Tengo que reconocer que mis historietas predilectas de niño no eran de lo más común. Uno lee lo que tiene a mano, y yo tenía un surtido variopinto de autores más que la habitual mesa llena de Marvel o DC. Todos pasados por la piedra de Editorial Novaro o Pinsel, pero tuve la suerte de leer obras como Little King, Katzenjammer Kids o Nancy mucho antes de oír cómo la intelectualidad los encumbraba. Yo los clasificaba como “raros” (siendo “normales” Mickey Mouse, Donald, Batman, Superman, Linterna Verde y el resto de la familia DC. De Marvel sólo soportaba a Spiderman, y los personajes de Jack Kirby me parecían “mal dibujados”: reconocía el estilo antes de conocer el nombre del autor).

Mis favoritos de los “raros” eran, sin duda, Blondie y Little Lulu. Ambas tiras tenían su origen en los años ’30, eran bastante surrealistas a pesar de contar historias triviales y, curiosamente, seguían la costumbre de pintar los ojos como dos puntos gordos. Yo llamo a eso “ojos de cucaracha”: es más difícil dar expresión a una cara así, pero no creo que sea casual que cuando empecé a dibujar mis monigotes tuviesen ojos de cucaracha.

El caso es que adoraba las estrambóticas historias de la niñita del vestido rojo y su singular pandilla, con juegos, obsesiones y costumbres de dos generaciones atrás. Pero a veces lo que me daba risa no era la historia en sí, sino un dibujo concreto: expresiones atroces, bocadillos absurdos amplificados por la traducción, es difícil de explicar. Así que para muestra un botón: Damen und Herren, contemplen sin buscarle explicación (picando sobre la imagen) una página de Lulú editada por Novaro hace muuucho tiempo, cortesía de Comics Novaro.

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