Este sueño lo tuve esta mañana justo antes de despertarme y por ello lo recuerdo tan claro. No es el típico sueño de revoltillo, así que dejaré constancia de él aquí como es costumbre. Es inconcluso, vago y lleno de lagunas, como corresponde a un evento onírico.

“La anécdota la narraba un oficial de la Union Army  y ocurrió durante la Guerra de Secesión norteamericana, en 1865.

El citado oficial, al frente de un pelotón de fusileros emplazados en (…) estaba pasando revista cuando de pronto uno de los soldados, al pasar por delante suyo, le miró fijamente y exclamó:

-¡719!

El oficial se quedó observando al recluta, que no parecía manifestar insolencia o burla, sino que estaba en un estado similar al trance con los músculos faciales relajados y los ojos abiertos de par en par sin pestañear.

– ¿A qué se refiere, soldado?

-¡719! -repitió el otro.

– Sabe usted bien, hijo, que el 719 es el número del Infierno. ¿Puede explicarme a qué viene esto?

– 436.

(…) El oficial se acercó al mueble, del cual pudo rescatar, efectivamente, dos pantalones vaqueros y una camisa usados pero en buen estado, que habían desaparecido tiempo atrás y a los que ya daba por perdidos.”

Esto era en parte representado y en parte leído en un texto cuya ilustración de cabecera era una fotografía en blanco y negro, de los años ’70, de una mujer que miraba con ojos desorbitados. La cifra 719 estaba bien clara, pero el 436 es más vago. Era cuatrocientos y pico.

Nunca me interesó un pepino la Guerra Civil americana (la fecha encaja por pura casualidad) y la única alusión cercana que puede haber desencadenado este sueño perturbador y siniestro es la narración de Ambrose Bierce An Occurrence at Owl Creek Bridge, cuya versión televisiva en Twilight Zone vi hace unos cuantos meses.