Amanece…

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Es el pantano de Zahara de la Sierra, bonito pueblo gaditano en el que aparecí esa mañana. Tiene una iglesia del siglo XVIII, un castillo medieval, y unas cuestas que te quitan el aliento.

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En la carretera que va de Zahara a Grazalema, a los pocos kilómetros te encuentras el primer sendero: la Garganta Verde, excavada por el arroyo del Pinar en terreno calizo.  Los riscos de 200 metros albergan cantidad de aves, entre ellas buitres leonados, que pueden verse mientras se acerca uno campo través a lo que es el descenso a la garganta en sí. Hay un cambio radical en la vegetación -arriba, de sierra, reseca y pinchuda; abajo, verde brillante y húmeda- y la bajada es sencilla. El fondo está formado por el lecho del arroyo, seco y transitable en verano; allí, en la umbría, habitan arañas, murciélagos y palomas. La verdad es que el sitio es fresco y acogedor, si tienes alas o eres Spiderman. Si no…

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Y es que por encima las paredes se cierran mucho, con lo cual el borde superior del risco es una cornisa disimulada por la vegetación que confunde a animales incautos los cuales acaban estrellados en el fondo, para delicia de muchos carroñeros eventuales (no sólo buitres).

Al cabo de un trecho se llega al final del sendero practicable, que es la oquedad kárstica conocida como la Cueva de la Ermita. Esta caverna abierta, llena de goteras, es un espacio impresionante por el sonido continuo de las palomas que llena el por otra parte imperturbable silencio.

Lo mío no es el vídeo, así que esto hay que verlo como un complemento audiovisual, afortunadamente breve. Se verá mejor dándole a “ver en Youtube”:

Es curiosa la cabeza de Cthulhu en un nicho en la pared, que me recordó ciertos relieves funerarios que vi en la ciudad muerta de Petra. Sólo que este objeto tiene millones de años… y no fue labrado por manos humanas  😯 . Parece una columna estalagmítica rota que hubiera empezado a recomponerse; ahora, ya fuera de la caverna y expuesta a la erosión del arroyo, ya no puede acabar de formarse. En cambio en la parte techada de la cueva hay abundantes goteras que siguen creando estalactitas y estalagmitas.

Después de la Cueva, el cauce hace un giro y tras unos cien metros toma pendiente, por lo cual el paseo a pie está descartado. De todas formas, quise asomarme a ver si realmente era tan así, cuando me topé con no sé qué cabras negras… humedad y silencio… umm, mejor dar la vuelta.

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Siguiente! Otro lugar curioso, el Pinsapar. Esto es un bosque de pinsapos (Abies pinsapo) una gimnosperma casi extinta: los escasos reductos que quedan en España y norte de África son reliquias de lo que fueron los bosques de coníferas del Terciario. Pues aquí, entre sierra y sierra, hay un enorme bosque de estos abetos-pino. La ruta parte de un aparcamiento/merendero un poquito más adelante en la misma carretera y se adentra en la sierra.

Una anotación: la clasificación de la dificultad de los senderos por parte de la Junta parece centrarse en la distancia. La ruta del pinsapar es media-alta, cuando en realidad es muy fácil; pero son 12 kilómetros de ida-vuelta, una parte de los cuales de ascenso relativamente fuerte. Sin embargo, otras rutas marcadas como “fáciles” representan una hora de marcha por terreno empinado y pedregoso. Cuidado con eso!

Habréis notado esa especie de guantes de francotirador o ciclista que llevo en los dibujos. No son un complemento de cosplay: son elásticos y ajustados (spandex) con refuerzos de goma y gel en palmas y nudillos, y los dedos libres para el tacto. Siempre me los pongo… excepto el día antes de esta foto. Fijaos.

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Un par de heriditas de éstas (espinas de cardo o zarzas, piedras afiladas, maderas puntiagudas) y ya tienes la mano medio estúpida para todo el viaje. Y hay caminos que, por empinados o difíciles, necesitan recuperar nuestro viejo método cuadrumano de locomoción. A un mono -con los dedos como morcillas- no le importará mucho una pupita, pero yo tengo que lidiar con equipo de precisión y no es cosa de tontear.

Debe ser un sendero encantador en primavera o invierno, pero en verano es un horno. Por eso cuando vi el cartel “Pozo de Nieve” se me estremeció el espinazo. Ya me imaginaba refocilándome en un montón de nieve blanca haciendo angelitos, pero resulta que el pozo era esto:

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Se usaba antes de las neveras. En invierno lo llenaban de nieve, la apretaban entre capas de vegetación para conservarla mejor, y en las noches de verano la recogían con burros para hacer helados y conservar la comida. Interesante! Para consolarme eché un trago de agua caliente de mi botella (suspiro).

Al menos, en el bosque hacía sombra. Pero estaban plagados de moscas que, buscando la humedad del cuerpo, te rodean en enjambres. Recordé la recomendación de la FAO de comer insectos, pero no tenía pan para empujar así que cerré la boca.

La ruta indica que acaba en un pueblo llamado Benamahoma. Yo no llegué hasta allí, porque tenía que volver y coger el coche e ir a Benamahoma. Es un pequeño pueblo blanco, con un manantial, varias fuentes de rica agua dulce y un par de supermercados. Hay otra ruta que se supone que acaba en Benamahoma, la del Arroyo del Descansadero: es mentira, termina en la carretera a casi 3 km. del pueblo. La “ruta” en realidad es un camino paralelo a una acequia y a la carretera, pero la fuentecilla de agua helada -no sé si potable- que hay al final hace que el breve paseo merezca la pena.

Una paradita en Grazalema para reponer fuerzas… es un pueblo encantador, pero tal vez se han tomado demasiado en serio lo de pueblos blancos. La homogeneización del diseño arquitectónico -todo cal, teja, balcones iguales- se ve un pelín artificial, tanto desde lejos como desde dentro. Esa sensación se olvida cuando se mete uno en el bullicio de la gente y sobre todo en las callejas de bares y tiendas que hay detrás de la plaza de la iglesia. Tengo que volver en invierno a probar las tagarninas -especie de cardo amarillo que se come- y ver aquello sin estar necesitando una ducha cada cinco minutos.

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 más fotos de todo esto en mi Flickr y en la Galería (desparramadas por las categorías)