Dee-bookHabíamos quedado en las leyendas esquimales -posiblemente memorias milenarias de esta gente- que relataban la convivencia con un pueblo no muy diferente a ellos mismos, el cual acabó desapareciendo con tres posibles destinos: la extinción, las extensiones heladas del Polo Norte, o la región espiritual conocida como Qaumaneq: una especie de mundo paralelo del cual sólo los brujos pueden dar testimonio accediendo a él con el llamado “resplandor”.

Avancemos un poco en el tiempo. En la Inglaterra isabelina, el consejero imperial, mago y científico John Dee recomienda a su reina enviar expediciones a las regiones polares. La justificación de Dee era intentar demostrar la presencia de expediciones previas por parte del mismísimo Rey Arturo y así confirmar que todo el Norte de América, incluídas las regiones polares (y el propio paso del Noroeste hacia el océano Pacífico) eran parte legítima del Imperio Británico. Por supuesto, esta era la golosina para la Reina: seguramente Dee tenía otras motivaciones para acceder a estas regiones. Como él mismo escribe en sus Brytanici Imperii Limites (1578): “Great Mountains surrounded the North pole in which there were cities in King Arthur’s time.

Mar de Hielo o El naufragio del Hope (Caspar David Friedrich, 1774–1840)

Grandes montañas y ciudades de otros tiempos. Esto no parece compatible con el concepto de un mar abierto en el mismo Polo, pero ¿quién sabe en qué pensaba realmente Dee cuando hablaba de que allí estaba el paso a otra región del mundo? El caso es que se enviaron varias expediciones muy fructíferas en el campo geográfico, pero ninguna descubrió el dichoso paso del Noroeste. Estas avanzadillas imperiales (Gilbert, Frobisher, Davis) se acabaron en 1578 con la guerra hispano-inglesa.

Durante los siglos XVII y XVIII hubo otras exploraciones árticas por parte de viajeros de todo el mundo (Vancouver, Bering, Cook, Malaspina) y la cartografía circumpolar fue definiéndose mejor: bahías, estrechos, pasos, aquello dejaba de ser terra incognita. Por otra parte, la tecnología naval era cada vez más sofisticada; las torpes naves de combate usadas originalmente para expediciones fueron sustituidas por gráciles veleros de exploración, aunque seguían estando poco preparados para los hielos polares. Por ejemplo, una costumbre de la Royal Navy en sus expediciones era llegar con el barco hasta donde pudieran, dejando que los hielos del invierno lo encerraran para pasar así la estación fría y seguir adelante en el deshielo. Esto era una propuesta arriesgada, ya que la corteza helada no siempre permanece estable y muchas naves fueron estrujadas como limones obligando a los expedicionarios a volver a pie.

Los buques Erebus y Terror durante su viaje antártico.

Y llegamos a la expedición de Sir John Franklin en busca del paso del Noroeste en 1847. Franklin, al mando de los buques de siniestro nombre Terror y Erebus*, tenía órdenes de pasar tres inviernos en el la zona ártica para realizar su objetivo. Se trataba de una de las expediciones polares más ambiciosas armadas por el gobierno inglés -129 tripulantes, entre marineros y oficiales, en dos naves sólidas y modernas, que ya habían estado en aguas antárticas bajo el mando de James Ross. Los barcos, dotados de motores a vapor, incluían refuerzos hechos con vigas arqueadas y placas de hierro y un dispositivo interno de calefacción por vapor. Además, las hélices llevaban protecciones de hierro para evitar que se dañaran con el hielo, cada barco llevaba una biblioteca con más de 1.000 volúmenes y provisiones para tres años, tanto conservas tradicionales como en el sistema más moderno de conservación en latas.

La expedición zarpó la mañana del 19 de mayo de 1845. Al llegar a la costa de Groenlandia ultimaron sus preparativos: cinco miembros de la tripulación se dieron de baja, se enviaron correos y se embarcaron los últimos suministros de provisiones frescas. La última vez que fue vista la expedición fue a principios de agosto, cuando el capitán Dannett del Prince of Wales y el capitán Robert Martin del  Enterprise encontraron al Erebus y al Terror en la bahía de Baffin.

Todavía no está claro qué sucedió después. Tras dos años sin tener noticias de la expedición, el Almirantazgo envió varios buques de socorro cuyos capitanes barrieron las islas del norte sin resultados. Se ofreció una recompensa de 20.000 libras, pero hasta 1850 no hubo pistas. Ese año se encontraron las tumbas de tres tripulantes en la isla Beechey, en el Ártico canadiense, pero no había mensajes o información suplementaria.

En 1854 John Rae -explorando la Península Boothia para la Compañía de la Bahía de Hudson-  encontró un inuit cerca de Pelly Bay, el 21 de abril de 1854, quien le dijo que un grupo de treinta y cinco o cuarenta qallunaat (blancos) habían muerto de hambre cerca de la desembocadura del río Back. Otros inuit le confirmaron esa historia, que hablaba también de casos de canibalismo, contaron que los supervivientes se comían a los fallecidos. Los inuit le enseñaron a Rae muchos objetos que fueron identificados como pertenecientes a Franklin y sus hombres. A todo esto, el Almirantazgo dio por cancelada la búsqueda y fallecidos a los miembros de la tripulación.

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Uno de los descubrimientos de las expediciones de 1850.

Entre 1855 y 1859, se hallaron más pruebas de que las naves habían invernado en la isla Beechey en 1846 y pasado el siguiente invierno en los hielos de la isla del Rey Guillermo, pero que en 1848 habían quedado aprisionadas por los hielos y la tripulación abandonado ambos buques el 22 de abril. También fueron apareciendo restos de la tripulación: tumbas, campamentos y objetos varios que confirmaban irrefutablemente lo anterior; es decir, que tras abandonar las naves los hombres erraron por los hielos cayendo poco a poco a causa del hambre y las enfermedades.

Ahora bien, se encuentra por internet frecuentemente un texto, copiado y pegado mil veces, que pertenece al investigador de lo extraño Scott Corrales y dice así (las negritas son mías):

Las información recibida de los inuit (esquimales) resultaba curiosa y confusa: algunos relatos mencionaban una contienda armada entre los kaploonas (hombres blancos) y una tribu de seres violentos. Otros Inuit señalaban que había un buque hundido en una de las bahías de las islas polares–buque que había sido abordado por nativos curiosos y en donde hicieron un descubrimiento espeluznante: señas de un combate feroz y el cadáver de un “gigante con colmillos largos” cuyo gran peso requirió el esfuerzo de cinco esquimales para moverlo. Estos datos confusos no fueron del agrado de las autoridades en Londres. (…) Casi un lustro después de que la expedición Franklin franqueara la bahía de Baffin para entrar a la historia del misterio, se descubrieron cádaveres de los miembros de la expedición -cadáveres que habían sido mutilados de forma extraña, algunos de ellos con las manos cortadas, el corazón extraído, y agujeros en el cráneo por donde se había substraído el cerebro. Los restos de los tripulantes fueron exhumados nuevamente en la década de los ’80 por científicos que detectaron señales de canibalismo en los huesos. El canibalismo entre exploradores extraviados no resulta sorprendente, pero ¿hay algo más? Algunos tripulantes de los buques perdidos fueron vistos por los esquimales, presentando barrigas hinchadas y labios y lenguas ennegrecidas. Los investigadores que han abordado la desparación de Franklin han dicho que los pocos sobrevivientes tenían los labios negros por la sangre coagulada de sus festines caníbales, pero el autor Jeffrey Blair Latta opina lo contrario: los vientres hinchados y labios negros son señas inequívocas de la exposición a fuentes radiactivas intensas. (…). Los datos recabados por los europeos indican que los buques de Franklin “pasaron de nuestra tierra a Omanek”.

latasBien, la parte en negrita es la que no he podido comprobar con datos externos -es decir, que no sean meras repeticiones de lo escrito por Corrales. La parte del canibalismo, observada en 1855 y verificada en 1981-1992, es justificable por las circunstancias y no requiere la intervención de caníbales peludos: además, se descubrió en los restos un importante envenenamiento por plomo. Parece que el pedido de latas de conserva para los tres años de la expedición polar se hizo de prisa y corriendo, y en 1840 las técnicas de enlatado estaban aún en pañales: el sellado de las latas se hacía con plomo, que además se derramó en el interior. El saturnismo provoca daños neurológicos: irritabilidad, insomnio, déficit de memoria… unamos esto a la situación de los náufragos y al entorno terrible de las soledades polares y tenemos un cuadro propio de una película de miedo. Por otra parte, estos análisis sobre los restos bien conservados (que también refieren daños sintomáticos de escorbuto, neumonía y tuberculosis) en ningún momento hablan de trazas o alteraciones debidas a radiación, con lo cual se puede descartar la hipótesis de Blair.

Otro detalle: entre los inuit, Omanek (Umana/Ommanak) es también la denominación geográfica varios sitios: unas islas al sur de Home Bay, las islas Saunders, la isla Wolstenholme, la isla Taylor… por supuesto, todos estos sitios fueron explorados en busca de los restos de las dos naves. No estaban ahí.

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Calaveras de miembros de la expedición Franklin descubiertos por William Skinner y Paddy Gibson

Lo de la contienda entre la tripulación y nativos agresivos parece provenir del testimonio fragmentario y mal traducido de dos contactos con esquimales en 1850 (un tal Adam Beck y también Parker Snow, del Prince Albert) pero en ningún momento se alude a gigantes colmilludos. Y el testimonio de una partida de nativos que descubrió una nave encallada, describe el naufragio como recientemente abandonado: aún había latas de carne y provisiones dentro, donde hallaron hombres muertos en sus literas y en un camarote cerrado el cuerpo de “un gigantesco qallunaat, de grandes dientes(nótese la distinción entre esto -que es identificado inmediatamente como un blanco- y un monstruo colmilludo) que dejaron en su sitio. Del barco se alejaban las huellas de cuatro qallunaat y un perro. El misterio aquí es: ¿por qué se alejaron teniendo provisiones? Lástima no tener acceso a ese naufragio ahora…

Otro evento misterioso descrito por los esquimales es el de los MIB. Un cazador hizo frecuentes visitas a un barco encallado en los hielos; el capitán era siempre amable pero en la tercera visita el inuit fue rodeado por un grupo de hombres que tenían “caras negras y nariz muy corta, manos negras, trajes negros… eran enteramente negros“. Ese contacto le aterrorizó tanto que no volvió por allí. La explicación puede ser tan simple como que la tripulación de aquellos barcos ya llevaban equipos para protegerse del frío incluyendo pasamontañas casi idénticos a los actuales.

De momento el misterio de la expedición perdida sigue en pie, y aún hay expediciones cada cierto tiempo en busca de pistas. Lamentablemente la teoría que se insinúa en el texto de Corrales -es decir, que la nave atravesó un paso dimensional al mundo de Qaumaneq, donde la tripulación se expuso a elevadas dosis de radiación y al ataque de furiosos toonijuk (=tunnit mutantes?) consiguiendo algunos de ellos volver a la Tierra tan sólo para morir de  asco por el camino- no tiene pinta de ser la respuesta. Pero hay unos cuantos huecos y cabos sueltos en la historia oficial, la que cuenta una triste historia de imprevisión, tragedia y resistencia inútil, que quedan por descubrir… y quién sabe…

 

John Dee, King Arthur, and the Conquest of the Arctic (Thomas Green – Institute of Archaeology, University of Oxford)

Relato más detallado de la odisea del Erebus y el Terror en Wikipedia.

Unravelling the Franklin Mystery: Inuit Testimony  (David C. Woodman)

* Erebus es un dios griego que representa la oscuridad, pero aquí se refiere a los dos volcanes antárticos que hay en la Tierra de Ross y fueron objetivo de la primera expedición de estos barcos.

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