Piedra en el Racetrack Playa, con trazado no linealEl fenómeno era extraño, y sin embargo totalmente verificable: en las planicies desiertas del Racetrack Playa, en el Valle de la Muerte (Desierto de Mojave, California, USA) fragmentos rocosos de distintos tamaños -desde guijarros del tamaño de un puño hasta rocas de más de 300 kilos- se desplazaban arrastrándose, dejando pistas en el barro cuarteado. Estas pistas, a veces de cientos de metros de largo, podían ser rectas o seguir trazados de cierta complejidad, o seguidos por varias piedras en paralelo. En ocasiones las piedras se volteaban al avanzar, cambiando el dibujo del surco. Pero nadie ha visto a las rocas moverse jamás.

Racetrack Playa es el lecho de un lago seco, lo cual ofrece una superficie totalmente plana y despejada. Las teorías sobre estos extraños desplazamientos casi siempre caían sobre el terreno natural: torbellinos de aire caliente (dust devils), vientos muy fuertes y la necesaria lubricación del suelo mediante agua de lluvia o una capa de hielo. Por supuesto también se contemplaron las hipótesis de campos de fuerza anómalos, geomagnetismo o la intervención de inteligencias no humanas. Para los indios, era la actividad de los espíritus. Para los escépticos, el acto de algún bromista, como los círculos de las cosechas ingleses. Hasta que al fin alguien se decidió a descubrirlo por el método directo -es decir: observando el fenómeno.

Las rocas ambulantes son conocidas desde hace más de setenta años, pero al ser su desplazamiento aparentemente tan lento o esporádico, no había forma de observarlo. En principio su origen estaba claro: la mayoría eran dolomías negras procedentes de un promontorio de 260 metros de altura, situado en el extremo sur del lago. Otras proceden de relieves próximos (constituidos fundamentalmente por sienitas). Sus tamaños rondan los 15-45 centímetros y el peso varía, aunque como hemos visto las hay extraordinariamente pesadas. En los años 60-70 se hizo un seguimiento mediante estacas de acero clavadas junto a las rocas, a lo largo de siete años. También se puso a prueba la hipótesis de la capa de hielo deslizante rodeando una de las piedras con un corral de tubos de acero: en el siguiente invierno la piedra se salió fuera del corral y recorrió ocho metros hacia el noroeste, a la vez que dos piedras más pesadas entraron en el corral. Una de ellas se movió cinco años más tarde en la misma dirección que la primera, pero su compañera no se movió durante el período de estudio. Esto indica que si el hielo jugó un papel en el movimiento de las piedras, entonces el collar de hielo que las envolvía debía de ser pequeño.

Karen

Karen (piedra J en el estudio de 1968) es un bloque de dolomita de 74 × 48 × 51 cm y tiene un peso estimado de 320 kg. y no se movió durante el período de estudio. La piedra pudo haber creado su antigua y recta senda de 170 m por el impulso que produjo su caída sobre la playa húmeda. Sin embargo, Karen desapareció antes de mayo de 1994, posiblemente durante el inusualmente húmedo invierno de 1992 a 1993. La eliminación por motivos artificiales se consideró improbable debido a que no se apreció el tipo de daño que un camión y un cabrestante podrían haber causado en la playa. Finalmente, Karen fue redescubierta por la geóloga Paula Messina en 1996, mucho más al norte de donde Sharp la había visto por última vez.

GPS

Piedra flotante, 2013En los ’90 se utilizaron sistemas GPS para hacer el seguimiento de algunas de las rocas, y quedó constancia de una actividad mayor después de las tormentas; lo que reforzaba la hipótesis del viento y el barro. Pero no ha sido hasta 2011 en que un equipo de científicos provistos de GPS modernos han seguido las trayectorias de 15 piedras (réplicas. A las auténticas no se les puede tocar, cosa del Servicio de Parques Nacionales) durante tres años. ¿La conclusión? No hacen falta vientos de 300 km/h para mover las piedras, pero sí la concurrencia de ciertos factores, como lo que afortunadamente ocurrió en diciembre de 2013. Las lluvias llenaron la superficie del lago con una película de agua de siete centímetros, que por la noche se congelaba. La profundidad era esencial: suficiente para formar hielo, pero no tanta como para cubrir las piedras. El frío formaba costras de hielo finas pero resistentes sobre el barro del lecho inferior. Al salir el sol, la escarcha se fundía formando delgados paneles flotantes, mediante los cuales sólo hacía falta un viento ligero (18 km/h) para empujar las piedras, eso sí, a una velocidad casi imperceptible de 2-6 metros por minuto. Algunas rocas se movían durante intervalos de 15 minutos, otras unos pocos segundos, y además formando curiosas asociaciones según los caprichos del viento.

Tal vez -como reconoce el propio Richard Norris, paleobiólogo que organizó el estudio- el fenómeno ocurra debido a múltiples mecanismos (por ejemplo para las piedras más pesadas) pero esta es una buena explicación que resume y verifica las teorías planteadas y además simplifica el problema al no necesitarse vientos extremadamente fuertes.

Sliding Rocks on Racetrack Playa, Death Valley National Park: First Observation of Rocks in Motion, en PlosONE