Tránsito de Venus

Esta noche es cuando ocurre el tránsito del planeta Venus, es decir, que pasa por delante del Sol; si estuviera más cerca sería un eclipse, pero lo que se verá será un puntito delante del fiero disco del sol de junio. Tiene su valor anecdótico: antiguamente los sabios se morían por presenciarlo, ya sea para cotejar sus cálculos de distancias planetarias o por ajustes de calendario: se supone que los mayas habían ajustado el calendario para que el ciclo actual (el treceavo b’akt’un) se cerrara con el paso de Venus ante el Sol. No es descabellado, ya que es un fenómeno raro, periódico, observable a simple vista -más de un sabio se dejaría las retinas en la tarea- y además Venus es el astro asociado a Kukulkán, una importante divinidad del panteón maya.

Sea como sea, esta vez quedará fuera del campo de visión. Siempre me pasa lo mismo con las efemérides espaciales, es como si estuvieran provocando para que salga a verlas ahí fuera. En fin, el próximo tránsito será el día después de mi 150 cumpleaños, ya pillaré un cohete orbital o algo.

Datos más serios en BadAstronomy.

Otra amenaza cósmica: tormentas de polvo estelar

Hace tiempo me regalaron un libro de Isaac Asimov, Las Amenazas de Nuestro Mundo, en el que se explicaban variadas formas en que la Tierra podía acabar; desde la más remota pero segura (la paralización de todo movimiento y la descomposición de las partículas elementales de la materia dentro de tropecientos millones de años) a la más cercana e improbable (vulcanismo, meteoritos, guerra nuclear global: el año es 1980). El libro mantuvo un rincón de mi mente aterrado durante mucho tiempo, pero lo cierto es que al Buen Doctor -de quien por cierto se cumplen este mes veinte años de su muerte- le hubiese gustado añadir unas cuantas catástrofes galácticas nuevas que ahora empezamos a suponer.

En 1980 se empezaba a hablar de los agujeros negros, por ejemplo, pero no era del dominio público que nuestra propia Vía Láctea contenía uno supermasivo en su centro, Sagitario-A. Claro que ahora estos embudos gravitatorios son algo más doméstico y normal en el Universo, y dan menos miedo. Luego están las cuerdas cósmicas: residuos del Big Bang larguísimos, hiperdensos y prácticamente unidimensionales (su grosor sería 100.000.000.000.000.000 veces más pequeño que el de un protón). Si uno de estos filamentos pasase a través de la Tierra podría traspasarla sin tocar un solo átomo dada su delgadez, pero arrasaría el sistema solar con sus perturbaciones gravitatorias.

Por supuesto las novas, púlsares y quásares eran bien conocidos, pero nadie imaginaba que ahora mismo hay más de doscientos agujeros negros detectados por el WISE de la NASA apuntándonos con sus chorros relativistas o blazars, emitiendo radiación gamma casi a la velocidad de la luz. Afortunadamente están bastante lejos.

Y la nueva amenaza está relacionada con las novas, o más bien con las casi-novas. Cuando una estrella como el Sol explota al final de su ciclo de vida, escupe una nube de partículas y gas con un “superviento” cien millones de veces más potente que el viento solar. Los modelos clásicos predecían que este material se vaporizaría debido al calor; sin embargo los nuevos cálculos -que indican un mayor tamaño en los granos  y un “efecto espejo” que devolvería parte de la radiación recibida- describen gigantescas nubes de polvo expandiéndose a diez kilómetros por segundo que arrasan todo a su paso. Y recordemos que en el espacio no hay nada que frene a una partícula en movimiento. No puede estar uno tranquilo en ningún sitio…

Astronomers discover sandstorms in space, en Eurekalert.
Visto en io9.

GJ1214b, el planeta casi ideal

El descubrimiento de planetas extrasolares es ya un hecho cotidiano que ni siquiera salta a la prensa corriente, cuando hace diez años detectar algo parecido a la posibilidad de un cuerpo orbitando otra estrella era WOW! la revolución. Sin embargo en este último año hemos descubierto gigantes gaseosos, planetas en sistemas binarios à la Tattooine, planetas en sistemas triples, planetas errantes entre sistemas con posibilidad de albergar vida, incluso la posibilidad de planetas en órbitas estables cerca del horizonte de sucesos de un agujero negro. Entonces, ¿qué es lo que no resulta bastante atractivo como para que lo veamos en portada? (más…)

Lava en la Luna

Un tópico de la astronomía moderna era el concepto de “orbe muerto”: nuestro planeta tiene un núcleo de ferroníquel caliente que al rotar genera un potente campo magnético, además de mantener una dinámica de afloramiento de materiales (ya sea por volcanes o en las juntas de las placas tectónicas) que compensa la erosión. Así, es un planeta con relieves montañosos que de otra manera estarían ya rebajados y romos. Marte, por ejemplo, tiene un campo magnético muy débil que indica que la “dinamo” dejó de funcionar allí hace por lo menos cuatro mil millones de años. Otros mundos mantienen su vulcanismo debido a las mareas gravitatorias que calientan su núcleo, por ejemplo Io y Europa, las lunas de Júpiter. Pero la Luna está muerta: su fuego interior (cuyas señales puede que alberguen algún día las primeras colonias humanas) se apagó hace mucho, y lo único que altera su picoteada corteza son los continuos meteoritos que la bombardean.

Sin embargo, estudios recientes empiezan a cambiar todo esto. Hace unos cuantos meses, los Lunar Prospector detectaron los volcanes lunares más jóvenes jamás vistos, en el Lado Oscuro: 800 millones de años. Por lo visto la Luna aún tiene un núcleo caliente, como el de la Tierra -sólo que está mucho más frío: esto también se dedujo del reprocesado, el año pasado, de datos recogidos por las misiones Apolo en los ’70.

Entonces, ¿Por qué no vemos erupciones? La teoría más nueva (vaya, se publicó el 19 de febrero) habla de las especiales cualidades del magma lunar, posiblemente compuesto por minerales ricos en titanio y sustancias radiactivas: la densidad de este material lo habría sumergido muy por debajo de la corteza exterior de plagioclasas*. A medida que se va enfriando, el material de la corteza/manto, más ligero, va quedando fuera y encerrando el magma pesado. En la Tierra, simplemente, esa corteza es aún muy fina.

Claro, a todo esto concluimos que tampoco puede haber actividad tectónica en el satélite. Ciertos fenómenos geológicos, similares a grietas, serían el resultado de la contracción del orbe al enfriarse. Pero es que ahora hay más: el Lunar Reconaissance Orbiter ha enviado imágenes de una especie de trincheras, graben es como se les denomina, que serían el equivalente lunar de la dorsal del Atlántico: puntos en los que la corteza se está abriendo y revelando material profundo que emerge. Y estamos hablando de actividad reciente. Parece que la vieja Luna todavía tiene mucho juego dentro.

Neutral buoyancy of titanium-rich melts in the deep lunar interior, en Nature Geoscience
Visto en Space.com.

* Esto va totalmente en contra de la famosa teoría de Sherbakov de la Luna hueca, que da para otra historia…

Hielo eléctrico

El hielo eléctrico no existe en la Tierra, aunque se ha especulado de su existencia en la Antártida. La molécula de agua es muy polar, con carga negativa del lado del oxígeno, y positiva del lado del par de hidrógenos. Cuando se forma hielo, sin embargo, las moléculas se organizan de forma caótica y las cargas se compensan anulándose.

Congelando agua a -213,15ºC los hidrógenos sí se alinean y el resultado es el llamado hielo XI, un cristal regular y polarizado. Esta polaridad hace que el XI tenga más facilidad para aglomerarse que el hielo común -lh-, que sólo cuenta con la gravedad para ello. Además un poco de XI es capaz de convertir el lh que le rodea en más hielo eléctrico. Esto no requiere temperaturas tan bajas como la citada; tal vez -36ºC. La importancia de esto es que bolas de hielo XI pueden haber sido en parte responsables de la consolidación de los planetas en nuestro sistema, así como de la formación de los primeros ladrillos de la vida, porque las moléculas orgánicas también son atraídas por él. Temperaturas promedio para la formación espontánea de hielo XI ocurren en los sectores más allá de la órbita de Urano; pero el efecto “memoria” del hielo persistiría hasta temperaturas semejantes a las de los satélites jovianos.

Visto en NewScientist.

Maravillas

Escuchando esta mañana un post algo caducado de un programa radiofónico de misterios, resulta que un oyente preguntaba si podía ser verdad la noticia del hallazgo de un reactor nuclear en estratos africanos de hace mil millones de años.

Ante ese dato los expertos se sonrieron y despacharon el asunto rápidamente; esta misma gente que es suficientemente abierta de miras como para darle una posibilidad a las caras de Bélmez, las apariciones marianas de Garabandal o al pulpo artista que hacía artesanías con huesos de ictiosaurio, se cerraba en banda. Sin conocer, obviamente, que la cosa tenía sus matices (no se puede saber todo). La respuesta a lo del reactor nuclear, aquí mismo.

Eso me ha dado que pensar. Oímos muchas fantasías muy bien contadas para que parezcan creíbles, y queremos creerlas; pero hay otras cosas maravillosas que pueden ser reales y de las que apenas nos enteramos! Aquí van algunas astronómicas, casi todas de reciente descubrimiento:

Océanos de diamante líquido, con trocitos de diamantes cristalinos del tamaño de icebergs flotando bajo una presión de doce millones de atmósferas terrestres. Una explicación para la rara desviación del polo magnético de Urano y Neptuno podría ser la existencia de estos océanos de carbono licuado que lo distorsionan.

En la constelación de Centauro, a 50 años luz de casa, existe una estrella que es un diamante de 1028  quilates. Se llama BPM 37093 y es una enana blanca cristalizada. Y J1719-1438, a 4000 años luz y orbitando un pulsar, es un diamante del tamaño de Júpiter (1060 quilates).

En una estrella joven en Orión, llueven verdes cristales de olivino. La temperatura es la justa para que se formen ciclos de evaporación y precipitación de este silicato de hierro y magnesio en la nube que rodea la protoestrella HOPS-68.

 En la constelación del Pez Volador hay una estrella en la que puedes ir en pantalón corto. WD 0806-661B es una enana marrón con una temperatura de superficie de unos 30ºC. Algunos científicos, avergonzados, quieren clasificarla como un planeta gaseoso.

Una foto de un arco iris en la Luna.