- pero ahora cada vez parece más viable con nuestra acelerada tecnología.

En un relato clásico de cuyo nombre no me acuerdo había una fábrica con lo que llamaban “La Gallina“. La Gallina era un monstruoso cultivo de carne de pollo alimentado con un sistema venoso de tuberías y lagos de caldo, un bulto amorfo que emitía ramificaciones y pseudópodos de carne estimulados eléctricamente. Estos brotes eran podados por obreros equipados con cuchillas, de donde salían hermosos filetes de carne firme y homogénea, ni muslo ni pechuga. ¡Era un trabajo molesto y apestoso!

Pues esta versión de la comida sintética parece que vaya a ser la primera en aparecer. La carne cultivada en laboratorio lleva tiempo en desarrollo, pero la cosa ya va tomando forma. Mark Post, biólogo de la universidad de Maastricht (Holanda) ha creado cultivos a partir de células madre cosechadas de restos de los mataderos. Alimentándolas con un caldo alimenticio de azúcares, grasas y otros elementos esenciales y estimulándolas con algo tan simple como dos tiras de velcro que contraen y expanden sus fibras musculares para ejercitarlas y dotarlas de la textura que reconocemos y aprendemos a apreciar en la carne, ha conseguido esas finas láminas que se ven en la foto. Es blanca, ya que carece de capilares llenos de sangre; y tampoco tiene grasa ya que ese es otro tipo de tejido. Para que este carpaccio pálido sea apetecible habrá que idear formas de cultivo que permitan acumular miles de capas alternas de músculo y grasa artificial, formas que además sean baratas. Ahora mismo esta carne cuesta 250.000 euros el kilo, resulta algo cara incluso en Navidad. El sabor es casi irrelevante: ya disponemos de tecnología culinaria para darle sabor de cualquier cosa a cualquier otra cosa.

Pero para abaratar costes debe existir un mercado, y ahí tenemos a las economías emergentes de China e India (de momento) cuyos habitantes están accediendo a niveles económicos mucho más altos que los que han tenido nunca, y cada vez exigen más carne en su dieta. En un mundo de recursos limitados, criar ganado de carne (cualquier ganado de carne, cualquier depredador secundario de la cadena alimenticia) representa un desperdicio que pronto no podremos permitirnos.

Visto en BoingBoing.