Una duda que tengo  -de esas imposibles de probar y por ello más frustrantes- es si Ian Fleming al definir a su James Bond Al Servicio de Su Majestad 007 conocía al primigenio usuario del código doble cero-siete, también servidor de la Reina Elizabeth I y casi, casi agente de Inteligencia: John Dee (1527-1609). Puede ser pura casualidad, pero Dee firmaba algunos de sus escritos a la Reina con la clave de identificación 007 que en realidad era un dibujo estilizado de unas gafas (Dee era Los ojos de Su Majestad).

Este estudioso del Renacimiento inglés, bibliófilo, viajero, filósofo, científico (oh épocas en que se podía ser experto en todo!) apasionado de la astrología, criptografía, óptica, matemáticas, mecánica y navegación, tuvo la suerte de hacer amistades cercanas a la Corona y conseguir el puesto de tutor del rey Edward VI. Esto le dio una aceptable tranquilidad económica, tiempo para dedicarse a sus investigaciones (suspiro!) y la amistad con la joven princesa Elizabeth.

Sus viajes de exploración a bordo de las naves de Sir Walther Raleigh o Martin Frobisher le sirvieron no solamente como avanzadillas comerciales sino también para descubrir la diferencia entre el polo magnético y geográfico, o dar por buena la novedosa hipótesis heliocéntrica de Copérnico. Su colección de más de 4.000 libros sentaría las bases de la British Library. En suma, un intelectual de alto nivel y muy respetuoso… con una faceta marginal.

Antes de cumplir los 40 publicó en Amberes su Monas Hieroglyphica, un tratado de alquimia y magia natural dedicado a sus pupilos la reina Elizabeth y el emperador Maximilian II. Y es que en aquellos tiempos la magia era hermana de la ciencia, y ambas podían ser usadas para modificar los destinos de las naciones.

Dee trabajaba con “scryers” una especie de mediums capaces de contactar con entidades sobrenaturales a las que denominaron ángeles. Uno de estos scryers, Edward Kelley, fue especialmente importante: Kelley era capaz, mediante el uso de cristales, de vislumbrar alfabetos extraños, ver imágenes e incluso oír voces (también usaba un espejo de obsidiana negra, de origen azteca, que se conserva en el British Museum). En un precipitado viaje a través de Europa, viviendo en las cortes de Rodolfo II de Praga y otros gobernantes que deseaban ver sus logros en alquimia, estos dos personajes publicaron el alfabeto enoquiano -supuesta lengua de los ángeles– y transcribieron muchas de las “conversaciones” de Kelley directamente al servicio secreto de Elizabeth liderado por Francis Walsingham en aquellos tiempos. Visto con retrospectiva, poca duda cabe que aquellos diálogos angélicos eran comunicaciones cifradas sobre información captada a lo largo de sus visitas a la corte! En Amberes el buen doctor había descubierto años atrás la Steganographia de Trithemius. Pocos meses antes del asunto de la Armada Invencible Dee regresaría a Inglaterra: ¿tendría algo que ver con la derrota española? ¡Secreto!

Sello mágico de Ameth, por DeePero Dee no sólo era un buen espía: su divisa “nada es útil si no es honesto” , su inteligencia, sus convicciones morales y filosóficas extrañamente modernas (por ejemplo pensaba en que algún día la tolerancia llevaría a una “fe unificada” que reconciliaría todos los cismas; estamos hablando de una época en que te asaban vivo si sospechaban que eras rarito/a*) hacen que nos planteemos hasta qué punto se tragaba las historias de Kelley. Y un estudioso de las ciencias mágicas no profanaría sus conocimientos usándolos como tapadera para una maniobra de espionaje; aquí hay algo más, algo que lamentablemente Dee y sus amigos guardaron demasiado bien.

El doctor Dee volverá a asomar pronto por este blog.

* me refiero a brujería y otras fringe sciences, véase Giordano Bruno. No tema sexual, aunque también les daban caña.