Previendo el estreno de la última película de Harry Potter: The Deathly Hallows II, y teniendo en cuenta que no me acordaba de casi nada de las anteriores -de hecho me había saltado una sin darme cuenta- me hice una maratón completa de esta saga que poca gracia me hace (considero un deber ser testigo de estos eventos culturales menores igual que de algunos bodrios intelectuales mejor vistos por la crítica adulta). Ha sido una paliza de partidos de yiddish, personajes malos malísimos (Condemort, Lucius Malfollat, incluso el profesor Severus Rape que resulta ser el Príncipe Gitano) personajes buenos pero capullos (los profesores todos, tal vez con la excepción del director Dumbeldore) y un universo totalmente plano por detrás donde el resto de la humanidad parecen ser soldaditos de plomo. Ya se me está olvidando,lo cual puede provocar que algunos de los nombres citados no estén correctos.

Pero lo que venía a referir aquí no es la calidad o el mérito de la obra de Rowling (los libros posiblemente sean muy diferentes a la adaptación cinematográfica, pero lo siento, hasta ahí podía llegar) sino a algunos de los detalles “mágicos” mencionados. La primera novela es del ’97, y Chris Columbus filmó la peli en 2001. Tengamos en cuenta esto.Lo primero que me llamó la atención fueron las fotos de la civilización “mágica” que coexiste solapada al mundo muggle o “normal”. Las fotos tienen un efecto de holografía 3D o bien consisten en pequeñas animaciones, estén enmarcadas o impresas en periódicos. De hecho los periódicos parecen tener pocas páginas, porque se van reescribiendo sobre la marcha.

Esto, ahora en 2011, me lleva a pensar en el auge de los marcos digitales de fotos (que hacen exactamente eso) y los futuros tablets de formato grande que ya están asomando la patita. De hecho los e-books tienen la misma cualidad, o defecto, que los periódicos mágicos: son en blanco y negro.

Lo mismo pasa con un mapa mágico muy especial, que muestra al encenderse no sólo la disposición del castillo sino la posición de sus ocupantes a medida que circulan por él. En la película se ve además una pequeña etiqueta junto a cada traza, igual que los mapas de geoposicionamiento de Google o Apple a día de hoy. Otros objetos secundarios que aparecen tienen “memoria” y pueden mostrar información oculta en ellos previa manipulación o contraseña; hay cartas que repiten mensajes grabados; peceras que muestran en 3D las memorias extraídas de una persona; una capa de invisibilidad;  etcétera.

Es habitual encontrar en la magia clásica referencias a objetos de la tecnología moderna, esto resulta de una mezcla de casualidad con pareidolia. Por ejemplo los amuletos compuestos en el lenguaje enoquiano de John Dee o el alfabeto malachim, parecen circuitos impresos; y muchas descripciones de objetos mágicos (bola de cristal o espejos para visión remota, carros que se mueven sin caballos, candiles sin fuego ni humo) han acabado en nuestro mundo tecnológico casi sin necesidad de modificar su descripción. Como decía Arthur C. Clarke en una de sus citas más famosas,

Toda tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia

Pero lo que me hace gracia del asunto Potter es que las magias descritas por Rowling no tienen ni diez años de antigüedad y ya están entre nosotros. El progreso tecnológico de los últimos años, reflejado en productos de consumo, es tan enorme y al mismo tiempo nos pasa tan desapercibido -el siglo pasado apostó por las máquinas de transporte, mucho más evidentes- que me pregunto qué no veremos en los próximos veinte años.

¡Yo me pido una Nimbus 2000, de momento!

(Fuera de tema: si Dumblemore fuera nombrado conde bajo la antigua denominación escandinava (que en Inglaterra se dejó de usar a favor del anglosajón Earl) habría que llamarlo Jarl Dumblemore. Jander.)

(Menos fuera de tema: Lucy Knisley tiene unos posters con la historia resumida de los cuatro primeros libros, en formato comic. Muy graciosos.)

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