Anoche tuve un sueño muy curioso, por su complejidad y detalle. Daba para una historia, así que voy a escribirlo antes que se me olvide…

(Normalmente los sueños son difusos, genéricos. Este empezaba con) tres personas montadas en un diminuto tren eléctrico montado sobre raíles portátiles, avanzando por un pasillo estrecho y tenuemente iluminado. El pasillo, de paredes en tonos crema y detalles marrones, estaba deteriorado y sucio. Pertenecía a las cubiertas inferiores de una nave estelar; la estética era muy  Star Trek, pero la nave tenía que ser mucho más vasta que el Enterprise-D. Estas cubiertas estaban abandonadas desde hacía mucho tiempo, y su destino era el desguace: el trenecito eléctrico era un transporte portátil tendido para dar acceso rápido desde el núcleo habitado de la nave a los operarios, y por lo visto yo era uno de ellos.

Cuando bajamos del vehículo el conductor cambió su asiento invirtiendo el sentido del habitáculo, y tras despedirse puso en marcha el aparato que se alejó pasillo arriba con un silbido. El tendido de raíles acababa allí: más adelante el pasillo estaba revestido de una moqueta oscura, y la iluminación -defectuosa en algunos puntos- hacía obvio el lastimoso deterioro que el tiempo había provocado. La construcción tenía más de trescientos años, y sus días de gloria eran ya lejanos. Pintadas y marcas de incendios marcaban los sitios donde ocupantes no oficiales del lugar habían vivido -por lo visto de manera bastante confortable- antes de haberlo dejado a su vez, y todo el interior mostraba signos de un abandono despreocupado o tal vez repentino. A ambos lados del pasillo se abrían puertas de habitáculos, algunas cerradas, otras oscuras como boca de lobo, y otras más iluminadas como si sus habitantes siguieran ocupándolas al día de hoy en lugar de ser polvo y recuerdos. El aire era opresivo y estancado, y apestaba a humedad y fuego eléctrico: varios mamparos y plafones estaban arrancados, pero curiosamente no había basura por el suelo.

Los habitáculos, a pesar de estar dispuestos en aquel pasillo como los camarotes de un barco, parecían más bien pequeños apartamentos: saloncitos, cocinas, dormitorios muy luminosos totalmente equipados. En uno de los dormitorios pude abrir el ropero: prendas llenas de polvo colgaban dentro, de una confección vaga de la cual sólo recuerdo una cazadora negra de cuero con refuerzos acolchados y cierres como grandes botones. En una cajita a su lado había varias condecoraciones que pude identificar, aunque esos recuerdos no tienen sentido ahora.

Dejé todo aquello ante la llamada de mi compañero, porque teníamos trabajo que hacer: un hombre de unos cincuenta años estaba junto a él, vestido con una bata gruesa y descorchando una botella de vino tinto. No era una persona -los recuerdos estaban en mi sueño como si fuese la segunda parte de otro sueño anterior- sino un autómata, un holograma. Esta parte es más difusa, pero por lo visto el holograma era más complejo que las típicas proyecciones tridimensionales, ya que podía manipular objetos físicos y desplazarse libremente. Con la botella y dos copas se dirigió a un salón que simulaba una terraza en alguna gran ciudad: la misma ingeniosa tecnología convertía dos de las paredes en un balcón que se abría a vastos cañones de edificios unidos por pasarelas, dorados por el sol poniente. La perspectiva variaba a medida que se movía uno, y la luz del ocaso inundaba el resto del camarote con un realismo sorprendente. El hombre se sentó junto a una mesa de metal blanco, colocó las dos copas y arregló distraídamente una rosa que estaba dispuesta en el centro de la mesa, en otra copa llena de arena: obviamente un centro de mesa improvisado pero bonito.

Supe cuál era la historia de este droide. Creado para cuidar de una mujer enferma, el sistema fue fiel a su memoria durante años. Cuando la anciana señora tuvo que ser hospitalizada unos cuantos años más tarde, la proyección siguió arreglando la vivienda esperando su regreso; el día en que recibiría el alta era precisamente hoy, y las funciones del droide recrearon una escena festiva para celebrarlo.

Sólo que la anciana nunca abandonó el hospital. El sistema de la vivienda fue cancelado, el camarote precintado, y el holograma -estropeado por el corte repentino pero, por alguna extraña razón, todavía operativo-  siguió representando la escena de aquel día. Y cada veinticuatro horas estándar, el reloj del sistema volvía a cero; aquel droide llevaba cincuenta y tantos años descorchando vino, arreglando una rosa, contemplando la puesta de sol artificial.

Pero pronto las cubiertas que albergaban aquel camarote serían desmanteladas: le energía y el soporte vital se cancelarían a medianoche, y en cuestión de días el zumbido de los operarios cortando y desatornillando daría paso a la noche pura del espacio. La ceremonia del vino no sólo carecería de sentido, sino de lugar.

Nuestra tarea, sin embargo, no era ingrata: no veníamos a jubilar al droide, sino a reparar su reloj interno. El sueño se acabaría, pero no su consciencia sintética ni los recuerdos embebidos del ama. Tal vez conseguiría una ocupación en las nuevas cubiertas superiores, o se haría ciudadano independiente; esto ya no era asunto nuestro. Empezamos a trabajar… (y aquí se acabó el sueño).

Queda claro que hay un montón de grietas en el esquema: ¿Por qué había energía en aquellos niveles abandonados? ¿Quién había informado de la presencia del holograma? ¿Cómo es que nadie saqueaba aquellas habitaciones muertas y condenadas? Pero el sueño en conjunto estaba tan dotado de detalles (texturas, olores, colores)… y la historia dramática del holograma esperando eternamente -parte Hachiko, parte Día de la Marmota- me parece tan interesante que no podía dejar de escribirla antes de que se disuelva en la niebla del olvido. ¡Lamento el rollazo!

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