René Descartes (Renato para los amigos) fue una mente brillante para su época: físico, matemático y filósofo, sus ideas permanecen dando testimonio de uno de los más grandes pensadores del siglo XVII. Pero también introdujo algunos conceptos que han traído cola hasta hoy. Uno de ellos es el animal como “machina animata“: un sistema mecánico carente de alma en comparación con el ser humano que sí la tiene. Una de sus aseveraciones se venía admitiendo hasta hace muy poco: el animal no sufre, o más bien, no es consciente de su sufrimiento. Si gime o chilla es una respuesta a un mal funcionamiento, como una bisagra mal lubricada que hace ruido.

Este concepto tan cruel se rebatió en fecha tan reciente como 2010, al menos en un paper científico. En la práctica, todavía queda mucho camino. Pero ¿el contrario? ¿Disfrutan los animales? ¿Se lo pasan bien al satisfacer sus necesidades materiales, o son como Terminators que simulan estar a gusto para cumplir algún siniestro objetivo?

Un estudio de la Universidad de Bar-Illan (Israel) realizado sobre moscas de la fruta -nuestra querida Drosophila melanogaster- ha intentado discriminar ese momento crucial en que la mosca recibe un estímulo suficientemente intenso como para desear repetirlo, que esa es la gracia del sexo. ¿Es el proceso de cortejo en sí? ¿Las feromonas que libera la hembra?

Se sabe que las moscas de la fruta privadas de sexo se dan a la bebida, es decir, ingieren el alcohol procedente de la fermentación de las frutas podridas que forman su dieta. Cuando copulan, sin embargo, se liberan grandes cantidades del neuropéptido F (NPF) que de alguna manera previene la necesidad de la mosca de buscar satisfacción en la droga.

En el experimento, se utilizaron procedimientos optogenéticos para estimular la producción de otro neuropéptido, corazonin (CRZ) que controla el ganglio abdominal y provoca la liberación del esperma. Así, se colocó una serie de machos en un entorno con un foco de luz roja que desencadenaba la eyaculación, o un rincón a oscuras. Al poco rato, la mayoría de los machos estaban bajo la luz roja, obviamente.

Luego se asoció la luz roja a un aroma químico liberado en el entorno: también, los machos se dirigieron invariablemente al aroma que recordaba su experiencia bajo la luz roja.

Finalmente, resultó que las moscas vírgenes pero que habían pasado repetidas veces la experiencia de la luz roja / liberación de CRZ tenían altos niveles de NPF y a la hora de comer preferían líquidos no alcohólicos, mientras otras moscas de control que no habían pasado por eso se decantaban por el alcohol. Así pues, queda confirmada una importante relación entre la falta de estímulo sexual y la búsqueda de estos paradis artificiels, como diría Baudelaire; y también que la presencia de la hembra era irrelevante; el estímulo final era el auténtico desencadenante del proceso de placer.

Es de notar que aún no se han realizado experimentos equivalentes con hembras, ya que la CRZ sólo funciona en el macho; se necesita descubrir aún cuál es el sistema de recompensas femenino y qué neuronas intervienen en él.

Zer-Krispil et al.: Ejaculation Induced by the Activation of Crz Neurons Is Rewarding to Drosophila Males en Current Biology

Visto en SINC

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