Morir por la causa

baconÚltimamente hemos aprendido de la mano de la CE la costumbre de secuestrar o destruir aquellos productos que están demasiado baratos, para así incrementar la demanda y subir los precios de venta. Realmente la técnica no es nueva: la OPEP y los comerciantes de oro y diamantes lo usan hace mucho tiempo, pero no es lo mismo guardar la producción anual de las minas de Sudáfrica en un cofre en espera de mejores años, a hacerlo con tomates o pollos.

Siempre me he planteado en casa, viendo las manifestaciones en las que se echan productos agrícolas a los desperdicios, si no sería mejor enviarlos a África (donde de todas formas no los comprarían) o preparar conservas como hacían las abuelas; imagino que las mentes pensantes habrán evaluado esto y descartado por ser demasiado caro o difícil. Pero ahora Canadá ha dado el paso siguiente y lógico en técnicas de mantenimiento de precios: el gobierno federal pagará a los productores de la industria porcina 50 millones de dólares por el exterminio de 150.000 cerdos antes del otoño, como forma de regular la caída de precios.

Estos cerdos morirán en vano, tan sólo una parte del producto resultante irá a bancos de alimentos de beneficencia o a llenar latas de comida de animales.

Noticia en The Canadian Press

La mula cibernética

BigDog maltratado!Este terrorífico artilugio llamado BigDog es un proyecto de Boston Dynamics para DARPA (el área de desarrollo tecnológico de la Defensa estadounidense). ¿Por qué terrorífico? Para mi gusto es demasiado… orgánico. Grande. Y el ruido que hace cuando lo ponen en cámara lenta. Puedo imaginarlo equipado con ametralladoras rotatorias y un par de ojos rojos.

Es capaz de cargar más de cien kilos y moverse por casi cualquier terreno: hielo, nieve, escarpaduras, escombros… y si se tropieza, es capaz de levantarse. En la foto vemos cómo un desgraciado le da una patada y aún así sigue andando, aunque aún no es capaz de devolver el golpe. Tiempo al tiempo.

Videos en Youtube

Visto en Microsiervos.

Got Mac?

Mi Mac Pro! Yay!Esta es la espeluznante evolución de mi Mac de sobremesa, de un G4 533mHz a un Pro de ocho núcleos y varios teraflondios* de peso, reposando tranquilamente en mi escritorio como un leopardo al acecho.

Siete años de tecnología son muchos años, y me está costando trabajo adaptar mi confortable escritorio y sistema de ficheros al entorno que da Leopard (el sistema OSX 10.5.1) que encima es nuevo, o sea que es medio beta. Es como mudarse de un pisito de estudiantes al Palacio de Versalles… pero creo que me acostumbraré. Eso sí, el interfaz gráfico de Leopard da asquito con sus carpetas sosas y barras de menú feas, feas.

* un teraflondio son 1024 gigaflondios.

Bruxelles, une autre fois

Este diciembre me ha dado el punto y me he ido a pasar mi cumpleaños a Bruselas. Bueno, relativamente, ya que ese día estaba en Amsterdam; pero unos días en la capital belga sí que he estado. Hacía ya tiempo…

Tengo un raro vínculo con la capital de Europa, y aunque tarde o temprano echo de menos a todas las ciudades que conozco en alguno que otro aspecto (fatídica morriña en mi caso!) Bruselas es lugar al que he de volver de vez en cuando, como el vampiro a su ataúd. Y digo esto porque no es un sitio especialmente agradable: es una ciudad lluviosa -siempre- fría y oscura en invierno, una especie de Gotham europea con sus edificios art decó y neogóticos chorreantes. Pero vuelvo.

Los belgas son raritos, a medio camino entre francés y alemán con un punto de holandés (como se nota en el flamenco, su segundo idioma): un primer aspecto frío que luego se desdice con mucha simpatía y extroversión. Gente estupenda pero contradictoria: una ciudad vieja donde el comic, la bande dessinée siempre está presente

Mural en Marolles

(esto es uno de los muchos murales que cubren las viejas fachadas, concretamente una plancha de Roba junto al Marché Vieux de la Place du Jeu de Balle)

Una ciudad europea cara donde el plato favorito son los cartuchos de patatas fritas (mmm! y bien buenos!); donde un sistema de comunicaciones bien engrasado se contradice con calles medievales de nombre cambiante y trazado en zigzag; donde puedes encontrar un numismático facha compartiendo escaparate con un videoclub gay; eh… creo que todo se puede resumir en “una ciudad europea”.

La llegada vía Charleroi – Gare du Midi ya presagiaba los cinco días de llovizna y frío que iba a pasar, pero no estaba preparado para los cambios que iba a notar en mi Bruselas. La ciudad, oh sí, la ciudad está como siempre, y hay tiendas que llevan veinte años exactamente igual (pequeñas panaderías, librerías…) lo cual da mucho que pensar sobre su sistema económico. Han soportado la inflación del euro igual que nosotros, y se notan indicios de decadencia. Gente mendigando, vagos, barrios marginales donde antes había hileras de casitas. Avisos previniendo contra los carteristas. Policías, pocos: eso sí. La inmigración asiática y africana de hace una generación ya se ha afincado, y ahora el relevo lo toman los países del este que son los desubicados del momento.


Casas viejas y cosas nuevas

La historia en una imagen: casas típicas abandonadas, que da pena de verlas, y son sustituidas por pisos de concreto mucho más vulgares.

Las fechas navideñas resultan más peliculeras en estos países: el mercadillo navideño de todos los años, que parte de los alrededores de la Grand Place y llega hasta Sainte-Catherine, se llena de bullicio por las tardes y del olor de salchichas y demás cosas para picar por las noches. Un vasito de glückwein -vino caliente con especias- te quita el frío, y hay tantas cosas para probar que la cena se convierte en un “tapeo” navideño. La repostería tampoco se queda atrás, sobre todo con estos expertos en chocolate. Gauffres, bollos rellenos… caloría que se queman con rapidez mientras el cuerpo intenta mantenerse descongelado.

La Bourse en Navidad

El edificio de la Bolsa, iluminado y lleno de puestecitos de comida, artesanías, etc. Son las 8:00 PM y hacen unos 7 grados. Justo al frente: un puesto de glückwein. Mmm!

Es inevitable al ir a Bruselas no pasar delante del Manneken-Pis, tontería turística donde las haya (todo el que lo ve comenta que es super enano!) pero casi una mascota. Cada mes le ponen un disfraz diferente, y en diciembre 2007 tocaba el de amputado minusválido:

Manneken-Pis amputado

Otro símbolo de la ciudad (cuyo nombre originariamente significaba ‘La casita en la ciénaga’ más o menos, porque está edificada sobre un pantano) es el arcángel Micael. No exactamente el que poseía a Carlos Jesús, sino el Comandante de las legiones de Dios y uno de mis preferidos por lo cañero (y eso que no veía Caballeros del Zodíaco). En el escudo actual sale la silueta algo afeminada de Miguelito con minifalda alanceando a un simpático demonio; las representaciones antiguas son un punto más siniestras.

Columna en Sainte-Catherine

Esta estatua está en una columna en la explanada frente a Ste. Catherine, junto a la gran noria…

Escultura en edificio, siglo XX

Esta otra es la decoración del frontispicio de un edificio de principios del siglo XX . La expresión de Satán me recuerda a Silver Surfer, y el hecho de que te mire así de sereno da más yuyu que los demonios retorcidos que miran hacia arriba.

Gata ciclista, escultura

La presencia del comic está en todas partes; esta gata ciclista (sexy!) está a la salida de las Galeries Royales.

Dos días después de venir, leí en las noticias que el Ayuntamiento iba a subir las tasas de un montón de cosas, además del agua, la luz, los parkings… rebote general de los bruselenses. Me gusta, hace que Europa parezca más humana el saber que padecen los mismos problemas que aquí. A pesar de ser una ciudad cara (sigue siendo más cara que España aunque no demasiado) es ideal para irse de compras. Y los golosos del chocolate y la cerveza buena encontrarán un paraíso aquí (me río de Munich y sus cervezas). ¿Volveré? Seguro.

Hay más fotos de viaje de Bruselas y Holanda en mi galería. Entrad!

Journey to Jordan, III: Perdido en el Desierto

Más aventuras tontas. Esta vez nos desplazábamos hacia el sur desde Amman en ruta hacia el famoso Wadi Rum, el lugar donde T. E. Lawrence había preparado junto con el ejército árabe los asaltos a las tropas de ocupación turcas en la primera guerra mundial. El crepúsculo enrojecía el desierto del Negev y la fiebre me enrojecía a mí, debido a la ligera infección provocada por una desafortunada herida durante el viaje. A pesar del estupendo trabajo de costura del doctor Aleef Abdulhadi (un aplauso al doctor, por atenderme un sábado en Ramadán) y los amables cuidados de mis compañeras, estaba algo indispuesto.

Ya había caído la noche cuando arribamos al campamento Captain’s Desert Camp, una especie de aldea de jaimas al pie de una inmensa peña escarpada en medio de la arena. Wadi Rum no es como el Sahara, un enorme mar de dunas, sino que consiste en grandes riscos de caliza y arenisca aislados rodeados de extensiones de terreno llano y recocido por el sol, con eventuales zonas de arena. Esta arena -rojiza por el mineral de hierro- llega a formar poderosas dunas en algunos sitios, pero en general resulta bastante más transitable (tanto en coche como a pie) que el fatigoso desierto de arena africano.

Después de cenar, el guía local –Auni, un ammanita bastante reservado pero con amplios conocimientos de historia y un historial sorprendente que a veces se dejaba ver- nos propuso hacer una caminata por los arenales que rodeaban las jaimas. Salimos a eso de las once, con paso bastante ligero y en silencio. La noche era cálida y sin viento, y el cielo tachonado de estrellas apenas iluminaba las formas rocosas de más abajo, ya que era la luna nueva. Con sólo una camisa y pantalón corto, no llevaba abrigo, pero sí un frasquito lleno de ron jamaicano -¿acaso no era aquello Wadi Rum?

Debimos andar una media hora antes de llegar, entre giros y rodeos a varios riscos que se insinuaban en la negrura, a una roca aislada del tamaño de una casa y contornos pulidos por el viento. Allí el silencio era total; todo el mundo se tumbó en el suelo, percibiendo la tranquilidad inmensa del desierto. Las estrellas brillaban cada vez con más intensidad, y las familiares constelaciones del cielo boreal se mostraban radiantes, atravesadas frecuentemente por el parpadeo de algún reactor y lentos satélites de titubeante luz. Ataqué al frasco de ron con soltura, encantado por el momento: sí, éstas son la ocasiones por las que vale la pena vivir y sufrir un poco.

Decidí utilizar aquella luz estelar para tomar algunas fotografías del Wadi en exposición prolongada. No tenía muy claro el funcionamiento de la cámara nueva en tomas largas, así que me aparté a un pequeño risco y me puse a probar varias aperturas. He de decir que el experimento fue un fracaso: algo estaba haciendo mal, porque la grabación de la imagen en la tarjeta tardaba minutos y resultaba imposible verificar los resultados. Fastidiado, me di la vuelta para volver al grupo. Pero en la explanada frente a la roca no quedaba nadie.

Mientras desatornillaba el trípode, miré a un lado y otro. Incluso con las pupilas acostumbradas a la oscuridad, no se veía nada más que el cielo azul marino y la silueta negruzca del terreno. Ni un sonido.

-Ohé!

Nada. El eco de mi voz en el farallón a mis espaldas, y nada más.

-Hola! Hola! OOEEEEEE!

Nada. Subí a una gran duna cercana y miré hacia el horizonte, en todas direcciones. No había siluetas, tampoco el destello de linternas o ecos lejanos. Diantre, no podían haberse alejado tanto: las fotos me habían llevado menos de cinco minutos. De repente empecé a ponerme nervioso y a dar vueltas: ¿Por aquí? ¿Por allí? Todos los caminos eran oscuros, incógnitos y fatigosos. Si erraba el paso, podía alejarme más aún. Quieto.

Me latían los oídos; tenía la cara y el cuello cubiertos de un sudor incómodo. Saqué la linterna, pero el pequeño foco blanquiazul no me daría ninguna pista de adónde ir. De hecho, tenía dos linternas: la MagLite que llevaba en la mano y un foco Photon rojo, muy bueno para moverse en un entorno limitado, pero arriesgado en aquel terreno abrupto lleno de riscos y pendientes arenosas. Lo último que necesitaba era torcerme un tobillo en aquel sitio. ¿Qué alternativas tenía? Quedarme quieto y esperar que volvieran; seguir adelante, con el peligro de tomar un camino equivocado (tampoco se veían claramente huellas de pies en el suelo); volver sobre mis pasos, intentando recordar los giros y revueltas que nos habían conducido hasta aquí… o tal vez esperar al día siguiente, cuando supuestamente notarían mi ausencia y me buscarían con los jeeps.

Y un cuerno. Ya tenía bastante calor en plena noche; no iba a esperar medio día asándome al sol hasta que me encontraran. Decidí confiar en mi memoria y deshacer el camino andado…

 

Noche en Wadi Rum!

Resultaba difícil moverse en aquel montón de arena; de repente tenía agujetas en las pantorrillas y me tropezaba en todas partes, además del doloroso pulso en los puntos de la herida. Aunque la linterna era de LEDs, la usaba a intervalos para evitar quedarme sin pilas. Caminé y caminé, pensando muchas cosas… al final de un pasillo entre dos de aquellas sierras llegué a un terreno abierto y amplio, me sonaba familiar. Y al rato pude ver a lo lejos el resplandor de unos focos: el campamento, que minutos después se apagaba por completo (era tarde). Pero ya tenía localizada la dirección, y no tuve problemas para llegar -empapado, exhausto y con las botas rebosando arena- hasta mi camastro y dejarme caer como un leño. ¡Chicos, no intentéis hacer esto en casa!

Al día siguiente recorrí de nuevo aquellas extensiones -y más- bajo el sol, en un Toyota desvencijado remanente del ejército; pero esa ya es otra historia…