El armadillo y la lepra

El armadillo, tatú, quirquincho, piche, cusuco, gurre, toche, pirca, peludo o mulita (familia Dasypodidae, normalmente Dasypus septemcinctus) es un simpático edentado* americano, pariente del extinto gliptodonte y singular por su dura coraza, que se usa para hacer guitarras charango. Se dice también que su carne grasienta y aromática, asada en su propia cáscara, es deliciosa, y hay recetas desde Texas a la Patagonia (igual por ese éxito culinario es por lo que tiene tantos nombres, como pasa con el cerdo). Actualmente está protegido en varios países, aunque ya se sabe cómo es eso.

Un cuento de viejas norteamericano dice a los niños que si toquetean armadillos les puede salir la lepra. Tontería que se ha visto confirmada por la OMS y un estudio que analizó la persistencia de Mycobacterium leprae en el cuerpo de los armadillos, cuya temperatura corporal es lo suficientemente baja para que esta bacteria -que no tolera bien el calor- sobreviva largas temporadas. Los investigadores sospechan que el sistema inmune del animal es deficitario: un humano en buen estado de salud puede estar en contacto con M. leprae y combatir eficazmente la infección. La enfermedad se evita también con un aseo personal adecuado, y tiene tratamiento, pero no es el tipo de infección que uno desearía coger. El contagio se realiza por contacto con las mucosas de nariz y boca y también por la ingestión de su carne. O sea que… mal veo mi negocio de salchichas de mulita, ¡para una vez que tengo una idea comercial!

Visto en io9.

 

* acabo de descubrir que el orden Edentata ya no se usa y se debe decir Xenarthra. Mi vida ya no será igual.

Primer Contacto

Las dos especies inteligentes que hay en el planeta Tierra, enfrentadas. Como suele ocurrir entre seres de alto nivel de psiquismo, hay titubeo pero nada de violencia.

Esto con perros y monos no pasa. Visto en Cute Overload

El virófago antártico

La Antártida encierra misterios primigenios y exóticos, y en estos últimos años han visto la luz unos cuantos: un lago de sangre (bueno, rojo); pequeños mares sellados bajo el hielo hace millones de años; fósiles vivientes pululando por los frías y oscuros abismos de la plataforma continental; y ahora, el virófago.

De hecho este ser -OLV u Organic Lake Virophage– es uno de los tres que conocemos actualmente, el primero descubierto en 2008 y el segundo un mes más tarde. Los virófagos son la venganza, el depredador natural de los virus.

Todos sabemos que los virus no son formas de vida exactamente: son trozos de código genético organizado de tal manera que parasitan a células organizadas utilizando su capacidad reproductora para obtener copias de sí mismos. En el proceso, afectan más o menos a su huésped, desde provocarle un ligero malestar (resfriado) hasta matarlo (VIH, Ébola).

Los virófagos son organismos que habitan inactivos en el interior de células; por ejemplo el llamado Sputnik vive en las amebas de la especie Acanthamoeba polyphaga. Cuando una de estas amebas es infectada por un mamavirus, que suele ser letal para ellas, el Sputnik interfiere utilizando los sistemas de autorreplicación del mamavirus para producir más Sputniks. Con ello también disminuye la producción de mamavirus y eventualmente la mortalidad entre las amebas. En el caso del OLV, las beneficiadas son unas algas prasinófitas afectadas por picodnavirus.

No es que esto vaya a curar ninguna enfermedad, pero es bueno saber que los virus también pueden enfermar. Siento por los virófagos la misma simpatía insana que por los atracadores de bancos.

Cuando perdimos las espinas

El amor es un tema espinoso.

Hace tiempo comentábamos como una singularidad de los humanos el hecho de carecer de baculum, es decir de hueso del pene. Este elemento estructural se perdió en algún momento debido a un error de codificación del genoma; desde entonces hemos sido víctimas de la burla silenciosa del resto de los vertebrados. Ahora se ha descubierto, o más bien puesto en evidencia, otro defecto genético que nos priva de un elemento que hasta los chimpancés, gatos y ratones poseen: espinitas en el pene.

Estas espinas son formaciones córneas de queratina, 150-200 de 1mm de longitud en el caso del gato, y tienen diversas funciones: estimular a la hembra y “rascar” de la vagina restos de esperma de otros machos -cosa que ya hace nuestro pene ridículamente grande y con forma de hongo-. Parece ser que la desaparición de estas protuberancias está relacionada con el comportamiento monógamo en algunos primates.

Un estudio publicado en Nature apunta a que esta ausencia, al igual que la falta de bigotes sensoriales (vibrisas) y el incremento de volumen encefálico característico de nuestra especie puede estar vinculada a algunos genes: una comparativa sistemática del ADN humano y chimpancé marcó una primera diferencia en 510 secuencias ausentes del genoma humano, casi todas pertenecientes a ADN “regulador” no codificante, que activa o no la expresión de otros genes. El análisis de estas diferencias podría dar lugar a resultados prácticos interesantes.

Por otra parte, esto sólo responde a la cuestión del mecanismo por el que perdimos esas características. La razón -y no una razón preconcebida, sino vista como una posible ventaja a posteriori que llevó a que nos quedáramos así- sería que sin espinas la sensibilidad disminuye. Esto permite coitos más lentos y prolongados, lo que unido a otras adaptaciones lleva a una unión de pareja más estable y a la cría compartida de los cachorros. Comportamiento social avanzado: el origen de la familia y de los núcleos de convivencia.

How the penis lost its spikes, en Nature (visto en io9)

Fósiles vivientes en las montañas del Antártico

Cuando H. P. Lovecraft racionalizó su mitología terrorífica de ficción en En las Montañas de la Locura, ubicó los últimos rescoldos de la poderosa raza de los Antiguos -seres provenientes de los confines del Universo, infinitamente sabios y creadores de la vida en la Tierra, cuyo aspecto recordaba vagamente al de los crinoideos y las estrellas de mar- en unas montañas situadas en el Polo austral; la capital abandonada entre los crecientes hielos dejaba entrever una trágica historia, pues la raza Antigua había pasado su época de esplendor y, si aún quedaban algunos supervivientes, se habían replegado a las oscuras profundidades marinas bajo el océano. Por cierto, siguen los rumores de que la versión cinematográfica se va a rodar pronto dirigida por Guillermo del Toro (Hellboy) y posiblemente con Tom Cruise en uno de los papeles principales.

Un estudio recién publicado del NIWA (New Zealand Institute of Water and Atmosphere) sobre las poblaciones abisales de los montes submarinos del Almirantazgo -no demasiado lejos de la bahía de McMurdo, donde empieza la historia de Lovecraft- nos habla de un descubrimiento insólito: poblaciones enteras de al menos una especie desconocida, con una tipología similar a la que era frecuente en los mares terrestres hasta el Paleoceno, es decir, hace 65 millones de años. Sí, se trata de comunidades de crinoideos que viven al estilo de su gran época (la cual duró más de cuatrocientos millones de años); en los mares modernos, los crinoideos viven una existencia tímida y solitaria, pero aquí -libres de depredadores y con un rico caudal de nutrientes provisto por las corrientes polares- están estupendamente.

A lost world? Archaic crinoid-dominated assemblages on an Antarctic seamount (ScienceDirect)

Visto en New Scientist.

Sexos en plural! Muchos!

Una de esas cosas aberrantes de la ciencia ficción es que pocas veces se contempla el sexo con imaginación. Tal vez Tiempo para amar de Heinlein (donde el protagonista se acuesta con todo lo que pilla e incluso tiene una hija con una computadora) o La Estrella de los Gitanos, de Silverberg, con la escenita en la que un mar viviente copula y asimila a la vez a quienes caen en sus aguas, sean ejemplos imaginativos. Por lo demás, todo cae en el aburrido concepto de dos sexos biológicos y anomalías entretenidas (homosexuales, bisexuales, curas, jedis, vulcanos…) porque ¿quién sería capaz de imaginar más sexos?

El sexo aparece como la necesidad de intercambiar información genética entre individuos. Uno se cruza con otro, combina su ADN y fabrica una copia híbrida que tal vez, tal vez, tenga una combinación de rasgos mejor que la de sus progenitores. Es un negocio arriesgado y lento, pero los genes y la naturaleza tienen tiempo para ello. Ya lo decía el propio Heinlein,

El zigoto es la forma que tienen los gametos de perpetuarse

Una forma original de considerar la existencia: nosotros, el ser adulto, no somos más que el vehículo portador del semen (o los óvulos, si corresponde).

Las bacterias también tienen su juerga: aunque no necesitan acoplarse a otra para desencadenar el proceso de replicación -de hecho muchos animales superiores tampoco- se juntan a veces para intercambiar material genético con sus pelos sexuales, tal vez la versión más minimalista de pene. (más…)