La vida en la Tierra es variada y ocupa todos los nichos imaginables, desde el aire a las profundidades marinas e incluso aguas termales, ácidas o radiactivas. Pero hay un límite: normalmente toda presencia de vida multicelular desaparece a partir de los 10 metros de profundidad de suelo. No hay luz, y el suelo es un medio duro para desplazarse que requiere cantidades de energía difíciles de obtener.

Por eso el descubrimiento de unos gusanitos (Halicephalobus mephisto) en el fondo de una mina en Sudáfrica es tan espectacular. Nadie podría imaginar vida allí abajo, pero un equipo de la Universidad de Princeton encontró un pequeño ecosistema en tres minas de oro en la cuenca de  Witwatersrand, cerca de Johannesburgo. A una profundidad entre 900 y 3600 metros, a temperaturas de 45/70ºC y presiones similares a las de los fondos oceánicos, casi en ausencia de oxígeno y sin luz, estos nematodos minúsculos (500 micrómetros de largo) viven en el agua comprimida entre las fracturas de la roca, alimentándose de bacterias quimiosintéticas.

La presencia de vida organizada allí -y se calcula que estas poblaciones llevan al menos llevan de tres a doce mil años residiendo en el lugar- no sólo tiene implicaciones en cuanto a la versatilidad de la vida terrestre, que parece ser capaz de aparecer en el lugar más inesperado, sino que amplía nuestro campo de visión en la búsqueda de posible vida extraterrestre. Pensar que hace unos pocos años pensábamos en planetas con océanos y verdes praderas como único receptáculo de vida; ahora va a resultar que vamos a encontrar bichos hasta en la Luna.

Nematoda from the terrestrial deep subsurface of South Africa– artículo en Nature, visto en New Scientist.