Paseando por Viena este verano me encontré en una calleja -Schönlaterngasse- en forma de L con bonitas casas estrechas y bares. En una de las casas había una hornacina con una fea y deteriorada escultura, además de un dibujo en la pared con una inscripción.

Así que me decidí a investigar, y este es el resultado.

En el siglo XIII, existía en aquella casa particular de Viena una panadería. El verano de 1212, un basilisco maloliente se instaló en el pozo del patio y envenenó el agua y el aire, en consecuencias de lo cual varias personas murieron. El basilisco, criatura mitad gallo mitad serpiente, nace del huevo de gallo viejo que es accidentalmente incubado por un sapo o una serpiente; muy venenoso, convierte en piedra todo aquello que mira (es peor que la Medusa, a la que podías esquivar cerrando los ojos!). El relato es como sigue (Moriz Bermari, Alt und Neu Wien):

«El día 26 de junio de 1212 se oyeron grandes gritos y ruidos dentro y alrededor de la casa de un panadero (llamado Martin Garhibl), en la parte de la ciudad llamada comúnmente por aquel entonces Unter Tempelhof. La casa se llamaba Zum roten Kreuz. A causa del violento griterío que se había levantado, se congregó ante la misma una gran multitud, impaciente y curiosa por saber que desgracia había ocurrido. Apareció finalmente el juez, señor Jakob von der Hülben y por medio de sus criados, trató de averiguar si se había herido el orden de la ciudad. Pero en realidad el asunto había ocurrido así: Una doncella del panadero mencionado tuvo que sacar agua del pozo que había en el patio en las primeras horas de la mañana. Pero volvió con el cántaro vacío y dando grandes gritos y dijo que del pozo salía un olor nauseabundo que a punto estuvo de marearla y le impidió sacar agua, y, además, que el pozo resplandecía y brillaba, por lo que había quedado sobrecogida de espanto y miedo mortal. Entonces, un atrevido aprendiz de panadero se ofreció para investigar de cerca el extraño fenómeno; se hizo atar con una soga y, con una antorcha encendida en la mano, bajó al pozo; pero de repente exhaló un terrible grito y fue izado inmediatamente cuando ya se le creía muerto. Después de reanimarle con toda suerte de remedios y así que hubo vuelto en sí, dijo con voz temblorosa que había visto en el pozo un animal horrible, que tenía el aspecto de un gallo grande, pero horrible a la vista, con un rabo escamoso y cubierto de muchas puntas, con patas toscas y abultadas, ojos extrañamente brillantes y una pequeña corona en la cabeza. Le pareció como si la bestia estuviera hecha de un gallo, un sapo y una serpiente, y nunca en su vida había visto nada tan repulsivo y espantoso. Por ello cerró los ojos y pidió auxilio, pues le parecía como si la sangre se detuviera en sus venas, debido a la pozoñosa mirada de la bestia, y sin duda alguna hubiera muerto allí, pues también el repulsivo olor le estrechaba el pecho y robaba el aliento. Todos quedaron sorprendidos ante el extraño relato, pero nadie se atrevió a bromear y no sabían qué pensar de este sorprendente suceso hasta que Heinrich Pollitzer, médico de mundana sabiduría, inteligente y experimentado en el conocimiento de las cosas naturales, explicó a las gentes que aquel horrible animal se llamaba basilisco y que procedía de un huevo puesto por un gallo y empollado por un sapo. Después de consultar durante un rato qué convenía hacer, se decidió, por indicación del señor Heinrich, arrojar en el interior del pozo grandes piedras y tierra en abundancia para que la bestia fuera aplastada y muriera. Por último se llenó el pozo hasta el borde de tierra y piedras para que no pudiera ocurrir ninguna desgracia. Pero durante esta tarea, salieron del pozo tan malignos y peligrosos olores, que algunos obreros enfermaron repentinamente y murieron allí mismo, entre grandes gritos, al igual que algunos días más tarde murió el mencionado aprendiz de panadero de espanto y horror mortal.»

La versión amable de la leyenda cuenta que el aprendiz enfrentó con el problema metiéndose en el pozo armado con un espejo; cuando el basilisco vio su propio reflejo quedó convertido en piedra. La criatura petrificada es lo que hay en la hornacina.

Hay algunas fotos del callejón en la galería.