Mucho antes de que los físicos se dedicaran a hacer juegos malabares con +11 dimensiones y ramificaciones del continuo espacio-tiempo, mentes creativas y por lo general bastante más ignorantes ya habían vislumbrado el Multiverso: un concepto de infinitos mundos, cada uno de los cuales difiere más o menos del otro según se hayan desarrollado los eventos. Uno de los más populares -y donde descubrí el concepto por primera vez, en una aventura de Flash– es el que montó DC Comics para justificar y más tarde limpiar las muchas contradicciones en las líneas de personajes de todas sus series. Y es que muchos guionistas se pasaban el trabajo de sus predecesores por los mismísimos, con lo cual el fan que intentara consolidar todas las historias llegaba a la conclusión de que alguien estaba mintiendo.

-Es que son historietas, idiota. Es ficción.

La frase típica del listo. Pero ¿no debemos el mismo respeto a cualquier historia? ¿Acaso Cervantes no se cargó al Quijote doblemente -curándole la locura y luego matándolo- para que nadie siguiera escribiendo versiones apócrifas? ¿Cómo sentaría ahora una Odisea II en la que Ulises fuera soltero y se liara con Calipso o… qué se yo… que Penélope le pusiese los cuernos? Fatal*.

¿A qué viene todo esto? Fácil. Leyendo las historias de mi segundo detective favorito, The Bat-man -el primero es impepinablemente Sherlock Holmes- se me hacía un lío la figura del mayordomo, Alfred Thaddeus Crane Pennyworth. Primero, por la variedad física que ha presentado a lo largo del tiempo: el primero que conocí era un tipo calvo, delgado, con bigotito. Luego vino el de la serie de TV de los ’60, una especie de Gepetto (interpretado por Alan Napier). Más tarde el recientemente finado Michael Gough lo encarnó con un aspecto más relleno y aún más alejado del original, en la serie de largometrajes de Tim Burton. El último avatar es Michael Caine, en un papel en que por alguna razón parece que no se sintiera a gusto. Gough al menos le dio una fuerza al personaje que contrarrestaba la divergencia física. Mientras tanto, los dibujos de Bruce Timm para la serie animada de los ’90 reflejaban una vuelta a los orígenes (es el Alfred que sale en la cabecera de este post).

Así que mi sorpresa vino al leer un ejemplar de Batman de abril-mayo. De 1943.

Y he aquí la historia original de Alfred: un personaje gordito y patilludo, a imagen de John Bull -que para eso es británico de origen- y con toda la pinta de ser un complemento cómico de uno o dos episodios del dúo dinámico que acabó convirtiéndose en parte del canon. Escapando, que no huyendo, de la amenazada Inglaterra de la segunda guerra mundial, Alfred desembarca en Gotham y tras algunas penurias acaba en la puerta de la mansión Wayne justo cuando el dúo se prepara para ir a la cama (eh, chistes gay en otra ocasión):

¡somno interruptus! Por lo visto este Alfred-Chiquito de la Calzada responde a la petición de su padre Jarvis para servir en la casa Wayne. Esto es importante, porque en las últimas versiones, Alfred ya servía al doctor Wayne desde antes de que naciera Bruce; esta versión original lo hace mucho más joven.

¡He aquí a Bruce Wayne batflipando por un tubo mientras un extranjero se le aparece por la noche en su casa exigiendo un puesto de trabajo! Incluso su joven pupilo comenta:

– ¡Creo que nos apañamos bien sin sirvientes de ningún tipo!

¡Ah, chico maravilla, no estés celoso! Ya lo dice Alfred: al principio puede resultar algo embarazoso, pero me atrevo a decir que os acostumbraréis a mí! (ya he dicho que los chistes en otro momento)

Luego, tras una serie de aventuras que implican a una perversa caricatura de un hispano, el nuevo doméstico descubre por accidente el acceso a la baticueva y, pícaro como él solo, se hace el interesante hasta el final. Es curioso cómo el personaje -siendo un complemento “gracioso”- en ningún momento es mostrado como un estúpido. Porque el Alfred de tiempos futuros es cualquier cosa menos tonto. Pero al fin revela su conocimiento a la acojongojada pareja:

Keep an eye on Alfred! Creo que ni Bob Kane sabía lo profético que estaba siendo.

* y sin embargo, creo que existe una versión… (véase la Telegonía)

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