Una flor del Pleistoceno

Esta plantita anodina que parece un jazminero está creciendo… a partir de unas semillas de hace 30.000 años. Es más fácil revivir una planta que un mamut, aunque no carece de dificultades y las circunstancias tuvieron que ser afortunadas.

En este caso, una ardilla de la Edad de Hielo se dedicó a recoger frutos para el invierno, como es habitual. Uno de esos frutos pertenecía a la especie en cuestión, Silene stenophylla, que aún crece en Siberia y Japón. No siempre hace falta recurrir a todos los depósitos de comida, y éste quedó intacto y congelado durante el invierno. Al estar en los bancos fluviales del río Kolyma, se fue quedando bajo capas de permafrost a una temperatura de nevera, oculta y sin sufrir descongelaciones veraniegas ni perturbaciones de ningún tipo.  Hasta ahora, cuando David Gilichinsky y equipo recuperaron la madriguera de ardilla de los estratos congelados. Svetlana Yashina, de la Academia Rusa de Ciencias, extrajo los embriones de las semillas y los cultivó en una solución alimenticia, consiguiendo que empezaran a germinar. La planta parece una variedad algo más pequeña que la actual, y es difícil que se trate de una contaminación de la muestra (una semilla moderna caída por accidente al recoger el material en el yacimiento).

Visto en New Scientist.

Un bosque petrificado de hace 300 millones de años

Uno de mis períodos geológicos favoritos (no mucha gente confiesa estas cosas en público) es el Carbonífero. El período posterior -el Pérmico- era demasiado seco y árido, y acabó con la mayor extinción masiva jamás conocida por la Tierra: pero al principio, la transición Carbonífero-Pérmico fue bastante amable y la vida floreció.

Las imágenes que más avivan mi imaginación son las que ilustran la botánica de esa época. Hace 280 millones de años el planeta estaba en gran parte cubierto de bosques de plantas primitivas, helechos arbóreos, licópsidas gigantes, equisetos de diez metros, plantas extinguidas en la actualidad. Los dibujos reconstructivos y las descripciones de esas vaporosas selvas extrañas y silentes* me han resultado siempre fascinantes: pero todo lo que nos queda son trocitos convertidos en carbón (tengo una buena muestra de mi colección en flickr).

De hecho la falta de conexión hace que gran parte de los fósiles vegetales sean parataxones: no sabemos si esta semilla o esa fronde corresponden a una misma planta ya que se han encontrado desparramadas en distintos sitios del sustrato. Por eso el hallazgo en Mongolia de un fragmento de bosque primordial de más de mil metros cuadrados fosilizado en ceniza volcánica resulta tan fascinante.

Paleontólogos de la Universidad de Pennsylvania** han excavado en el distrito de Wuda, en la Mongolia Interior (China) este depósito de toba volcánica que -en un evento similar al de Pompeya-  es resultado de una intensa lluvia de cenizas que sepultó el bosque entero. Una captura de todo un ecosistema almacenado en grano fino, desde los matorrales y musgos hasta los gigantes arbóreos de la época. No es tan espectacular como la ciudad romana: los fósiles no se mantienen en pie, son improntas sobre planchas de piedra, pero están magníficamente preservados in situ.

Comparado a hallazgos de la misma época procedentes de Sajonia (Alemania), Puertollano (España) y la Antártida, muestra similitudes y diferencias en las poblaciones vegetales. Cordaites y Sigillaria forman la cúpula del bosque; un piso intermedio formado por helechos arborescentes, Calamites, Noeggerathiales y árboles pequeños parece distribuirse de manera diferenciada según la composición del sustrato. Todo un tesoro de información sobre la ecología de una época perdida que aún está asomando.

Permian vegetational Pompeii from Inner Mongolia and its implications for landscape paleoecology and paleobiogeography of Cathaysia, en los PNAS.
Visto en alt1040.

* parte de la culpa la tiene H. P. Lovecraft y su Shadow Out Of Time, pero también H.G. Wells y Julian Huxley con The Science of Life, precioso libro que ya he comprado… dos veces.

** muy adecuado… los enormes depósitos de carbón fósil de Pennsylvania le han dado el nombre al Carbonífero superior (Pennsylvaniense). Sigue siendo una región muy boscosa.

Arte Neanderthal en España

La cueva de Nerja (en Málaga, España) es la primera sima kárstica que visité en mi vida: una serie de salas en las que la piedra caliza, modelada por el agua y los milenios, ha dado lugar a estructuras de gran belleza. También ha servido de refugio a todo tipo de animales a lo largo del tiempo, incluyendo a ejemplares de nuestra especie: hay pinturas del solutrense, magdaleniense  (paleolítico superior) y postpaleolítico, y en una de las exhibiciones aparecen los restos muy bien conservados del hombre de Cro-Magnon. Estamos hablando de una época que va hacia atrás unos 22.000 años, y los restos orgánicos más antiguos hallados en la cueva se remontan al gravetiense (24.500 años)

Pero si los resultados de las investigaciones de José Luis Sanchidrián, profesor de Prehistoria de la Universidad de Córdoba, son correctos, algunas de las pinturas -concretamente seis representaciones de focas- podrían ser mucho más antiguas: unos trozos de carbón hallados justo debajo de las focas han sido datados en torno a los 42.000 años de antigüedad. Sería la representación artística más antigua conocida*… o no. En esa época, la cueva pudo haber estado habitada por nuestros primos los Homo neanderthalensis, lo que multiplica la molonidad de la noticia en un factor de varios decimales: sería la primera obra de arte no humana que encontramos.

(más…)

Destructores de ecosistemas

En alguna ocasión he comentado que uno de los mayores daños que se ha hecho nunca al ecosistema terrestre, al cual siguió una extinción de escala planetaria de la cual la vida dominante nunca llegaría a recuperarse, no lo hicimos los humanos: lo hicieron las plantas.

El invento de la fotosíntesis y la liberación de ingentes cantidades de venenoso oxígeno a la atmósfera cambió por completo la biología y la química planetaria; pronto surgieron criaturas que se aventajaban tanto del metabolismo acelerado que podía desarrollarse con este gas, como de la abundante energía preprocesada que se obtenía comiéndose las plantas. Así -de una forma que casi recuerda una leyenda de la creación de alguna cultura antigua- las plantas pagaron su abuso condenándose eternamente a ser comidas por los animales heterótrofos, mientras que las bacterias anóxicas y las arqueas se refugiaron en las aguas oscuras y muertas; no es raro que alguna de las enfermedades más chungas (botulismo, tétanos) vengan de ese reino.*

Pero es que las plantas no pararon ahí, según se dice ahora. (más…)

Los colores del Arqueoptérix

Un reciente análisis parece probar que el Arqueoptérix (Archaeopteryx litographica, A. bavarica) el terópodo-ave y tal vez el fósil de transición más famoso, era negro. ¿O no? Veamos cómo este caso es parecido a la noticia anterior de vida en Venus. Ay, la prensa…

De Archaeopteryx tenemos unos cuantos fósiles, muy bien conservados, todos del lagerstätte de Solnhöfen en Baviera (Alemania). Son calizas finas, y la sorpresa del primer hallazgo fue precisamente que el esqueleto de claras características reptilianas se veía rodeado de impresiones de plumas. Durante un tiempo se pensó que el fósil era falso, pero al final las pruebas fueron aplastantes y jugaron un papel importante en la promoción de cierto libro de un tal Darwin, escrito dos años antes.

Precisamente el primer hallazgo no fue el esqueleto completo, sino una solitaria pluma que dio el nombre a la especie -el holotipo que se dice-: Archaeopteryx litographica, la “Pluma antigua de [las calizas] litográficas” (la piedra de las canteras de Solnhöfen se usaba para planchas de impresión dado su finísimo y homogéneo grano). Esta pluma, no asociada directamente a ninguno de los esqueletos, se vincula a ellos por la estructura que es igual a la de las impresiones de plumas largas que aparecen en alas y cola. No hay restos de ninguna otra ave o dinosaurio aviano en el entorno jurásico de Baviera, y durante mucho tiempo fue el único tipo de pluma primitiva conocida. Hoy se discute si es válida esta asociación inicial (pudo ser de cualquier otro animal que compartiera ecosistema con el arqueoptérix) y ya veremos que puede ser importante destacar esto.

La pluma (a la izquierda) que lleva en el museo desde 1861, fue analizada con microscopio electrónico a la luz de las nuevas técnicas para descubrir los colores de éstas mediante el análisis de los melanosomas o corpúsculos que dan color al plumaje. El color no se mantiene pero sí la forma: comparando con aves actuales (y suponiendo que estas estructuras sean funcionalmente iguales, lo cual es casi seguro) se ha llegado a una certeza del 95% de que esta pluma era negra como ala de cuervo.

Ahora bien, caben algunos peros al planteamiento del “arqueoptérix negro”:

  • No es seguro que esta pluma-holotipo sea realmente del dinosaurio-ave arqueoptérix, por lo que hemos dicho antes.
  • Es una de las plumas alares, pero el bicho podría haber tenido un manto multicolor como la abubilla.

Y por otra parte, los melanosomas juegan un papel estrucutral en la pluma, no sólo cromático. Las plumas oscuras son más resistentes y por lo tanto suele ser el color de elección en las zonas de sustentación al vuelo (alas y cola) pero menos comunes en otros usos (capas de abrigo y ornamentación). Es genial que hayan descubierto que la pluma era negra, pero por otro lado era bastante probable que el arqueoptérix tuviera las alas oscuras.

Noticia en National Geographic.

El Gusano Mongólico de la Muerte y otros bichos (parte II)

Hace unos días describía el criptobicho olghoï khorkhoi de Mongolia, un tema interesante que llevó algún tiempo filtrar para poder tragarlo. Mientras investigaba sobre el gusano, releía un tomo algo rancio sobre la historia de la paleontología humana, Ich Suchte Adam de Herbert Wendt (Tras las huellas de Adán, Noguer, primera edición 1958; ya he dicho que era rancio). Wendt se explaya tal vez demasiado en la historia general de la Paleontología, tema que ya detalla en otro de sus libros, pero aquí hace mención a un críptido interesantísimo de las estepas siberianas. No es un gusano, pero el relato es interesante por la moraleja que trae: se trata de una especie de topo gigante sobrenatural de la Tunguska, que según los nativos emerge del mundo subterráneo para traer mala suerte y enfermedad a quien lo avista.

Los primeros informes corresponden a los supervivientes de las campañas suecas contra Rusia en la Gran Guerra del Norte. Estos prisioneros, deportados por los rusos a las inmensidades de Siberia, sacaron su vena científica y se dedicaron a explorar y enseñar todo lo que estaba a su alcance, hasta tal punto que el propio Zar los contrató como agrimensores, cartógrafos y exploradores de las regiones alejadas de la capital imperial: el norte asiático, las fronteras con China y la península de Kamchatka.

Esta gente volvió a Suecia con toda esa información: en Uppsala -a la sazón una capital cultural muy importante, donde Linneo ya había publicado sus trabajos sobre la clasificación de las plantas- oyeron las historias sobre geografía, animales, plantas y poblaciones con sumo interés. (más…)