Hace unos días describía el criptobicho olghoï khorkhoi de Mongolia, un tema interesante que llevó algún tiempo filtrar para poder tragarlo. Mientras investigaba sobre el gusano, releía un tomo algo rancio sobre la historia de la paleontología humana, Ich Suchte Adam de Herbert Wendt (Tras las huellas de Adán, Noguer, primera edición 1958; ya he dicho que era rancio). Wendt se explaya tal vez demasiado en la historia general de la Paleontología, tema que ya detalla en otro de sus libros, pero aquí hace mención a un críptido interesantísimo de las estepas siberianas. No es un gusano, pero el relato es interesante por la moraleja que trae: se trata de una especie de topo gigante sobrenatural de la Tunguska, que según los nativos emerge del mundo subterráneo para traer mala suerte y enfermedad a quien lo avista.

Los primeros informes corresponden a los supervivientes de las campañas suecas contra Rusia en la Gran Guerra del Norte. Estos prisioneros, deportados por los rusos a las inmensidades de Siberia, sacaron su vena científica y se dedicaron a explorar y enseñar todo lo que estaba a su alcance, hasta tal punto que el propio Zar los contrató como agrimensores, cartógrafos y exploradores de las regiones alejadas de la capital imperial: el norte asiático, las fronteras con China y la península de Kamchatka.

Esta gente volvió a Suecia con toda esa información: en Uppsala -a la sazón una capital cultural muy importante, donde Linneo ya había publicado sus trabajos sobre la clasificación de las plantas- oyeron las historias sobre geografía, animales, plantas y poblaciones con sumo interés.

El relato del capitán de caballería barón Kagg resultó particularmente interesante. Había vuelto a Suecia en el año 1722 y trajo consigo un dibujo muy curioso que había diseñado su camarada Tabbert von Strahlenberg, que permanecía aun en Siberia como agrimensor. Representaba a un animal parecido a una vaca, pero que tenia garras como un dragón y dos cuernos retorcidos en la cabeza. Tales monstruos, afirmó el capitán, existían aun en la tundra siberiana y él mismo, con Strahlenberg, había hallado bajo el suelo helado cuernos de ese tipo. Los nativos los consideraban como una especie de topos gigantes que vivían en la profundidad de la tierra, y llamaban a esos cuernos como de marfil mammotowakost. ¿Qué clase de animal sería? ¿Un unicornio? ¿El behemoth de la Biblia?

De hecho la reconstrucción del “licornio” de Leibniz se había hecho,supuestamente, a base de restos fósiles…

Jamás se encontró un mammotowakost vivo, aunque si se había encontrado aquí y allá una cabeza y hasta un esqueleto completo can pedazos de carne podrida y huesos enrojecidos par la sangre. Un esqueleto casi completo, voluminoso, parecido al de un elefante, se hallaba en la academia de San Petersburgo. También allí se guardaba un relato del médico y botánico alemán Messerschmidt, que decía que el monstruo tenía pelos largos como una cabra y que posiblemente era el behemoth bíblico. Messerschmidt -uno de los muchos naturalistas que por mandato del Zar Pedro recorrieron Siberia en busca de pieles, de yacimientos minerales y de otras cosas útiles- había descubierto en el año 1724 a orillas del río Indigirka, un cadáver completo de mammotowakost enterrado en las nieves, y lo había examinado con detenimiento. Messerschmidt era un hombre digno de todo crédito. A la luz de estos hallazgos y observaciones no se podía dudar que en el norte de Asia habitaba un animal del tamaño de un elefante, can pelos de cabra y cuernos de varios metros de longitud…

Pero ni Linneo -el padre de la taxonomía moderna- ni ningún otro científico de Uppsala tomaron demasiado en serio estas historias; redujeron los testimonios recogidos a “habladurías de los indígenas” y los testimonios físicos de marfil siberiano a caprichos de la naturaleza. El mamut, el topo demoníaco de las tundras, no era más que un mito curioso.

Hay que reconocer que, debido al rumor de que quien avistaba un mamut acarrearía con desgracias o muerte, los nativos eran poco proclives a tratar el tema. Pero eso iba a cambiar.

El año 1779 encontró el tunguso Ossip Schumachov en la desembocadura del Lena, bloqueado por el hielo, un cadáver de mamut que hasta 1801 no empezó a deshelarse. Como la superstición exigía, Schumachov enfermó, pero se repuso; y entonces empezó a dudar de la acción maléfica del monstruo. Su conversión fue tan radical, que en 1803 condujo al comerciante ruso Boltunov hasta el mamut, que entre tanto ya se había deshelado completamente, y Ie vendió los colmillos por cincuenta rublos. Boltunov, francamente interesado, lo dibujó -por supuesto sin trompa, pues se había podrido hacia tiempo- y envió el dibujo a San Petersburgo. Desde allí dio la vuelta por las más importantes academias europeas. Blumenbach en Gottingen y Cuvier en París -los más renombrados conocedores de la fauna prehistórica- dieron en seguida el diagnóstico verdadero: un elefante de tiempos primitivos que el hielo de Siberia había conservado. Unos años más tarde el investigador Adams, al frente de una expedición, fue en busca del mamut de Ossip Schumachov, mejor dicho, de lo que los zorros y lobos no habían devorado aún, y se llevó los restos a San Petersburgo.

Y a partir de ahí, todo es Historia Natural. El mito había dado paso a la comprensión de una criatura que tampoco era demasiado parecida a lo que se describía: era lógico que los tungusos, desconocedores de las increíblemente remotas épocas en las que su tierra había sido una pradera templada – de conceptos como estratigrafía o permafrost- supusieran que la criatura habitaba realmente en el subsuelo y era contemporánea. De forma similar los chinos habrían creado a los dragones a partir de esqueletos fósiles bien articulados, y los griegos a los cíclopes partiendo de calaveras de mastodonte. Lo lamentable del caso es la soberbia intelectual de la Academia de ciencias sueca descartando analizar seriamente un evento porque era claramente una leyenda. Siempre hay algo que aprender… ahí fuera.

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