De alguna forma que no viene al caso he ido a dar con una transcripción del Manuscrito 512 de la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro. Este documento –Relação histórica de huma (sic) occulta e grande Povoação antiguissima sem moradores, que se descobriu no anno de 1753- relata el descubrimiento casual por parte de unos bandeirantes (colonos del Imperio Brasileño en la Amazonia) de una ciudad de piedra abandonada en medio de la selva, de una antigüedad notable y un nivel de civilización bastante más alto de lo que cabe esperar en esas regiones.

Las leyendas de ciudades perdidas en la Amazonia no son nuevas, y Brasil es un país que desde su origen ansía tener algún tipo de patrimonio arqueológico importante, por lo cual no suelen dejar sin investigar cualquier posibilidad. Aún así, la inmensidad hostil de la selva sudamericana la hace muy complicada de explorar incluso en estos tiempos en que agoniza atravesada por carreteras y megacultivos de soja. Hace algún tiempo escribí un resumen de la leyenda de Akakor, parte de una red de ciudades prehistóricas unidas por estructuras subterráneas, herencia de una cultura olvidada. Si nos creemos la historia, Akakor está protegida por tribus hostiles y fuerzas desconocidas que han acarreado la muerte a muchos de los valientes (o imprudentes) exploradores que han intentado encontrarla.

Lo llamativo del 512 es que es un documento real, totalmente documentado y fechado, y no tiene el aspecto de ser una metáfora novelada o los desvaríos de un loco. Este documento fue una de las muchas pistas que llevaron a Percival Harrison Fawcett a la malograda expedición de 1925 al Alto Xingu de la que nunca volvió, y que lo convirtió en leyenda.

El coronel Fawcett nació en la Inglaterra victoriana con la estrella de la aventura y el misterio: su padre era miembro de la Royal Geographic Society; su hermano Edward, alpinista y esoterista, era miembro fundador de la Sociedad Teosófica. Amigo de Rider Haggard y Conan Doyle, fue militar destinado a Ceylán, topógrafo y agente de Servicio Secreto británico en el norte de África, e incluso llegó a combatir en la Primera Guerra Mundial ya con cincuenta años. Una vida interesante, puede decirse, aunque en sus primeras expediciones americanas tropezó con problemas de credibilidad: sus descripciones de animales misteriosos, como la anaconda de 19 metros* a la que afirmaba haberle pegado un tiro o los perros con dos narices, digamos que se prestaban al ridículo.

En 1906 tuvo su primera comisión de la RGS para cartografiar la frontera de Brasil y Bolivia, y quedó enganchado de la salvaje belleza del continente americano. Siguió recibiendo misiones y se trajo a su familia a Jamaica, abandonando Europa -excepto el paréntesis de la Gran Guerra-; entre 1906 y 1924 realizó siete expediciones por la jungla, aprendiendo a tratar con los nativos y a moverse por el entorno. En todos estos viajes iba recogiendo información en forma de leyendas o testimonios directos, además de las investigaciones documentales que emprendía por su cuenta. Todo esto le condujo a formarse una hipótesis: la existencia de una civilización sumamente avanzada, anterior a los imperios precolombinos conocidos, que habría ocupado lo que ahora es el Mato Grosso brasileño y áreas adyacentes.

Esta cultura, a la que él asociaba con descendientes degenerados de la mítica Atlántida, habría dejado testimonios en forma de ciudades megalíticas, tablillas de metal grabadas con exóticos jeroglíficos y cuerpos momificados de una etnia totalmente incompatible con las que actualmente existen en el continente americano. Recordemos que tanto su hermano Ed como su amigo Conan Doyle estaban metidos de lleno en conceptos que incluían el espiritismo, la psicometría, la Atlántida y Lemuria, los gobiernos secretos del mundo, la tierra hueca… un batiburrillo de ideas muy adaptable que combinado con la escasa información arqueológica de aquellos tiempos convertía cualquier dato en un esquema fascinante. ¡No les faltaba ilusión! Pero todo esto tampoco invalida ninguna de sus especulaciones o descubrimientos.

Así llegamos a la expedición de 1924 en busca de “Z”: una de las ciudades perdidas, denominada así por Fawcett para evitar identificarla con Paititi, Cíbola o incluso la Grande e Oculta Povoaçâo del Manuscrito 512. Según él, existía una red de ciudades ocultas por la vegetación, y  tenía datos precisos para encontrar una de ellas que -por desgracia y como siempre- resultaba estar en medio de territorio inexplorado y lleno de tribus hostiles. En parte esta información procedía de las tribus contactadas, que hablaban de ruidos mecánicos procedentes de las montañas y -atención a esto- “bombas” saliendo del subsuelo al cielo y estrellándose contra la selva. Otra constante es la de edificios iluminados con estrellas que nunca se apagan. Por otro lado había recopilado inscripciones en alfabetos desconocidos, similares a las que se describen en el relato del Manuscrito 512 y las que aparecían en una extraña figurilla de basalto negro de origen y antigüedad desconocida, la cual le había regalado Rider Haggard quien nunca quiso revelar su procedencia. Esta pieza iba también con el material de la expedición, por lo cual no disponemos de ella más que el boceto que mostramos aquí. Según un psicometrista, la escultura pertenecía a la remota Atlántida; Fawcett apuntaba que la pieza tenía un curioso efecto:

“Esta imagen de piedra posee una propiedad particular, sentida por quien la tenga entre las manos. Es como si un calambre eléctrico se nos subiera por el brazo, tan fuerte que ciertas personas sueltan bruscamente la estatuilla”.

Al parecer el ídolo de basalto y sus signos intraducibles eran una especie de llave de acceso a la ciudad perdida. Se comenta también que una medium (Helena Bari, que mantenía correspondencia con Percy) le aseguraba que el “sacerdote” representado en la escultura era el propio Fawcett en una encarnación pasada, con lo cual se convertiría en una especie de pasaporte cuando accediera a la ciudad y se enfrentara a los “Guardianes”. Todo esto tiene una pinta impresionante de serial de aventuras de los años ’30, pero recordemos que estamos en los ’20 y Sir Arthur Conan Doyle aún creía en las hadas.


No podemos criticar a Fawcett el secretismo con que rodeaba sus fuentes… al fin y al cabo, era su descubrimiento, y tenía datos precisos. Con dinero propio y subvenciones de un grupo financiero londinense denominado The Glove (El Guante) montó una expedición reducida y eficaz que consistía en él mismo, su hijo Jack, Raleigh Rimmell (un amigo de Jack), varios porteadores, ocho mulas y dos perros. Todo el equipamiento de la expedición fue seleccionado personalmente con mucho cuidado: instrumental, víveres, armas y regalos para los indígenas. Hay que destacar que la “etiqueta” hace estos regalos obligatorios al pasar por el territorio de una tribu india, so pena de ser masacrados (oye, son costumbres; en otras partes te cobran impuestos o visados) y Fawcett conocía perfectamente el protocolo.

La expedición

Los exploradores y el equipo partieron en el vapor Vauban de New York a Río de Janeiro en enero. Curiosamente en la lista de pasajeros consta “Percy H. Fawcett – 51 años” cuando realmente tenía 58.

La expedición salió de Cuiabá hacia Campo do Cavalo Morto** (11° 43″ Sur y 54° 35″ Oeste) rumbo a una Torre de Piedra, monumento de procedencia desconocida que era una especie de tabú para las tribus cercanas ya que según relatos indígenas esta piedra emitía luces extrañas por la noche. Luego se seguiría por el río Xingu y el Araguáia y seguiría por el lecho de este río hasta el Norte 10° latitud Sur, por el pueblo de Santa María de Araguáia desde allí pasarían por el río Tocatins pasando por la ciudad de Pedro Alfonso. El camino quedaría registrado bajo los paralelos 10° 30″ y 11° hasta el terreno alto en los estados de GoiásBahía, luego las montañas entre Bahía y Piauí, siguiendo el río Sâo Francisco hasta Xique-Xique donde tal vez estaría localizada la ciudad del Manuscrito 512. Al menos esta era la ruta prevista.

El 29 de mayo Fawcett envió un telegrama indicando la partida de la expedición hacia el citado Cavalo Morto: sólo irían los tres europeos. También se sabe que los dos jóvenes estaban débiles por problemas intestinales, especialmente Rimmell que además había sido atacado por garrapatas en las piernas y tenía heridas infectadas. A partir de aquí se les pierde por completo la pista y todo son conjeturas.

La conclusión más lógica en un primer momento es pensar que, por muy experto que fuese el coronel, tres europeos agotados en una selva hostil y desconocida tenían todas las papeletas para desaparecer. La selva americana es venenosa, llena de especies animales y vegetales cuyo peligro no está tanto en su porte físico como en África sino en sus defensas químicas. Además, la malaria, el Chagas y otras enfermedades tropicales se ceban sobre los viajeros desprevenidos; y luego están las tribus hostiles que aún hoy día habitan en la región, sin apenas contacto con el hombre blanco: los Kalapalo, los Xavante, los Morçegos. Y también los demás seres simpáticos que Fawcett ya conocía y hacían sonreír con incredulidad a los intelectuales en los salones de Londres: la piraña, el puraque, el surucucú, el candiru, los vampiros, la tarántula apazaúca, las hormigas de fuego. Por no hablar del calor y la falta de papel higiénico.

Pero el coronel era un hombre experimentado que no se lanzaría a una batalla sin tener preparadas sus fuerzas. Jack, por otra parte, era un gigantón de veintitrés años recién cumplidos (su cumpleaños era el 19 de mayo, importante como luego veremos) que había conseguido anteponerse a T. E. Lawrence (sí, Lawrence de Arabia)*** como compañero de Fawcett en esta importante aventura. Y el pobre Raleigh, el peor situado en este viaje, era un muchacho que planeaba ir a Hollywood a triunfar en el cine: básicamente la expedición era un paseo antes de afincarse definitivamente en Los Angeles. ¿Qué había llevado a formar esta extraña compañía, y cómo se tomó la arriesgada decisión de quedarse solos en el infierno verde?

Fawcett había dejado anotado que si la expedición se retrasaba o no volvía, no debía organizarse ninguna partida de rescate ya que probablemente los rescatadores sufrirían el mismo destino que ellos. Esto, que se puede tomar como un matiz de valentía romántica, es también interpretado por algunos como una manera del explorador de borrar pistas detrás suyo. Esta hipótesis se sustenta también en que los porteadores no abandonaron al grupo, sino que -según luego se supo- fueron pagados y despedidos después de partir de Cuiabá. Además, las coordenadas indicadas no parecen corresponder con la ruta que siguieron los exploradores, e incluso el nombre del Campo do Cavalo Morto es ficticio, presuntamente para evitar que los siguieran los cazatesoros: era el sitio donde su caballo murió en la expedición de 1921.

Los rescatadores

En 1928, desoyendo las órdenes de Fawcett, se organizó una expedición de rescate comandada por George Dyott y patrocinada por la prensa, pero resultó un fracaso: Dyott no encontró nada y elaboró la hipótesis de la muerte de Fawcett a manos de los indios Aloique o Kalapalo a partir de una narración del jefe Aloique sobre un contacto que tuvieron con tres caraibas (blancos) dos de ellos jóvenes y enfermos, a los cuales guiaron hacia el río Kuluene y al este; durante cinco días -dijo- se pudo ver el humo de sus fuegos de acampada, y luego nada.

En 1930 Albert de Winton Jones, otro periodista estadounidense, organizó  una nueva expedición: decía haber reconstruido la ruta del coronel. De Winton consiguió información sobre las áreas limítrofes a la selva de los Suyás, una tribu feroz que al parecer custodiaba y al mismo tiempo se mantenía alejada de una torre de piedra de antigua y monolítica factura, rodeada de fenómenos luminosos extraños. Nunca volvió de su viaje, y se le considera muerto desde 1933.

1932: Toca el turno a Stefan Rattin, explorador y cazador suizo que afirmó poseer datos fidedignos de que el coronel Fawcett permanecía con vida en la selva, prisionero de una tribu (los datos aportados estaban llenos de inconsistencias y nadie se fiaba mucho de la historia). La expedición, en la que iba acompañado por el periodista Horacio Fusoni y un grupo de catorce hombres más, partió de Porto Velho en el río Arinos y desapareció sin dejar rastro.

Hacia 1937 hubo tres expediciones más: la primera de ellas no encontró nada. En la segunda, el explorador Willi Aureli dijo que algunos autóctonos Carajá se referían a un gran jefe blanco que vivía con los Xavantes en lo profundo de la selva. En cuanto a la tercera, tengo mis dudas porque toda la información que consigo obtener se reduce a esto:

También el investigador Henry Vernes comenzó a contar que Percy Fawcett estaba vivo y que había decidido vivir lejos de la llamada civilización, al mando de una tribu de indígenas que custodiaban los misterios de una antigua civilización, ya desaparecida.

Ya he comentado alguna vez que cuando un párrafo se repite a lo largo de Internet es porque esconde alguna mentira. De hecho el único Henri Vernes que tiene relación con esto es el novelista belga, creador del aventurero de comic Bob Morane, que precisamente tiene un libro de aventuras llamado Sur la Piste de Fawcett.

En 1951 el antropólogo brasileño Orlando Villas Boas viajó varias veces a la zona del Roncador intentando recorrer el trayecto seguido por el explorador inglés. Tuvo contacto con muchos indígenas y  uno de los ancianos de la tribu, Cuiuli, contó cómo habían asesinado a los tres extranjeros. Según este relato, Fawcett habría sido muy poco amigable con un tal Cavucuira al exigirle, sin éxito, que éste le ofreciera porteadores y canoas para seguir viaje. Cavucuira, enojado, montó una emboscada en la que golpeó al coronel con una piedra en la cabeza. Cuiuli mató a Jack y otro indio se encargó de eliminar a Rimell, echando los dos cuerpos a una laguna mientras que el de Fawcett, más respetable al ser anciano, fue enterrado.

Cuiuli llevó a Vilas Boas hasta la laguna, entre el río Kuluene – cerca de la sierra del Roncador – y su afluente, el Tanguro. En la laguna, Vilas Boas ordenó a sus hombres excavar hasta que encontraron un cráneo y osamentas humanas que, trasladados a Londres, fueron analizados y se descartó que se tratasen del coronel o los dos jóvenes.

1996: Un empresario de Brasil (James Lynch) y un explorador (Renée Delmotte) se adentraron en la selva del Roncador, pero doce de los 16 participantes de la expedición fueron tomados prisioneros por los nativos Kalapalos y perdieron equipo valorado en treinta mil dólares, en concepto de rescate.

1998: El explorador inglés Benedict Allen logró entrar en el territorio de los Kalapalos y entrevistar a un anciano indígena llamado Vajuvi. El nativo desmintió categóricamente que hombres de su tribu hubieran matado a Fawcett y sostuvo que los huesos encontrados por Villas Boas no pertenecían al aventurero inglés. Y en  2005, el escritor David Grann visitó la tribu Kalapalos y se le aseguró que, según las tradiciones orales de la zona, Fawcett pasó algunos días en el pueblo, pero luego se dirigió al este, a una zona considerada peligrosa y habitada por autóctonos belicosos. Todo coincide con la narración de 1928; por lo visto, en el fondo estos Kalapalos son buenos chicos. Entonces, ¿dónde acabaron los tres ingleses, las ocho mulas y los dos perros?

Las hipótesis

Como hemos visto hasta ahora, hay una posibilidad básica que es la siguiente: por muy experimentado que fuese Fawcett, un viejo y dos jóvenes inexpertos y enfermos, solos en una jungla hostil e inexplorada, tienen muchas posibilidades de perecer de mil maneras distintas sin dejar rastro. Lo que en cierta forma contradice este planteamiento es que implica subestimar por completo a un explorador como era el coronel. Y plantea el enigma: ¿por qué se buscó tan endeble compañía? ¿por qué descartó a los guías y porteadores nativos?

Aquí entra otra de las hipótesis: la mística. Aparte de su convencimiento en la historia atlante, medium incluida, Fawcett contaba con otra baza: su hijo Jack. Jack había nacido en Ceylán el mismo día que Buda, 19 de mayo, y era considerado especial por su padre: los videntes y teósofos que lo rodeaban le habían asegurado que era la encarnación de un espíritu avanzado (de hecho habían predicho la fecha del nacimiento, así como un lunar en su pie derecho). Al volver del hospital en Colombo, se cuenta que había multitudes aclamando al recién nacido, y según papá Fawcett “una característica notable en el niño, no compartida por su hermano o hermana, son sus ojos ligeramente oblicuos.” Probablemente esto explicaría un cierto trato preferencial que daría como resultado que Brian, el otro hermano, se resintiera con su padre -lo bastante para que, según algunos, ocultara información relevante sobre la misión; lo cierto es que hizo mucho por preservar su memoria tal como la conocemos ahora-. Otra consecuencia de este trato especial es que Jack fuese un poco capullo, según se cuenta.

Si Fawcett creía que la ciudad Z era en realidad una puerta al mundo subterráneo -Akakor, Agharti, el Reino Secreto, por decirlo de forma resumida: un “intramundo” donde una civilización muy avanzada vive hace miles de años interactuando de forma solapada con el devenir de nuestro mundo- y la estatuilla una llave de acceso, también pensaba que Jack era parte de la clave. De hecho se ha rumoreado que el plan primario consistía en buscar un emplazamiento para una especie de “comuna teosófica” en la que vivir de acuerdo a los principios de esta escuela de pensamiento, con Jack como líder espiritual. La zona de la Serra do Roncador y sus profundas cavernas y  la Lagoa Santa, que ya tenía tradición de ser un sitio sagrado entre los indios, pudo er el sitio escogido. Pero en este caso ¿por qué no volvieron? y ¿por qué no llevaron consigo más gente, por ejemplo manteniendo un campamento base mientras ellos encontraban el emplazamiento final?

Obviamente hay que separar el grano de la paja, y hay mucha paja en esta historia. Pero ya se trate de una muerte trivial en la selva o de algo sobrenatural que implique brujos atlantes y budas reencarnados, la aventura de estos ingleses resulta fascinante así como la región en la que transcurre. No me cabe duda de que con el tiempo se descubrirán restos -tal vez no tan espectaculares como los que soñó el coronel- que confirmen la existencia de una cultura pan-americana relativamente avanzada en la gran selva amazónica.

* Una anaconda grande mide sobre los siete metros y medio.

** por lo visto este nombre es ficticio.

*** Ned se salvó así de desaparecer en la selva, pero los siguientes diez años fueron bastante deprimentes y al final murió en un estúpido accidente de moto. ¡Quién sabe la que se habría montado con los dos aventureros juntos!

La posición geográfica de la Chapada Cristalina, donde Fawcett calculaba que se ubicaba la ciudad del Manuscrito 512.

La transcripción anotada del manuscrito 512 (pdf en portugués) y el escaneo de sus páginas en Wikimedia.

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