El enemigo ancestral

Todos sabemos lo que es el cáncer: un grupo de células cuyo código genético se ha estropeado y se reproducen caóticamente, aprovechando los recursos del organismo que las contiene y finalmente colapsando los ordenados sistemas de éste provocando su muerte. Para controlar la proliferación de estos “comandos anarquistas” los organismos complejos poseemos sistemas policiales estrictos, anticuerpos que detectan (si pueden) a los elementos anormales y los destruyen.

¿Un organismo unicelular puede tener cáncer?

No. Por definición, esto no puede ser. Una célula que se replicara sin control tan sólo es eso, una célula prolífica. Como en los viejos tiempos del origen de la vida terrestre, hasta que varias de ellas empezaron a agregarse y formar sistemas organizados, como el sistema circulatorio por ejemplo. Las primeras organizaciones vivas debieron ser amasijos caóticos de células con una cierta coordinación para la supervivencia, como… cánceres.

Esta es la nueva aproximación al problema propuesta por Paul Davies y Charles Lineweaver, ambos astrobiólogos (uno por la Universidad de Canberra y el otro por la estatal de Arizona): los tumores cancerosos son una especie de recapitulación de los animales primordiales de hace mil millones de años que se forman cuando -debido a un fallo en la transcripción del ADN- se reactivan las “librerías” químicas de los genes que controlaban aquellas colonias celulares originales. Esto explicaría unas cuantas cosas: la capacidad que tienen algunos tumores de crear redes de vasos para absorber nutrientes del organismo huésped -un proceso denominado angiogénesis- la metástasis, mediante la cual se multiplican en otras partes del cuerpo, y otras adaptaciones que en el fondo son estrategias de supervivencia coordinada.

La nueva teoría ya ha sido acogida con cierta reserva por el medio científico, pero aunque no sea más que un ejercicio intelectual puede abrir más posibilidades en la investigación de esta patología.

Como no se me ocurría ninguna imagen agradable que poner, he ahí un fotograma de La Cosa (1982) que la acabo de rever esta tarde y se parece bastante a lo que describen estos señores: adaptable, invasivo, inmortal, primigenio, letal.

Cancer tumors as Metazoa 1.0: tapping genes of ancient ancestors, IOP Science (Visto en New Scientist)

Generador de logotipos

¿Ha llegado la obsolescencia del trabajador humano a las orillas de lo más sagrado, la creatividad artística?* El desarrollo del logotipo del MIT Media Lab, del Massachusetts Institute of Technology, se ha obtenido mediante un algoritmo que combina colores y formas básicos en todas las combinaciones posibles (40.000 en este caso):

Esto es lo que se cuenta en las noticias. La realidad es más discreta: el MIT ML no utiliza estos subproductos como logotipo, sino como una imagen múltiple cuyo nexo conceptual es el de los tres “focos” de colores. La idea es moderna, y el MIT no ha caído en la simpleza de pensar en este diseño dinámico como un logotipo: eso lo ha hecho la prensa. Bien pensado, ¿qué diferencia hay entre esto y quien llama “logotipo” a escribir el nombre de la empresa con seis o siete tipografías distintas y enseñárselos al cliente? Yo he visto hacer esto, y no exactamente con fundamento estético (un logotipo puede ser perfectamente un anagrama) sino por pura incapacidad. Aunque la idea de enseñarle 40.000 bocetos a un cliente no deja de provocarme un cierto placer sádico.

* obviamente en modo irónico. Lo más sagrado y la cúspide de la obra humana son las patatas fritas.

Cuando perdimos las espinas

El amor es un tema espinoso.

Hace tiempo comentábamos como una singularidad de los humanos el hecho de carecer de baculum, es decir de hueso del pene. Este elemento estructural se perdió en algún momento debido a un error de codificación del genoma; desde entonces hemos sido víctimas de la burla silenciosa del resto de los vertebrados. Ahora se ha descubierto, o más bien puesto en evidencia, otro defecto genético que nos priva de un elemento que hasta los chimpancés, gatos y ratones poseen: espinitas en el pene.

Estas espinas son formaciones córneas de queratina, 150-200 de 1mm de longitud en el caso del gato, y tienen diversas funciones: estimular a la hembra y “rascar” de la vagina restos de esperma de otros machos -cosa que ya hace nuestro pene ridículamente grande y con forma de hongo-. Parece ser que la desaparición de estas protuberancias está relacionada con el comportamiento monógamo en algunos primates.

Un estudio publicado en Nature apunta a que esta ausencia, al igual que la falta de bigotes sensoriales (vibrisas) y el incremento de volumen encefálico característico de nuestra especie puede estar vinculada a algunos genes: una comparativa sistemática del ADN humano y chimpancé marcó una primera diferencia en 510 secuencias ausentes del genoma humano, casi todas pertenecientes a ADN “regulador” no codificante, que activa o no la expresión de otros genes. El análisis de estas diferencias podría dar lugar a resultados prácticos interesantes.

Por otra parte, esto sólo responde a la cuestión del mecanismo por el que perdimos esas características. La razón -y no una razón preconcebida, sino vista como una posible ventaja a posteriori que llevó a que nos quedáramos así- sería que sin espinas la sensibilidad disminuye. Esto permite coitos más lentos y prolongados, lo que unido a otras adaptaciones lleva a una unión de pareja más estable y a la cría compartida de los cachorros. Comportamiento social avanzado: el origen de la familia y de los núcleos de convivencia.

How the penis lost its spikes, en Nature (visto en io9)

Benzoato de denatonio, ese amargo protector

Una curiosidad: ¿habéis probado alguna vez el gel de ducha? O el champú. ¡Parece tan apetitoso, con ese aroma frutal! Pero en realidad está amargamente asqueroso. Y sin embargo debería ser dulce; es su sabor natural. Un aditivo industrial (bencildietil[(2,6-xililcarbometil)metil] benzoato de amonio) que es tal vez la sustancia más amarga conocida, impide que nos lo traguemos por accidente, y lo mismo ocurre con el anticongelante -que contiene el muy tóxico metanol-. El benzoato es tan amargo que resulta detectable en una solución de una parte en  500 millones; una concentración superior a una parte en cien millones sería intolerable. Y sin embargo es inerte y estable, y como las cantidades son tan escasas, no modifica para nada el producto al que es añadido. Así que si un día dais un lametón al Mistol u os coméis una pompa de jabón, ese regusto que queda es del benzoato, que nos avisa que hay que escupir.

La página del benzoato de denatonio.

Fósiles vivientes en las montañas del Antártico

Cuando H. P. Lovecraft racionalizó su mitología terrorífica de ficción en En las Montañas de la Locura, ubicó los últimos rescoldos de la poderosa raza de los Antiguos -seres provenientes de los confines del Universo, infinitamente sabios y creadores de la vida en la Tierra, cuyo aspecto recordaba vagamente al de los crinoideos y las estrellas de mar- en unas montañas situadas en el Polo austral; la capital abandonada entre los crecientes hielos dejaba entrever una trágica historia, pues la raza Antigua había pasado su época de esplendor y, si aún quedaban algunos supervivientes, se habían replegado a las oscuras profundidades marinas bajo el océano. Por cierto, siguen los rumores de que la versión cinematográfica se va a rodar pronto dirigida por Guillermo del Toro (Hellboy) y posiblemente con Tom Cruise en uno de los papeles principales.

Un estudio recién publicado del NIWA (New Zealand Institute of Water and Atmosphere) sobre las poblaciones abisales de los montes submarinos del Almirantazgo -no demasiado lejos de la bahía de McMurdo, donde empieza la historia de Lovecraft- nos habla de un descubrimiento insólito: poblaciones enteras de al menos una especie desconocida, con una tipología similar a la que era frecuente en los mares terrestres hasta el Paleoceno, es decir, hace 65 millones de años. Sí, se trata de comunidades de crinoideos que viven al estilo de su gran época (la cual duró más de cuatrocientos millones de años); en los mares modernos, los crinoideos viven una existencia tímida y solitaria, pero aquí -libres de depredadores y con un rico caudal de nutrientes provisto por las corrientes polares- están estupendamente.

A lost world? Archaic crinoid-dominated assemblages on an Antarctic seamount (ScienceDirect)

Visto en New Scientist.

Sexos en plural! Muchos!

Una de esas cosas aberrantes de la ciencia ficción es que pocas veces se contempla el sexo con imaginación. Tal vez Tiempo para amar de Heinlein (donde el protagonista se acuesta con todo lo que pilla e incluso tiene una hija con una computadora) o La Estrella de los Gitanos, de Silverberg, con la escenita en la que un mar viviente copula y asimila a la vez a quienes caen en sus aguas, sean ejemplos imaginativos. Por lo demás, todo cae en el aburrido concepto de dos sexos biológicos y anomalías entretenidas (homosexuales, bisexuales, curas, jedis, vulcanos…) porque ¿quién sería capaz de imaginar más sexos?

El sexo aparece como la necesidad de intercambiar información genética entre individuos. Uno se cruza con otro, combina su ADN y fabrica una copia híbrida que tal vez, tal vez, tenga una combinación de rasgos mejor que la de sus progenitores. Es un negocio arriesgado y lento, pero los genes y la naturaleza tienen tiempo para ello. Ya lo decía el propio Heinlein,

El zigoto es la forma que tienen los gametos de perpetuarse

Una forma original de considerar la existencia: nosotros, el ser adulto, no somos más que el vehículo portador del semen (o los óvulos, si corresponde).

Las bacterias también tienen su juerga: aunque no necesitan acoplarse a otra para desencadenar el proceso de replicación -de hecho muchos animales superiores tampoco- se juntan a veces para intercambiar material genético con sus pelos sexuales, tal vez la versión más minimalista de pene. (más…)