Esta historia, sobre un verano a principios de los ochenta, tiene algunas aclaraciones al final*.

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Aquel fue el año en que descubrí En las Montañas de la Locura y La Sombra Más Allá de Tiempo de H. P. Lovecraft; también obtuve algunos libros de paleontología con fotos estupendas de fósiles, algunos de ellos relacionados con la paleobotánica. Me conocía todas las plantas del Carbonífero: Sigillaria, Lepidodendron, Cordaites, Neocalamites… eran nombres sonoros que despertaban en mi imaginación los gigantescos bosques de pteridófitas, vaporosas catedrales vegetales sin una sola flor y habitadas por insectos.

Al adentrarme en aquel arroyo, descubrí que había (aparte de gran cantidad de helechos y musgos) unos cañaverales de equisetos de casi dos metros de altura; y a la sombra de los gigantescos pinos y eucaliptos, en los remansos de espeso fango, en los claros arenosos donde un solitario rayo de sol bañaba lagunas del color del té, podía imaginar -qué digo, podía ver casi- a los enormes batracios, arañas y cucarachas que habitaban las perdidas selvas de hace trescientos millones de años. Las descripciones de Huxley y Wells de estos antiguos bosques y cenagales burbujeantes regados por el dorado polvillo de las esporas cobraban vida en esta atmósfera verde y calurosa.

Así, en las hirvientes horas de la siesta me escapaba y me iba a aquel remanso de paz botánica a explorar y recoger insectos para mis colecciones. Volvía mucho después, cansado y embarrado y lleno de picotazos, pero con mis frascos llenos de bichos y el corazón contento.

También en esta época se puso de moda una canción popular, que decía así:

Cuando en tierras extrañas miro triste 
la lejanía azul del horizonte, 
siento clarito al Olimar que pasa 
y la brisa me trae olor a monte… 

Este cielo no es el cielo de mi tierra, 
y esta luna no brilla como aquella,
como aquella que alumbró mis sueños altos,
más altos que el temblor de las estrellas…

Y en mi imaginación de viajero temporal, esa letra -curiosamente adecuada, ya que la Luna del Carbonífero estaba mucho más cerca de la Tierra y las constelaciones y estrellas serían irreconocibles- quedó asociada para siempre a un recuerdo lleno de nostalgia: de una infancia a punto de terminar, de un lugar idílico y privado al que nunca volvería, y de un tiempo con el que sólo podría contactar a través de restos petrificados.

* la ropa es de esa época: camisetas con las mangas cortísimas (ahora son de chica), shorts hechos con vaqueros recortados y desflecados (ahora son de chica también; parece en aquella época éramos menos puritanos y sexistas con lo que se echaba uno encima) y zapatillas de lona porque no existían deportivas de otro material. El reloj me lo quitaba porque no era sumergible. Ni gorra ni protector solar, para qué. Ah, qué tiempos.

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