El Gusano Mongólico de la Muerte y otros bichos (parte I)

Parece que últimamente hay sobrecarga de enigmas soviéticos y chinos. Es casualidad, o como diría Friker Jiménez, pareidolia. De todas maneras el tema de este críptido asiático es singular: hace tiempo que oía hablar de él y el tema apestaba a mito por los cuatro costados, pero al ver los datos con más detenimiento… se hace más creíble. Y casualmente di -a través de un viejo libro- con otro críptido ruso bastante más conocido. Veamos primero lo típico.

La historia es la siguiente: se dice que en los inmensos campos de dunas del desierto de Gobi habita una criatura conocida por los locales como Aka Olghoï Khorkhoï o Gusano de la Muerte, un bicho con el aspecto de un enorme gusano rojo (el nombre significa realmente gusano-intestino) de hábitos subterráneos, capaz de atacar y devorar grandes presas como cabras, camellos y humanos a los que pille desprevenidos. Es tremendamente peligroso y su nombre infunde terror en los recios pobladores de las estepas mongolas y chinas que se aventuran en las regiones arenosas más secas del desierto occidental.

Conocido por los habitantes desde tiempos inmemoriales, llegó a oídos de Occidente en la década de 1920 a través de las expediciones paleontológicas de Roy Chapman Andrews. Este explorador americano realizó una serie de bien preparadas incursiones al desierto de Gobi patrocinadas por el Museo de Historia Natural de New York, con la finalidad de encontrar pruebas de que el origen del hombre estaba en Asia y no en África. No encontraron restos de homínidos, pero sí los famosos nidos de dinosaurios Oviraptor y Protoceratops*, uno de los mejores registros de fósiles jamás descubiertos.

Chapman, que junto con los hallazgos y las descripciones geográficas de sus viajes se trajo también estas leyendas, opinaba sobre la existencia del Gusano: “Se trata probablemente de un animal mítico, aunque puede ser que haya algo de cierto en lo que me cuentan, ya que todos los mongoles del norte del país creen en su existencia y lo describen practicamente igual“.

Esto es más o menos lo que se escucha por ahí sin profundizar mucho, e inmediatamente vienen a la mente dos criaturas: los tragoides de Temblores y los Gusanos de la Especia de Dune. Pero ¿cómo podría un ser tan enorme vivir bajo las arenas sin ser detectado? ¿Cuál sería su ecología, su origen? Su realidad biológica parece bastante cuestionable. (más…)

Recio

Contemplad esta curiosidad: un preservativo reutilizable realizado en piel -concretamente con pellejo de intestino de oveja- de cerca del 1880. Lleva una cuerdecita para ajustar; las instrucciones indican que hay que remojarlo y calentarlo ante el fuego antes de usarlo, y luego se lava como un calcetín. Está en el Powerhouse Museum de Sydney.

Otro record de antigüedad para fósiles

Restos de las formas de vida más antiguas detectadas hasta ahora acaban de descubrirse en unas rocas de arenisca del Arqueano en la formación Strelley Pool (Australia). No son nada impresionante de ver: microestructuras asociadas a cristales de pirita diminutos, cuyas características son claramente biológicas. Células huecas, tubulares, dispuestas en cadenas o grupos cuyo aspecto podría pasar por simples artefactos geológicos, grumos de carbonatos o sílice. El análisis microscópico y química demuestra sin embargo que corresponden a estructuras biológicas y otra cosa más: que son la causa directa de la precipitación de los granos de pirita.

Hace tres mil quinientos millones de años, la Tierra era un planeta aún caliente cuya atmósfera consistía en metano y vapor de agua; la tierra firme era un erial de roca muerta, y los océanos tibios subían y bajaban salvajemente al ritmo mareal de una Luna mucho más cercana que llenaba el cielo como en una película de Spielberg. El oxígeno era escaso en el agua y nulo en el aire, no existían animales ni plantas y en las primeras playas del mundo -donde la erosión de las mareas había molido la roca virgen en forma de fina arena silícea- en esas aguas someras, entre los granos de arena, estas bacterias arqueanas sobrevivían procesando metano y compuestos sulfurosos para obtener energía. Un método bastante ineficiente comparado con la fotosíntesis o comerse un filete con patatas, pero en aquellos tiempos y durante muchos millones de años era lo que había.

Visto en Nature Geoscience.

Las Montañas de la Locura

Cuando H.P.Lovecraft escribió At the Mountains of Madness en 1931, la investigación del polo antártico estaba en pañales. Las expediciones de Amundsen y Shackleton apenas habían rozado las profundidades del continente helado, así que el escritor no se cortó y describió una cordillera de montañas elevadísimas cerca del Polo Sur, en la que se alzaba una ciudad que había persistido mil millones de años -prácticamente desde el origen de la vida en la Tierra- hasta que el enfriamiento de los polos provocara su abandono.

Bueno, era una novela corta de pulp-fiction y el pobre tardó cinco años en que una revista de cuentos cortos se la publicara.

Pasamos al Año Geofísico Internacional, 1957-58, en que se realizaron muchas exploraciones. La III Expedición Soviética Antártica descubrió, bajo cuatro kilómetros de hielo glaciar, el macizo montañoso Gamburtsev: una cadena de montañas de casi tres mil metros de altura. Esto ya fue sorprendente, porque el concepto de aquella época era el de un Polo Sur más bien llano y sin accidentes distintivos. No se podía acceder a muestras de roca a tal profundidad, así que el misterio era: ¿qué antigüedad tiene esa formación geológica, y cómo ha quedado sepultada bajo el hielo?

Otra curiosidad es que, por la propia tectónica de placas, las cordilleras suelen encontrarse en el borde de los continentes y no en su centro. La extraña configuración continental que diera origen a las montañas polares tenía que diferir en mucho de la Tierra que ahora conocemos.

Las investigaciones más recientes, que contemplan análisis y registro de campos magnéticos, gravitatorios y lecturas por radar para atravesar la capa de hielo, han dado unos resultados sorprendentes: el núcleo rocoso debajo del macizo Gamburtsev (la “raíz” de las montañas por así decirlo) es extremadamente profunda y antigua. Las montañas antárticas se remontan a la época de formación del segundo supercontinente terrestre, Rodinia, hace mil millones de años. La colisión de las placas tectónicas elevó estas colosales cordilleras a una altura de la cual los restos actuales son sólo parte, tras mil millones de años de erosión.

Bueno, tal vez no tanto. En una época hace 250 a 100 millones de años, otro empuje volvió a elevar las montañas ya gastadas a la altura que ahora tienen; y hace 34-35 millones de años, la Antártida comenzó a quedar sepultada bajo los glaciares: en un tiempo en que los ancestros del hombre eran poco más que insectívoros con aspecto de rata, esos picos, valles y cañadas vieron la luz del sol por última vez.

Las futuras exploraciones tienen como objetivo la recogida de muestras minerales y de hielo antiguo (actualmente la muestra más antigua que se ha recogido tiene 800.000 años) que podrían verificar las teorías de que disponemos. Junto con las proyectadas expediciones al lago Vostok, son tal vez de los proyectos más ilusionantes de investigación del pasado remoto.

Visto en BBC News.

Hielo eléctrico

El hielo eléctrico no existe en la Tierra, aunque se ha especulado de su existencia en la Antártida. La molécula de agua es muy polar, con carga negativa del lado del oxígeno, y positiva del lado del par de hidrógenos. Cuando se forma hielo, sin embargo, las moléculas se organizan de forma caótica y las cargas se compensan anulándose.

Congelando agua a -213,15ºC los hidrógenos sí se alinean y el resultado es el llamado hielo XI, un cristal regular y polarizado. Esta polaridad hace que el XI tenga más facilidad para aglomerarse que el hielo común -lh-, que sólo cuenta con la gravedad para ello. Además un poco de XI es capaz de convertir el lh que le rodea en más hielo eléctrico. Esto no requiere temperaturas tan bajas como la citada; tal vez -36ºC. La importancia de esto es que bolas de hielo XI pueden haber sido en parte responsables de la consolidación de los planetas en nuestro sistema, así como de la formación de los primeros ladrillos de la vida, porque las moléculas orgánicas también son atraídas por él. Temperaturas promedio para la formación espontánea de hielo XI ocurren en los sectores más allá de la órbita de Urano; pero el efecto “memoria” del hielo persistiría hasta temperaturas semejantes a las de los satélites jovianos.

Visto en NewScientist.

La postura de los dinosaurios (muertos)

Siempre que se piensa en un fósil de dinosaurio, especialmente bípedos gráciles como Ornithomimus o Coelophysis, viene a la mente la imagen del esqueleto con el cuello fuertemente recurvado hacia atrás como un pollo muerto, así:

Y lo habitual era pensar que la pose -denominada opistotónica– era provocada por la contracción post-mortem de los tendones del cuello, o tal vez por la agonía del animal, teoría enunciada por Roy Moodie en 1918. El cuello arqueado, por cierto, no se limita a los dinosaurios bípedos sino que también ocurre con ejemplares masivos como Apatosaurus.

En un experimento reciente, Alicia Cutler y colegas de la Brigham Young University en Utah (USA) echaron pollos muertos desplumados -frescos y congelados- sobre una capa de arena durante tres meses para comprobar el efecto. No se arquearon, ni siquiera al desecarse los músculos de la zona cervical. Entonces experimentaron otros métodos, por ejemplo echarlos en agua: muchos fósiles provienen de sedimentos lacustres… los cuellos de los pollos se arquearon en segundos. Ulteriores análisis probaron también que la permanencia en agua no variaba demasiado el efecto inicial.

Ahora bien, un estudio de 2007 sobre perdices muertas en agua salada (Cynthia Marshall Faux – Museum of the Rockies, Bozeman, Montana, y Kevin Padian – UOC, Berkeley) no consiguió obtener estos efectos, por lo cual la idea de 1918 se mantuvo. ¿Puede el nivel de salinidad ser un factor tan importante? Queda por comprobar, pero es un giro interesante a una idea que ya se daba por asumida tras casi cien años.

Visto en NewScientist.