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Somos seres contradictorios, los humanos: como material biológico nuestro objetivo es devorar, absorber otras formas de vida; como seres con intelecto y ética detestamos hacerlo. Los carnívoros nos enfrentamos de una forma más flagrante a este dilema, ya que nadie percibe el sufrimiento de una lechuga al ser sacrificada y comida. Ahora vamos descubriendo las consecuencias de estos pecados: la ingesta de carne humana provoca el kuru, comer carne de mono es una de las causas de las epidemias de ébola, las carnes rojas provocan cáncer. Con el tiempo descubriremos que cualquier cosa que nos comemos nos acerca al ataúd, porque nos hace partícipes de ese ciclo de vida y muerte. No andarían tan equivocados los alquimistas chinos que perseguían la inmortalidad entre otras cosas, reduciendo las comidas. (También tomaban compuestos de arsénico y mercurio y retenían la eyaculación, pero estas cosas no creo que ayudaran mucho al tema).

Pero con el estado actual de la medicina, lo ideal -tanto desde un punto de vista ético como económico y sanitario- parece que va a ser alimentarnos a base de compuestos sintéticos perfectamente equilibrados. Al final, otro de aquellos topicazos descartados de la ciencia-ficción de los 50-60, la comida de píldoras (os acordáis de Los Supersónicos?) va a resultar que es verdad.

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