bichos en casabichos en casamás bichos en casa

Se acerca el frío poco a poco, y las bestezuelas se meten en casa. Escarabajos (Morica planata, principalmente, y algún cerambícido) ortópteros de todo tipo y color, polillas, una invasión de moscas que ni la casa de Amityville, mosquitines de esos chiquitos que deben llevar un láser o un taladro plegable para picar porque no abultan ni el grosor de mi piel, dos especies de hormigas (Iridomyrmex y Pheidole, estas últimas haciendo incursiones en el sofá en busca de pan), grillos cantando en estéreo…

¿Y qué hago? Al centésimo Morica que saqué fuera para verlo recorrer el salón al poco rato, me empecé a mosquear. Se mueren. Las gatas los matan. No hay comida para ellos (para las hormigas sí). Aún así siguen viniendo. Y de repente en un relámpago se apareció la metáfora, implacable y cruel. La diferencia con el asunto europeo no es tanto del sujeto (bichos y personas, no veo que la compasión tenga que limitarse a la propia especie) sino que yo los llevo a un jardín multicolor lleno de verdura. ¡Chupaos esa, políticos de la CEE!

 

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