Un enunciado propio de Charles Fort para un caso típico de las “cosas raras” que recogía el investigador norteamericano. Un centenar de estorninos cayeron repentinamente fulminados en pleno vuelo; la mayoría se encontraron muertos con sangre en el pico, y algunos agonizaban. Todos cayeron en un área de unos tres metros y medio en el patio de una casa de Coxley, en el Reino Unido, donde los encontró la dueña Julie Knight.

La autopsia de los animales no ha resultado conclusiva. Se especula con la posibilidad de que un depredador asustara al rebaño, bueno: el cardumen, la manada, eso. Total, que hicieran un giro brusco y se estrellaran contra el suelo. Desde luego es la hipótesis menos absurda (no pudo ser un tóxico, ni que se golpearan contra un rascacielos, ni una tormenta) pero deja un regustillo a enigma sin resolver.

Visto en el Daily Mail.

Bandada! No me salía la palabra.