Moais en el Rano RarakuUno de los enigmas favoritos de la arqueología es el de la Isla de Pascua. Junto con Stonehenge, Tiahuanaco y las Pirámides de Gizeh representan  un problema aparentemente insoluble para la arqueología tradicional: ¿Cómo una cultura primitiva de salvajes desharrapados era capaz de mover y colocar en su sitio con precisión semejantes moles de roca maciza? Esta pregunta muy propia del siglo XIX pero aún vigente en algunas cabezas llevó a pensar a personajes como Erich Von Daniken y Jacquer Bergier que alguna civilización tecnológicamente superior (terrestre o no, llámese Atlantis, Lemuria, la Civilización Madre, los seres acuáticos de Sirio o de las Pléyades) había echado una mano con su ingeniería superior.

Otra opción era que un conocimiento perdido había permitido a los antiguos realizar estas hazañas (aunque no salir de la miseria o colonizar el resto del orbe, claro): sustancias químicas que reblandecen la piedra, métodos místicos para neutralizar la gravedad y cosas así. No mucho más lejos de esto está la leyenda de los nativos de Pascua de que “los moai iban a su sitio andando“.

La opción aburrida era que los primitivos no eran tontos y tenían a su favor una gran cantidad de tiempo libre. Repasemos un poco el tema.

La Isla de Pascua –Te Pito O Te Henua, Mata Ki Te Rangi en nativo, actualmente Rapa Nui– es una prominencia volcánica alejada lo más posible de cualquier tierra habitada. Se la supone colonizada por pueblos polinesios o -si hacemos caso a Thor Heyerdahl– sudamericanos* hacia el siglo IV. La población original poseía una sociedad bien definida y conocimientos de navegación (lógico!) agricultura, construcción e incluso una escritura propia, rongo rongo, actualmente indescifrada. Pero no dejaban de estar en la edad de piedra: no hay restos de edificios, desconocían el cemento y la rueda, y ecológicamente eran un desastre. Hacia el siglo XVIII se habían cargado los bosques y la fauna local, iniciaron una serie de guerras tribales** y para cuando llegaron los europeos la cultura rapanui era un despojo.

Moai con grabados

Efigie llamada Hoa-Haka-Nana-La Moai, con grabados denominados Rapas y Leroona y algo parecido a un tanga (1868) Foto: Smithsonian Institution Archives SIRIS

Su sentido artístico era singular, y la habilidad para esculpir en piedra y madera es la que dio origen a los elementos artísticos más famosos de la isla: los moais, figuras antropomorfas estilizadas de toba volcánica de varios metros de altura que se encuentran por toda la isla. El proceso de elaboración, que implicaba toda una clase de hábiles artesanos y abundante mano de obra, parece estar bastante claro: las piezas se tallaban in situ en la cantera del propio volcán Rano Raraku con azuelas de obsidiana y basalto -la toba es una piedra blanda y fácil de trabajar.
Los moais levantados eran decorados con gorros de piedra roja –pukao– y ojos de coral blanco. Más de 600 se alzaron en la isla, pero para la época en que los europeos los vieron, todas las estatuas habían sido derribadas por las guerras o el abandono, los ornamentos rotos o sumergidos en el mar. Sólo recientemente se han levantado algunos con fines turísticos o de investigación. Por cierto, la investigación demostró que no eran sólo cabezas: bajo tierra los moais tienen un cuerpo que llega hasta la cintura, con brazos y manos de largos dedos, y algunos tatuajes en la superficie.

Queda pendiente el tema del desplazamiento de 80 toneladas de piedra labrada sin más medios que la fuerza muscular, cuerdas y troncos (más bien pocos, Rapa Nui es una isla de escasa vegetación). La primera hipótesis fue la típica de rodillos y cuerdas. Heyerdahl añadió algunos detalles interesantes, como  la posibilidad de usar rampas de piedras y cuñas para levantar las esculturas en sus ahus o plataformas. Charles M. Love complementó esto en el 2000 asociando el uso de unas vías pavimentadas que surcan la isla como carriles para el transporte de moais. Estas pistas de 3,5m. de ancho y sección en V parecen adecuadas para arrastrar mediante trineos o rodillos las largas piezas de roca, echando tierra y arena en la pista para facilitar el deslizamiento.

Lo cierto es que algunos de los artilugios arqueológicos explicativos parecen muy rebuscados, entre otras cosas porque la madera disponible es demasiado frágil para soportar el peso de tantas toneladas de piedra. La teoría de las cuñas para la erección en los ahus, por ejemplo, es bastante más factible.

Ahora los arqueólogos Terry Hunt y Carl Lipo (con una beca de National Geographic) vuelven a la leyenda de la vieja bruja con un nuevo sistema de arrastre que no implica el uso de mana*** sino un cuidadoso movimiento basculante, similar a cuando arrastramos un ropero en casa, logrado con cuerdas y muchas manos. En su libro The Statues That Walk dan también muchas pistas antropológicas sobre las razones de la sociedad rapanui para montar este tinglado escultórico. Desde luego, nada de esto afirma que los rapanui lo hicieran así y no de otra manera; pero hay al menos cinco alternativas viables a la intervención divina o extraterrestre, lo cual es bastante.

Moai andando

Un moai andando hacia su pedestal (Foto: National Geographic)

* los análisis genéticos modernos parecen confirmar el origen polinesio de los rapanui.

** en algunas partes de la Polinesia las guerras son una excusa para buscar proteínas en forma de cerdo de dos patas, es decir, ricas recetas caníbales.

*** mana es un concepto mitológico polinesio, una especie de fuerza vital que lo envuelve todo y que, controlado por los brujos, les otorga poderes sobrenaturales como desplazar objetos, realizar proezas increíbles y controlar a otros. No, no hay sables de luz.

Noticia en LATimes.
Charles Love – New Hints About How Easter Islanders Moved Their Gigantic Statues, en rense.com
Os recomiendo el libro (tal vez desfasado ahora, pero muy entretenido): Aku-Aku, de Heyerdahl.