Otro esbozo de economía-ficción al estilo de “el ladrillo“, porque no me apetecía dibujar esto, sinceramente. (Dale a “lee el resto”)

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Hace unos días fui a explicarle al director de mi banco que estaba en bancarrota y no podía pagarle las cuotas de la hipoteca ni el préstamo. Mira por dónde, estaba capacitado para tomar decisiones. Sabía que no necesitaba mis cosas, sino a mí. Así que me ofreció trabajar para la entidad, y de esa forma pagaría mis deudas.
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Como no tenía trabajo, aquello me venía bien. No fui el único: había una variedad de especialistas, técnicos, obreros, en iguales circunstancias que salieron con la misma propuesta. En algún tiempo, el Banco no sólo había cobrado sus hipotecas y vendido algún remanente, sino que había creado un pequeño ecosistema: industrias y empresas de su propiedad, cientos de empleados, que revertían sus beneficios en el banco. Algunos años más tarde, el ecosistema económico era tan importante y las familias tenían tal apego por su Banco, que el director se presentó a las elecciones. Era mucho más popular que cualquiera d los otros políticos, y tenía detrás una masa que lo adoraba.
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Cuando el banquero llegó a la presidencia, el gobierno se convirtió en una entidad saneada. El objetivo no era la productividad ni los beneficios a corto plazo, sino la estabilidad y supervivencia del sistema. Capitalismo ecológico, aunque suene raro. Sobra decir que lo mismo pasaba con otras entidades por todo el mundo; cuestión de competencia. Así, cuando salimos de la Tierra, no fue para conocer a nuestros hermanos del cosmos, sino a buscar el Helio-3 en la Luna, el oro en Venus y los diamantes gigantes más allá de la nube de Oort. Pero al menos salimos. Unas décadas más tarde, la abundancia de recursos revolucionó el sistema social humano. Pero, ¡cuidado, banqueros del mundo! Hay fuerzas oscuras a las que no les haría gracia que intentaran quitarle sus atributos…
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Esto es solamente una fábula, pero ¡sería bonito que alguien pillara la indirecta!

Durante el período Meiji y hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, los enormes conglomerados de comercio conocidos como 財閥 zaibatsu eran los pilares de la economía japonesa. Eran empresas familiares, que solían tener un banco y varias industrias asociadas, con el mismo nombre o como ramificaciones corporativas. Uno trabajaba fabricando bicicletas marca Yutani, ingresaba su sueldo en el Yutani Bank, compraba en supermercados Yutani y así. Claro que podía hacerlo en otra parte, pero si podías favorecer a tu empresa, ¿por qué no? Y encima con cupones descuento.

Después de la Guerra la reconstrucción económica intentó desmantelar estos cárteles económicos, pero no pudo ser: aquello estaba demasiado enraizado en el sistema. Y no funcionaba nada mal. Basta con ver cómo los supervivientes de aquellos zaibatsu siguen dando caña, por ejemplo: Mitsubishi dentro de los que conocemos en el extranjero. Desde seguros hasta motores, bancos, aviones, logística, industria papelera, plásticos, vidrio, energía, fotografía (Nikon es suya)… pero en los últimos años aquellas estructuras familiares -controladas por los propietarios y no por asesorías financieras sin implicación interna- se han ido deshaciendo. La burbuja inmobiliaria de Japón provocó también una crisis estructural en este sentido: gente que llevaba toda su vida trabajando en un conglomerado y consideraba al senchou (jefe, literalmente: Capitán) como su padre y su madre, se vieron de patitas en la calle. Actualmente los conglomerados en expansión son los 재벌 chaebol coreanos (LG, Samsung, Hyundai) y los chinos aún no los conocemos pero yo contaría con algunas de las grandes bancas, por ejemplo ICBC (Industrial & Commercial Bank of China) que tiene aquí una representación bastante pobre pero por ejemplo en Argentina está bien desarrollado.

Un capitalismo estable. Una sociedad movida por las posesiones materiales, pero inteligente y fría, sin el desenfreno psicópata de los años ’90 que aún nos está haciendo daño. Parece que de momento la Humanidad no puede aspirar a más; somos demasiado toscos aún. Pero aprendemos rápido: hace trescientos años echábamos los meados a la calle y se comía con las manos. ¿Qué le pasará al capitalismo cuando accedamos a los recursos materiales y energéticos ilimitados del espacio? ¿Qué harán los gobiernos cuando sus fronteras estén a meses de distancia? ¿Quién se quedará en la vieja Tierra? Cuántas preguntas, cuántas fábulas por imaginar.

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