Una de las láminas del libro, profusamente ilustrado.El descubrimiento de un libro antiguo podría arrojar luz sobre una civilización pre-neolítica de la que apenas se sabe nada: la cultura que habitó las portentosas ciudades de Xanidar, Zahad-Ishar y Yetzud.

En arqueología, es interesante ver cuántos hallazgos históricos se han vuelto a sumir en las tinieblas para ser redescubiertos años o siglos más tarde, o desaparecer para siempre. La misteriosa ciudad deshabitada descubierta en medio de la jungla brasileña por unos bandeirantes, descrita en el Manuscrito 512 de la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro, jamás ha sido localizada. La ciudad capital del Imperio Monomotapa en Zimbabwe, cuyas imponentes ruinas ciclópeas fueron descubiertas por los portugueses en el siglo XVI, no fueron revisitadas hasta finales del XIX e investigadas científicamente hasta entrado el siglo XX. Nadie sabe dónde está Ity-tawy, la capital del imperio egipcio durante la XII dinastía, o la bien documentada Yamatai, capital japonesa durante el período Yayoi (I-III d.C.)

Primera página del libro.Por ello, el hallazgo de un discreto librito en alemán, editado en Frankfurt en 1909 bajo el título Descubrimiento de las Ciudades Perdidas del Zhemer en el Turquestán Ruso, de un autor de nula fama -un tal Hugo Schädel– resulta tan interesante. En él se describe la expedición germano-austríaca del propio Schädel, realizada bajo los auspicios del canciller Bernhard von Bülow y el propio káiser Guillermo, a las estepas del actual Kazajistán. El descubrimiento de tres grandes conjuntos monumentales fue el momento cumbre del arqueólogo alemán: yacimientos de extensión y antigüedad desconocida de los cuales sólo una parte asomaba desenterrada en las desérticas soledades.

En el libro se describe el análisis posterior de piezas de hierro y cobre -principalmente útiles, ya que la expedición no pudo hallar ni un solo ejemplo artístico en todo el yacimiento, ya sea pictórico, esculturas, relieves o joyería. Tampoco se descubrieron restos humanos asociados al período de ocupación, aunque sí abundantes osamentas de fechas más recientes.

La datación de las piezas por estratigrafía y dendrocronología daban la apabullante cifra de diez a doce mil años de antigüedad para las construcciones más grandes. Esto desencajaba completamente la cronología de principios del siglo XX en la que los reinos más antiguos, Sumer y Egipto, se remontaban como mucho al 3000 a.C. Una cultura organizada para construir los edificios que se encontraron allí tenía que estar bien estructurada; pero no había ningún testimonio documentado. Los pastores nómadas del entorno hablaban de las “casas redondas” como un lugar abandonado desde siempre, asociado con la muerte y el mal. El nombre kazajo era qarğıs qala, o Pueblo Maldito, y evitaban pasar por allí incluso bajo las peores inclemencias climatológicas.

Pero Schäder relata en su libro: “…descubrimos, bajo uno de los muros del edificio mayor, una considerable cantidad de piezas de cobre repujado cubiertas de inscripciones desconocidas. Al principio me parecieron simples marcas a modo de textura, pero un análisis concienzudo me permitió hallar signos repetidos. Sin duda era un lenguaje de tipo alfabético, afín al fenicio o griego.” Más adelante describe la traducción de fragmentos que le permitieron dar nombre a los emplazamientos: algo parecido a Xanidar (o Zhanidor, el yacimiento principal), Zahad-Ishar y Yetzud. Los escritos correspondían a una época tardía, en la que la ciudad estaba prácticamente abandonada. Explica Schäder:
“Los habitantes de aquel glorioso imperio se habían enfrentado durante milenios a invasores, terremotos y plagas; pero lo que ahora los estaba diezmando procedía de los propios cimientos de su metrópolis. Hablaban de seres grotescos, que sólo atacaban en la oscuridad; de una enfermedad que deformaba y consumía; y de una red de túneles que estaba minando toda Xanidar como el gusano devora a la carroña. (…) Descubrimos durante la campaña, efectivamente, varios túneles excavados en la roca viva bajo los cimientos. Estos túneles tienen una extensión desconocida y no hemos podido explorarlos debidamente. Podrían ser pasadizos de acceso de un ejército de asedio, pero tienen una anchura anormalmente grande para ese fin. Espero poder volver con el equipamiento debido para completar su cartografía.”

Nunca sabremos lo que podría haber descubierto Schäder en aquel lugar. No hay registros de una expedición posterior, y en 1909 los cambios en el gobierno alemán hicieron difícil subvencionar ese tipo de aventuras culturales. Los soviéticos hicieron de Kazajistán un campo de pruebas nucleares, y es posible que las ruinas medio cubiertas por la hierba hayan sido destruidas para siempre. Sin embargo, Alfred Starkweather (un arqueólogo londinense que ha podido traducir y revisar el libro) y Jackson Moore (del Smithsonian Institute) tienen la teoría de que Schäder sí volvió en 1912 al Turquestán, patrocinado esta vez por el gobierno austríaco y el barón Heinrich von Sebottendorff (cuyo heredero Rudolf fundaría algo más tarde la Thule Gesellschaft, una secta ocultista que buscaba mitos como la Atlántida y la Tierra Hueca. Curiosamente Rudolf había recorrido las estepas turcas y asiáticas y, en 1912, fue internado con heridas graves supuestamente recibidas en la Guerra de los Balcanes). El destino de la expedición de 1912 es, presumiblemente, desafortunado, pero la planeada nueva expedición Starkweather-Moore podría redescubrir esta parte desconocida de nuestra historia.

Es posible consultar el texto original en la página de Starkweather-Moore, donde además reclutan voluntarios para la expedición de 2017.