Carnívoros eventuales

Un estudio recién publicado en Nature y dirigido por Roshan K. Vijendravarma de la Universidad de Lausanne (Suiza) sobre la adaptación de la popular mosquita de la fruta (Drosophila melanogaster) a los períodos de escasez de comida, ha aportado un dato sorprendente: las larvas de esta mosca, cuando falta comida, atacan y comen a sus congéneres. Atraídas sobre todo por ciertos químicos que desprenden las larvas heridas, aquellas que canibalizan obtienen un aporte extra de proteínas que les permite sobrevivir.

ColibríAparte del horror provocado por un concepto moral mal aplicado, lo que resulta interesante del caso es que unas moscas que comen fruta podrida de repente añadan carne a su dieta. ¿Pueden digerirla? ¿Es algo “natural”? Parece que sí, y no sólo en estas moscas. Aquí tenemos un caso que nadie se para a pensar: el colibrí o picaflor. Este diminuto pajarito, cuyas alas baten a un ritmo rapidísimo y se alimenta del néctar de las flores, es el paradigma del animal bueno, paradisíaco, que no haría daño a una mosca. Su metabolismo es tan acelerado que necesita repostar continuamente el néctar (rico en azúcares, prácticamente combustible directo) para no morir de hambre. El mecanismo es ingenioso: una especie de buche acumula el néctar y va soltando dosis precisas directamente al intestino, donde se asimila rápidamente. De noche, el pájaro reduce su metabolismo y temperatura corporal entrando en un “modo de bajo consumo” para poder dormir sin seguir comiendo. (más…)

Carnes misteriosas (actualización)

biltongSobre el tema del escándalo internacional desvelado tras los análisis de distintos productos a base de carne (que  muestran carnes de orígenes muy diferentes a las anunciadas) llega una nota exótica de Sudáfrica, donde ya les habían dicho que dos terceras partes de sus hamburguesas y salchichas contenían burro y búfalo cafre: también los han engañado con el biltong, una golosina tradicional que consiste en tiritas de carne secada al natural de ganado o caza, no muy diferente del beef jerky americano o de la cecina.

Normalmente está hecho de kudu (antílope) o cebra procedente de la caza legal o criados en granjas al aire libre. Los análisis han revelado que en realidad están hechos con animales de granja más prosaicos (cerdo, vaca, caballo) o canguro (?) jirafa o cebra de montaña (que es una especie protegida).

Cualquier día nos tocarán los jamones de Jabugo y ya será la débâcle.

Noticia en Reuters.

Carnes misteriosas

lasagnaHace un par de semanas los británicos descubrían horrorizados que la lasagna de cierta marca que no mencionaré y compraban como beef, es decir, carne de vaca, contenía en realidad caballo. El proveedor era de origen francés y se les habría colado un corcel o dos en la picadora. Más tarde se han seguido destapando engaños similares, el más sonado el de las albóndigas suecas de IKEA que también contienen la équida sustancia.

El engaño es sobre todo económico: más que un dilema moral (como ocurre con la carne de delfines y ballenas) se trata de que nos pasan un ganado que es de menor precio que otro. Pero hay otros casos menos ventilados que también tienen su miga. Conozcamos al atún blanco.

Dentro de los animales que nos comemos, hay una diferencia notable entre los terrestres y marinos: mientras que en tierra comemos básicamente herbívoros, las mejores piezas del mar consisten en depredadores de lo alto de la pirámide alimenticia. Atunes, meros, merluzas y demás son fieras máquinas de matar; es como si comiéramos tigres, lobos y águilas habitualmente. También son grandes y musculosos, lo cual se traduce en pescar menos para comer lo mismo: si un lobo tuviera la relación tamaño-presa que tiene el atún con la sardina, es probable que tampoco intentáramos cazarlo. Y otro problema que comparten atún y lobo es que su población es –tiene que ser- mucho menor que la de sus presas para mantener el equilibrio. Lo cual nos lleva al problema: se nos acaban los atunes. (más…)

Chupachups

chupachupOtra vez me toca refunfuñar contra la manía de asignar inventos universales. “Si tiene un palo lo inventó un español” dice el refrán. Ya hemos visto que había fregonas y escurridores miles de años antes de que la patentaran aquí, y ahora me propongo demostrar que el Chupachup, al menos como concepto, existía también antes de ser patentado con ese nombre. ¡Demoler mitos, tal es la finalidad de esta web! (hoy).

Según cuenta la historia, el señor Enric Bernat tuvo la ocurrencia de poner un caramelo al final de un palito después de ver a los críos ensuciarse las manos continuamente con las pegajosas golosinas -posiblemente bastones de caramelo- a mediados de los ’50. En 1958 registró la marca y empezó a venderlos por una peseta, siendo un éxito rotundo. En los ’70 y las siguientes dos décadas, el producto se insertó en todos los mercados mundiales y actualmente el fabricante factura 500 millones de euros anuales. La compañía ya no es española; pertenece a un grupo italiano dedicado a las golosinas. Hasta aquí todo genial, bien por el señor Bernat. Pero, ¿qué fue lo que realmente inventó o patentó?  (más…)

Oda al perrito

Vaya, acabo de descubrir que el sándwich de salchicha, perrito caliente, pancho, cachorro quente, hot dog, shuko, dogo, chori, frikandel o también fanflute… es decir la rica salchicha en pan de viena de toda la vida, que es mi comida favorita desde siempre, me lleva exactamente cien años. Se supone que el invento (no la salchicha sola ni el pan) proviene de un carnicero alemán que empezó a venderlos en las playas de Coney Island en 1867. Qué cosa más rica, con su mostaza fuerte y nada más, aunque se admite cebolla frita, repollo, ketchup, mozzarella, y un largo etcétera…

Cuando tenía cuatro años y embarqué en mi primer avión –uno de estos-, en aquellos tiempos se decía que pulsabas el timbre y una azafata con gorro gracioso te traía de comer lo que quisieras. Yo mantuve durante días la fantasía de que iba a pedir perritos, patatas fritas y café (me encanta el café). Llevo más vuelos de los que podría haber soñado en aquella época y aún no he conseguido que me pongan una comida soñada como esa!

(a propósito de este post de perritos fálicos, visto en BoingBoing)

Carne sintética

Reconozco que soy un carnívoro acérrimo; el primer alimento sólido que me dieron fue carne y pan mojado en sangre (la que escurre de esos bistecs poco hechos, ummm) pero al mismo tiempo detesto la violencia y la muerte. El saber que vivir te obliga a consumir la vida de miles de animales y plantas es una de las lacras de ser orgánico. Así que además de asesinos tenemos que ser hipócritas: comprar los conejos y las vacas ya muertas, pedir perdón al hermano búfalo después de cazarlo, o señalar con el dedo a los comedores de animales mientras masticas la vida de docenas de semillas y tiernas plantitas (lo siento, pero para mí la falta de inteligencia, consciencia u ojillos brillantes no es excusa; acabar con un puerro mientras perdonas a un pollo es puro racismo).

En la ciencia ficción, la solución a este dilema ético suele venir de las pastillas o de los replicadores de comida, sistemas que en su origen eran puras excusas -una máquina que almacenaría codificada la estructura atómica de objetos complejos y sería capaz de reconstituirla a partir de materia bruta elemental- pero ahora cada vez parece más viable con nuestra acelerada tecnología.

En un relato clásico de cuyo nombre no me acuerdo había una fábrica con lo que llamaban “La Gallina“. La Gallina era un monstruoso cultivo de carne de pollo alimentado con un sistema venoso de tuberías y lagos de caldo, un bulto amorfo que emitía ramificaciones y pseudópodos de carne estimulados eléctricamente. Estos brotes eran podados por obreros equipados con cuchillas, de donde salían hermosos filetes de carne firme y homogénea, ni muslo ni pechuga. ¡Era un trabajo molesto y apestoso! (más…)