Robot + cuchillo

Robot + cuchillo

Este vídeo muestra un sistema de aprendizaje desarrollado por Ashutosh Saxena, de la Universidad de Cornell. La situación: mientras un robot-asistente de caja embala un cuchillo de cocina, lo mueve de forma poco cortés delante de un humano. Éste lo orienta en el modo correcto de manipular el cuchillo, igual que nuestros padres cuando decían aquello de “No corras con las tijeras de punta!”. (Había que llevarlas con la punta para adentro, lo cual era totalmente ilógico. ¿Por qué no de lado? ¿O tal vez sólo eran mis padres los que decían esto?) En fin. La máquina tiene un algoritmo de aprendizaje con el cual va refinando la trayectoria (educándola?) hasta dar con la más políticamente correcta. Otro añadido más a la lista de vídeos de futuros robots asesinos.

Un nuevo tiranosáurido

Un nuevo tiranosáurido

Lythronax en la playa. imagen: © Andrey AtuchinUna especie nueva emparentada con el popular Tyrannosaurus rex acaba de ser descubierta -y publicada- en Utah: Lythronax argestes, el “Rey de la sangre del (viento del) sudeste”*, que deambulaba por las boscosas extensiones del desaparecido continente de Laramidia hace ochenta millones de años.

Laramidia era una banda de tierra pantanosa de clima subtropical que se extendía desde la costa oeste de México hasta Alaska. La mayor parte de la fauna que asociamos con el Cretácico de Norteamérica vivía allí, ya que del continente que daba a la costa atlántica (Appalachia) tenemos pocos yacimientos muy deteriorados por las posteriores glaciaciones. En cambio, los depósitos fósiles de Laramidia son de los mejores del mundo. Hasta después del Cretácico, hace 61 millones de años, ambas masas no se unirían formando el continente norteamericano; para ese entonces la fauna dinosauria ya había desaparecido.

El bicho que nos ocupa, Lythronax, era un tiranosáurido de unos ocho metros y 2500 kilos del cual se ha hallado medio cráneo y parte del esqueleto. Un diseño muy similar al de T. rex, pero de morro más corto (y lleno de dientes) y con el cráneo más ancho por detrás. Esto le brindaba por la posición de los ojos una práctica visión binocular -es decir, con percepción de la profundidad, condición que asociamos a los depredadores y que comparte con T. rex.

craneo

Cráneo de Lythronax. imagen: © Lukas Panzarin

Pero Lythronax vivió, según la datación de las cenizas volcánicas que rodeaban su cadáver, hace 80.000.000 de años, lo que lo convierte en el tiranosáurido más antiguo conocido (T. rex vivió hace 67.000.000 de años). Posiblemente su existencia se remonte a la del mismo continente, diez millones de años antes. Esto aporta más información sobre el linaje de los tiranosáuridos y su distribución. Teniendo en cuenta que Laramidia -un territorio bajo- quedó a su vez subdividida en ocasiones por brazos de mar, explicaría que se formaran distintas morfologías como por ejemplo los Daspletosaurus de morro alargado en el norte y los Tyrannosaurus de morro corto en el sur.

Tyrant Dinosaur Evolution Tracks the Rise and Fall of Late Cretaceous Oceans, en PLOS One.

* Argestes es la versión romana de Apeliotes, el dios griego que personaliza el viento del sudeste (seguramente por el lugar del hallazgo en relación a Laramidia). En griego Lythros=sangre, anax=rey (término más arcaico que basileus). No entiendo la traducción en muchas páginas en castellano como “El Rey del Gore”.

El esqueleto nos controla

Gran Calavera EléctricaLos huesos -es decir, la estructura endoesquelética que nos define como vertebrados- son tal vez el componente más antiguo estudiado por la medicina. De hecho, cuando ésta fallaba, era lo único que quedaba. El sistema de soporte fisiológico sin el cual no podríamos movernos y nuestros órganos más vitales estarían dolorosamente expuestos resultó ser, con el tiempo, algo más que una armadura: también era un repositorio dinámico de calcio y fósforo, del cual un organismo con carencias podía disponer en un momento dado. El interior de los huesos largos también es una fábrica de glóbulos rojos, y en la médula roja de los huesos planos se producen glóbulos blancos y plaquetas, algo fundamental para mantener el sistema sanguíneo. Pero un estudio podría añadir también a estas funciones otras más propias de una glándula endocrina; los huesos podrían llegar a alterar nuestro comportamiento.

Las investigaciones del francés Gérard Karsenty sobre la hormona osteocalcina en ratones -experimentos a los que lleva dedicados una veintena de años- han derivado de considerarla un simple regulador de la masa ósea a algo más complicado. Esta hormona se forma en el hueso, pero cerca de un 20% pasa a la sangre y circula hasta metabolizarse en el hígado y riñones. Mientras está en el organismo, actúa sobre otros órganos: por ejemplo el páncreas, regulando la producción de insulina (esto se descubrió en 2007). Otras funciones reguladoras de la osteocalcina parecen ser los niveles de testosterona (los ratones con déficit de osteocalcina tienden a ser estériles).

Karsteny también descubrió que la osteocalcina atraviesa la barrera hematoencefálica y se une a las neuronas del tronco del cerebro, el mesencéfalo y el hipocampo. Además vieron que promueve el nacimiento de nuevas neuronas y aumenta la síntesis de varios neurotransmisores, incluyendo la serotonina, dopamina y otras catecolaminas. Algunos efectos provocados por la carencia de la hormona en ratones genéticamente modificados incluían mayores niveles de stress y depresión, problemas de aprendizaje y memoria; síntomas neurológicos propios de la vejez, en la cual curiosamente también ocurre una degradación del tejido óseo.

Parte de estos problemas se solucionaban administrando osteocalcina a los ratones, pero las disfunciones de memoria y aprendizaje eran crónicas. Parece que en este caso la hormona -proveniente de los huesos de la madre durante la gestación- atravesaba la placenta y estimulaba el correcto crecimiento del sistema nervioso. ¿Tal vez esto explique por qué las madres con problemas de nutrición tienen con mayor frecuencia bebés con trastornos metabólicos y psiquátricos? Como decíamos, la mayor parte de estos descubrimientos son muy recientes: actualmente los análisis de osteocalcina se usan como indicadores de deficiencias óseas. Pero no estaría de más cuidarnos los huesitos, lo que puede redundar en una vida más larga y placentera y como diría James Dean pero no dijo: “…y deja un bonito cadáver“.

Endocrine Regulation of Energy Metabolism by the Skeleton, en Cell.com

Oxígeno antiguo

(Esto no tiene nada que ver con el post del agua oxigenada de antes)

oxidosAlgunas veces he mencionado aquí la tremenda responsabilidad de los organismos que llamamos plantas en el evento conocido como la Gran Oxidación, que cambió drásticamente la composición química de la superficie terrestre: las consecuencias fueron el exterminio global de todo un ecosistema y el nacimiento de otro, basado en una combustión más eficiente y del que formamos parte.

La culpa se atribuía a la aparición de organismos dotados de cloroplastos, capaces de sintetizar materia orgánica a partir de luz solar; un proceso que libera un residuo altamente tóxico y corrosivo: oxígeno. La fecha, 2300 millones de años atrás. Eso es mucho tiempo, pero la vida antigua iba a pasos lentos: hasta hace unos seiscientos millones de años la cosa no empezó a ponerse interesante. Aun así, cada vez que como una lechuga pienso en esas pobres arqueobacterias sulfurosas que nunca llegaron a salir del agua, asesinadas por los vertidos tóxicos de las plantas, y mastico dos veces con crueldad.

Pero puede que la Oxidación -culpa de las plantas o no- sea más antigua aún de lo que pensábamos.

Un análisis de rocas procedentes de la formación denominada Supergrupo Mesoarqueano Pongola, sedimentos intermareales combinados con flujos piroclásticos de hace tres mil millones de años en Swazilandia (Sudáfrica) ha dado una muestra de uno de los paleosoles más antiguos que quedan en el planeta, es decir: suelos antiguos. Tierra conservada entre los estratos rocosos. Y estas muestras exhiben un proceso de desgaste oxidativo por exposición a la intemperie y, está claro, a la presencia de oxígeno atmosférico en cantidades significativas. ¿Cómo puede ser esto, seiscientos millones de años antes de lo esperado?

La cosa no es imposible, aunque sí insólita. Mientras se espera recoger muestras de otros paleosoles imperturbados durante ese impresionante lapso (posiblemente en Australia y Groenlandia) la teoría que está barajando por ejemplo el profesor Michael Baum (de la Universidad Jacobs en Alemania) es que estos picos de oxígeno pudieron ir apareciendo eventualmente hasta que, en el 2300.000.000 a.C. la composición de la atmósfera llegó a un punto de no retorno.

Atmospheric oxygenation three billion years ago, publicado en Nature.