Tintín a punto de ingerir opiáceos y alcoholOpio. Cuando se menciona esta palabra inmediatamente la asociamos al miserable fumadero lleno de chinos con pipas, o a una plantación afgana ilícita. Pero el opio y otras sustancias afines (morfina, oxicodona) se utilizan para otros fines: gran cantidad de analgésicos recetados para el tratamiento de dolores crónicos o severos los contienen. El problema es que la única fuente de estas substancias es el bulbo de la amapola (Papaver somniferum) que requiere ciertas condiciones para su cultivo y cuidado. Por ejemplo, casi la mitad del suministro de amapola destinado a la industria farmacológica proceden de la isla de Tasmania, en Australia. Aparte de la dificultad para cubrir la creciente demanda, un problema en un campo tan limitado geográficamente (sequía, inundación, plaga) podría provocar terribles problemas de disponibilidad.

Y aquí viene la investigación de Christina Smolke y Kate Todey, de la Universidad de Stanford en California. En 2008, Smolke probó a insertar un número de genes -incluyendo algunos de Papaver– en levaduras, y los hizo convertir moléculas simples de azúcar en un complejo precursor de opiáceos: salutaridina. Ahora, en su último trabajo, ha resuelto el otro extremo de la secuencia química: modificar las levaduras para que tomen precursores complejos como la tebaína y sinteticen productos terminados, incluyendo oxicodona y morfina.

Lo que falta es el puente intermedio: convertir la salutaridina en tebaína, con lo cual se habría sintetizado todo el proceso químico desde los azúcares al opiáceo. Todo esto podría desarrollarse en tanques de crecimiento controlado, como en las cervecerías: un tanque de mil litros podría producir tanto opiáceo como una hectárea de amapolas. Este método también aseguraría la cadena de producción farmacológica y permitiría un mayor control.

Hasta que los afganos consiguiesen algo de levadura modificada, claro.

A microbial biomanufacturing platform for natural and semisynthetic opioids, en Nature