Tengo que decir que si bien el planteamiento de la Galactica de 1978 era el propio de aquella época -una serie familiar- la historia era mucho más interesante que en la versión nueva. En la historia original de Glen A. Larson, que tuvo una versión novelada, los cylones no eran robots: eran una raza hipertecnológica reptiloide eusocial, de la cual “hacía tanto tiempo que ningún humano había visto a uno de ellos sin armadura que se desconocía si la fosforescencia del visor era propia de la especie o fruto de algún aditamento tecnológico del casco“. Ese tipo de frases me encantaban por alguna razón, como cuando el novato George Lucas dejaba caer lo de “Oooh! Usted luchó en las Guerras Clon, verdad?” sin aclarar demasiado.

Un personaje especialmente carismático era el Líder Imperioso, especie de abeja reina a la que podía promocionar un Centurión (o uno de los raramente mencionados Civiles) al adquirir por méritos el segundo cerebro. El Líder era un bicho feo, mezcla de ídolo babilónico y gurú hippie, apenas visible en la penumbra de su pedestal pero claramente orgánico (el hecho de que el maniquí usado en la película fuera vulgar y barato sólo incrementaba su horror). Como todos los cylones desde hacía mil años, se había emperrado en llevar el orden a la Galaxia; un orden que se veía interrumpido por esos caóticos humanos, peleones, antientrópicos y con afán de expansión. Después de siglos de juiciosas negociaciones infructíferas, se había decidido su eliminación en beneficio del resto de la Galaxia.

Claro que había más. Una entidad antigua y oscura movía los hilos, la misma que había eliminado gran parte de la biología cylon miles de yahren atrás; y lo único que les quedaba a los humanos de las Doce Colonias era un aliado desconocido y fugaz que por lo visto usaba demasiada lejía para lavar y los conducía como en un juego hacia la Tierra… jo, era una historia con bastantes más posibilidades que la neblina de guión ultramilitarista que nos metieron ahora. ¿Un Líder Imperioso metiéndose un tiro en la boca? Por favor. No tenían tanta complejidad sentimental como para suicidarse.

Por otra parte, mi Colonia anarquista de hormigas se ha retirado a las plantas de la azotea; no tuve que aniquilarla con los cebos que compré, que envenenan el hormiguero desde dentro. Por una generación más están a salvo, y el sacrificio de unas pocas no fue en vano.