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Esta noche he tenido que controlar la población de cucarachas en mi planta baja. Tenemos un trato, las cucarachas y yo: un pacto que no consta sobre papel, voz, feromonas o cualquier otro sistema de transmisión de datos. Si ellas no pasan del límite del patio, mi basura y demás desechos orgánicos son suyos, así como el agua; tampoco las molestaré. Pero si entran a la cocina, entonces… Hoy había cinco o seis hermosos ejemplares adultos de Periplaneta rondando entre la lavadora y el fregadero. Como conozco sus preferencias y sus m&eactute;todos, me fue fácil trazar su destino: los adultos visibles fueron masacrados. Todas las rendijas se llenaron de tóxicas piretrinas, matando a la población oculta. Las ootecas que yacían bajo un rincón de la lavadora también fueron envenenadas y barridas; cientos de miles de huevos, docenas de adultos. Vidas. Detesto hacer el papel de ángel exterminador. Aun aniquilando cuidadosamente a cada adulto de forma que el sufrimiento fuera mínimo, la tarea me daba asco. Supongo que Jehová, cada vez que machaca a su pueblo elegido, debe pasarle algo similar; a escala, claro.

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