Una profesora británica afirma haber descubierto el emplazamiento exacto de los legendarios Jardines Colgantes construidos por el rey Nabucodonosor de Babilonia, que fueron una de las Siete Maravillas del mundo antiguo y cuya localización, aspecto e incluso existencia estaba ya rodeada de las brumas de la leyenda.

Este es uno de esos titulares engañosos… pero los grandes descubrimientos arqueológicos tienden a ello, como suele pasar con las ciencias fronterizas con lo inusitado. Veamos los hechos, o al menos lo que las narraciones de aquellos tiempos nos dejan ver: Hacia el año 600 A. C., Nabû-kudurri-uṣur II -rey de los caldeos- quiso hacer a su esposa Amytis, hija del rey de los medos, un regalo que le recordara las verdes extensiones de su tierra, tan diferentes de las grandes llanuras de Babilonia. Los arquitectos -sigue la leyenda- los construyeron tomando la forma de un ziggurath o pirámide en terrazas, de tal forma que cada explanada o bancal estaba cubierto de vegetación y lagunas y las pendientes contenían más plantas y sistemas de irrigación, mientras que el edificio en sí albergaba multitud de alojamientos, patios y aposentos de usos variados para la familia real. Esta maravilla de eco-arquitectura adelantada a su tiempo (ya sea verdadera o legendaria) dependía del mantenimiento; por ello con la decadencia del imperio neobabilónico se fueron deteriorando y para cuando las tropas de Alejandro Magno llegaron allí en el siglo IVa.C. estaban abandonados. El rey Evemero acabó de destruirlos en el 125 a.C.

La búsqueda de los Jardines nunca ha sido tan publicitada como la de otros míticos objetos de la antigüedad, como puedan ser la ciudad de Troya o el primitivo Templo de Salomón, tal vez por la ausencia de un tesoro palpable o porque carecían de una leyenda sobrenatural o heroica de fondo.

La investigación de la profesora Stephanie Dalley de Oxford implica más de veinte años de análisis de textos y mapas antiguos, y su conclusión es que los Jardines no fueron erigidos en Babilonia, sino en Nínive, la capital del imperio asirio -enemigos de los babilonios- a unos 600 kilómetros al norte. Por supuesto, bajo el reinado de Senaquerib y hace 2.700 años, lo cual cambia por completo el sentido de la leyenda. Pero ¿en qué se basa para decir esto?

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Hay cuatro puntos fuertes en su teoría: primero, la llanura que rodea Babilonia hace bastante difícil conseguir una canalización de agua del volumen requerido para los jardines, mientras que en Nínive sí hay restos probados de un gran canal de irrigación. Segundo, cuando los asirios conquistaron Babilonia en el 689 a.C. empezaron a llamar a Nínive la “Nueva Babilonia” y al final se le quedó lo de Babilonia, con lo cual muchas referencias realmente le corresponden. El tercer punto es precisamente que los historiadores que recopilaron la tradición de los Jardines estuvieron de hecho en Nínive. Y el cuarto es un bajorrelieve asirio que muestra unos árboles creciendo sobre una terraza columnada exactamente al estilo descrito en los Jardines.

Pero todo esto no será más que una especulación hasta que un testimonio físico lo confirme. El problema es que Nínive está en lo que ahora es Hillah, cerca de Mosul en Irak. No es el mejor tiempo y lugar para hacer prospecciones arqueológicas. Aún así, una breve visita sobre el terreno (con escolta armada) la ha llevado a un enorme montón de tierra y escombros cerca de las ruinas del palacio real, a cuyos pies hay una amplia zona de verdura. Un sitio ideal para plantar la estructura… pero de ahí a que estuviera realmente hay un gran paso, que debe probarse con excavaciones y pruebas arqueológicas irrefutables.

La doctora Dalley presentando su teoría -y su libro- en YouTube (en inglés).