skullCuando se trata de la dicotomía entre “fe” y “ciencia” (entiéndase Ciencia como las disciplinas académicas actualmente reconocidas, y “Fe” como aquello que requiere una actitud personal más que pruebas palpables: Dios, OVNIs, vida después de la muerte, etc) tanto el bando estricto como el creyente suelen estar de acuerdo en una cosa: el método científico es actualmente la única forma racional que tenemos de desmantelar, analizar y entender la realidad. Lo que no descarta que tal vez haya otras formas -no racionales- de percibir y adquirir conocimientos; pero en la práctica del día a día, la ciencia funciona.

El problema es cuando malinterpretamos, o directamente aplicamos el método científico de forma errónea. A veces es peor una verdad a medias… hay múltiples ejemplos de esto asociados no sólo al mundo de lo paranormal, sino también al de la ciencia estricta. El ser humano tiende a manipular los datos para adaptarlos a una idea previa que le gusta, y ahí mete la pata: recordemos el caso de las bacterias que usaban arsénico en lugar de fósforo, tan bonito como falso. O el caso del doctor Cotton, director del Hospital Estatal de Trenton (New Jersey, USA).

El buen doctor llevaba las riendas del antiguo Asilo de Lunáticos de Trenton, que es lo que era esta institución realmente. Estudió en Europa con Kraepelin y Alzheimer, y ya en USA con Meyer en el John Hopkins: unos tutores impresionantes en esta época que veía nacer prácticamente la moderna medicina (con antisépticos y vacunas) y la psiquiatría. De Meyer le quedaría la teoría que vinculaba las infecciones a algunos desórdenes mentales, en contraposición a las teorías psicológicas o las eugenésicas (que las asociaban respectivamente a traumas de la infancia o anomalías hereditarias). Estamos en los albores del siglo XX, cuando la desinfección del campo operatorio todavía era una novedad, y muchas enfermedades antes fatales y de origen desconocido (como la fiebre puerperal, pero también tuberculosis, cólera, difteria, o malaria) empezaban a desaparecer ante estas nuevas técnicas. La microbiología era un campo joven y lleno de promesas, como es hoy la genética.

Trenton

El caso es que Cotton tenía claro que la enfermedad mental provenía de un foco séptico en el paciente; por lo tanto, lógicamente, si quitamos la infección el paciente se curará. Ciencia! Así, pues, empezó a experimentar extrayendo piezas dentales infectadas de sus pacientes. En principio esto no parecía funcionar, y aquí estaba el pecadillo de Cotton: interpretó sesgadamente sus resultados. Si el paciente curaba, el caso se sumaba a la confirmación de su teoría; si no, había que seguir retirando dientes hasta alcanzar el foco de la infección que provocaba la crisis.

Cotton2De más está decir que, al acabar con los dientes -cariados o sanos- el procedimiento se extendió a otros posibles focos. Amígdalas, lenguas, vesículas biliares, apéndices, testículos, ovarios, estómago, intestinos, colon, bazo, úteros, todos fueron cayendo bajo el bisturí de Henry Cotton en la intimidad de una institución que bien daría pie a una película de terror. Mientras tanto, de puertas afuera, la sociedad americana alababa la encarnizada lucha de este médico contra las enfermedades mentales a pesar de la cantidad de bajas fatales que estos procedimientos causaban: recordemos que aún no había antibióticos, y la cirugía abdominal era de alto riesgo. Se calcula que un 45% de los pacientes fallecía tras el agresivo procedimiento, por no hablar del lamentable estado de los supervivientes a estas mutilaciones científicas. En 1922, el New York Times publicaba un artículo exaltando las ponencias de Cotton, aunque poca gente contrastaba la información distorsionada que salía del Trenton.

En 1924, ante rumores y quejas de pacientes y personal médico del hospital, el propio Adolf Meyer encargó una investigación sobre los procedimientos de Cotton. En 1925 hubo una investigación por parte del gobierno, aunque todavía la opinión del Times seguía apoyando plenamente al doctor; durante estos procesos públicos, Cotton sufrió una crisis nerviosa que diagnosticó como debida a una infección, por lo que procedió a quitarse las muelas. Recuperado abrió además una clínica privada donde efectuar sus tratamientos a pacientes acaudalados.

En 1930, Cotton se retiró de la dirección del Trenton. Moriría tres años más tarde de un ataque cardíaco, con su reputación intacta. El asilo siguió practicando las técnicas de “bacteriología quirúrgica” -aunque de manera menos agresiva- hasta finales de los ’50.

 

De unos artículos en princeton.edu, wikipedia e io9.

Para quien quiera ver las antiguas y abandonadas salas del Trenton, hay una colección en forgottenphotography.com (en plan Iker Jiménez)

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