Una noticia trekkie: ha aparecido una vieja carta perteneciente al creador de Star Trek de cuando comenzó la aventura. Cuando Gene Roddenberry produjo el piloto de su serie Star Trek: The Cage para la cadena de televisión NBC allá por 1965, los problemas acababan de comenzar: la cadena empezó a poner pegas, básicamente porque era demasiado extraña (y el piloto demasiado largo). Ante ese rechazo, Gene redactó una nota de cuatro páginas mecanografiadas dirigida a su agente Alden Schwimmer desahogándose ampliamente, criticando el sistema de selección de las cadenas y bueno, más o menos destacando los mismos problemas de que adolece ahora cualquier productora.

Poco después, la NBC rechazó definitivamente el piloto pero solicitó una segunda prueba, con lo cual Gene produjo Where No Man Has Gone Before (con otro reparto y estructura) que acabó saliendo adelante. The Cage quedó archivada durante años, y Star Trek duró tres temporadas. Unos cuantos años más tarde Roddenberry produjo Star Trek: The Next Generation, secuela que curiosamente tuvo más éxito que la serie original. Y aquí viene lo que me llamó la atención de la carta:

estoy abierto a críticas y sugerencias, pero no de aquellos que piensan que la respuesta está en cosas como meterle a alguien de a bordo un perro, o añadir un simpático niño de once años a la tripulación.

Interesante: el criterio hitchcockiano de “ni niños ni perros“. Pero, como bien sabe quien conozca las historias del Enterprise-D

Este es Spot, el gato de Data. Bueno, no es un perro, pero tiene nombre de perro. Y Roddenberry y compañía actuaron sabiamente reduciendo la aparición del gato a momentos relajados de la trama y nunca salvando la situación.

Esto es peor: Wesley Crusher, hijo de un miembro de la tripulación que al cabo de unos episodios se convierte en un jovencísimo cadete espacial. No hablaremos del mal gusto de su madre para elegirle la ropa. Afortunadamente, con el tiempo los guionistas se encargaron de quitarlo de en medio.

Las líneas de esa carta perdida y descubierta ahora parecen una premonición vergonzosa. Gene se removería en su tumba, si no fuera porque sus cenizas -y las de su mujer, Majel- chisporrotean entre las estrellas, más allá del cielo.

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