Hace poco, la sonda MAVEN (Mars Atmosphere and Volatile Emission) que se dedica a explorar la tenue atmósfera de Marte, detectó una concentración en forma de capas de partículas metálicas que rodea el planeta. Concretamente, polvo de magnesio, hierro y sodio en la ionosfera.

Esto no es nada extraño. En el espacio interplanetario, hay gran cantidad de polvo mineral: roca, metales y hielo, restos de la nube original que formó el Sistema Solar y de las colisiones posteriores. Este polvillo llueve sobre los planetas continuamente, y allí donde topa con una atmósfera se funde, dejando estos restos metálicos.

En la Tierra, el campo magnético se encarga de orientarlos en forma de capas y corrientes alineados según sus líneas de fuerza, como cuando ponemos limaduras de hierro sobre un papel y pasamos un imán debajo. Pero Marte -cuyo núcleo se enfrió hace tiempo- carece de campo magnético*. ¿Entonces, qué mantiene flotando ahí esas partículas?

En parte hay zonas magnéticas fosilizadas en la superficie que podrían generar este efecto, así como los potentes vientos marcianos. La distribución del hierro y el magnesio, además, son diferentes a los modelos terrestres. La incógnita permanece, como un recordatorio de que cada planeta tiene una dinámica propia y no podemos extrapolar lo que sabemos de la geología terrestre y darlo por sentado en otro sitio…

*Sí lo tiene, pero es muy débil: dos mil veces menos que el terrestre (que a su vez es unas 200 veces menos potente que un imán de esos de nevera). Esta es una de las razones por las que el planeta es tan inhóspito para nosotros: el campo magnético provee de un eficiente escudo contra las partículas cargadas del viento solar. La pérdida de atmósfera marciana es consistente con lo que correspondería al “apagado” de su dinamo interna hace 3.600 millones de años.

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