Brontosaurio¿Quién no recuerda de su infancia al enorme brontosaurio, ese saurópodo de larga cola y cuello e inmensas chuletas, favoritas de Pedro Picapiedra? Este dinosaurio jurásico – durante mucho tiempo el animal terrestre más grande conocido- era de los más populares hace treinta o cuarenta años, junto con el triceratops y el tiranosaurio, estos últimos algo más jóvenes (del Cretácico).

Actualmente, hay tantas especies curiosas y bien conocidas que el tema de los favoritos se ha diluido un poco; pero el brontosaurio fue de los primeros gigantes desenterrados por los científicos. Precisamente hubo un triste conflicto por la fama, la “batalla de los huesos” entre dos paleontólogos americanos del siglo XIX, Richard Owen y Othniel Charles Marsh. A mediados de ese siglo, el descubrimiento de la riqueza fosilífera en América del Norte había disparado las excavaciones y el tráfico de piezas.

Othniel Charles MarshMarsh, estudiante de Yale y heredero de un patrimonio millonario (de un tal Peabody, familia de la cual en el futuro surgiría la banca J.P. Morgan), se dedicaba al estudio de los fósiles con la implacable determinación de un financiero. Fue el primer catedrático de paleontología de USA y el fundador del Museo Peabody de Ciencias Naturales cuyos fondos enriqueció con su fortuna, comprando por toneladas en yacimientos de Europa y Norteamérica. Tenía amistades por todos sitios, desde Buffalo Bill, la Union Pacific Railway y los militares, hasta los indios sioux (que al principio lo odiaban precisamente por sus otras amistades, pero al final lo reconocieron como aliado llamándolo el wiscasa-pahu-huhu, “hombre que desentierra huesos”).

Edward Drinker CopeEl gran problema de Marsh es que pretendía tener el monopolio de la paleontología norteamericana, y veía a sus colegas como adversarios a los que derrotar. ¿Cómo se derrota a un paleontólogo? Con hallazgos mejores, o quitándole los suyos. Por ejemplo, cuando Edward Drinker Cope -otro afamado sabio- descubrió los restos de un animal del Terciario parecido a un rinoceronte al que llamó Loxolophodon y telegrafió su descubrimiento a Yale, el telegrafista del pueblo se lió y envió un nombre indescriptible. Marsh, más espabilado, buscó un nombre fácil para su ejemplar: Dinoceras (también llegó mal transcrito como Tinoceras) y ganó la carrera. Por cierto, el animal había sido descubierto antes por Joseph Leidy, un científico menos famoso que estos dos, del cual pasaron ampliamente. Este desprecio, no obstante, ha quedado corregido y ahora Uintatherium es el nombre oficial del Loxolophodon/Dinoceras/Tinoceras. La justicia llega al fin.

El estudio de Cope en el año de su muerte: lleno de cajas con fósiles, ejemplares biológicos conservados en alcohol y libros.

El estudio de Cope en 1897: lleno de cajas con fósiles, ejemplares biológicos conservados en alcohol y libros.

Pero la batalla entre Cope y Marsh no había hecho más que empezar: El primero, un coleccionista privado cuya fortuna había desaparecido a consecuencia de desafortunadas inversiones y su afán por adquirir ejemplares; el otro, un casi omnipotente millonario con contactos en el Estado, las instituciones, un título oficial de renombre y un servicio de agentes dispersos por todo el país a la búsqueda de hallazgos… Después de muchas jugadas infames, la que remató a ambos fue un intento de Marsh de expropiar toda la colección de Cope en nombre del Gobierno (representado por él). La serie de demandas judiciales que siguieron acabaron siendo un escándalo público, y la opinión pública se puso en contra de Marsh. En 1897 Cope murió aferrado aún a su colección de huesos. Marsh tuvo que dimitir, y prácticamente privado de su fortuna, sólo sobrevivió a su rival un par de años. Su sucesor en Yale no fue uno de sus seguidores, sino el único discípulo que le quedaba a Cope: Henry Fairfield Osborn.

Dentro de la “batalla de los huesos” las prisas eran importantes: un nuevo monstruo, más grande o extraño que el anterior, atraía a la prensa y garantizaba fortuna y gloria. Por ello ambos sabios se apuraban en bautizar nuevas especies, muchas veces metiendo la pata. Cope puso el cráneo de Elasmosaurus (un plesiosaurio) en el lado contrario de su reconstrucción del esqueleto, es decir en la cola; y Marsh, después de descubrir al gran Apatosaurus (reptil engañoso), nombró a otro saurópodo aún más descomunal como Brontosaurus (reptil del trueno). Cinco años después de la muerte de Marsh se concluyó que el segundo fósil era simplemente una versión adulta de Apatosaurus, con lo cual y según las reglas de la nomenclatura linneana el primero tenía prioridad. Así pues, Brontosaurus excelsus quedó como un sinónimo incorrecto de Apatosaurus ajax, aunque hasta 1974 se siguió usando este nombre tan popular.

Ahora, un estudio de casi 300 páginas realizado por Emanuel Tschopp, un paleontólogo de vertebrados en la Universidad Nueva de Lisboa (Portugal) parece concluir que Apatosaurus es lo bastante diferente de Brontosaurus como para representar no ya una especie diferente, sino un género. (En la nomenclatura binomial linneana, el “nombre” es el género, nivel superior a especie y el “apellido” es la especie concreta. Por ejemplo, género Homo, especie Homo habilis, H. neanderthalensis, H. sapiens) El estudio analiza 477 características físicas diferentes de 81 ejemplares de saurópodos en una investigación de cinco años de duración y numerosas visitas a colecciones de museos en Europa y los EE.UU. y se resume en el reconocimiento del nuevo/viejo género con al menos tres especies. El Apatosaurus -caracterizado por una línea más esbelta y de cola y cuellos más largos- se mantiene también. Así pues el buen viejo bronto vuelve a recuperar su status legal, aunque para muchos -Marsh incluido- esto nunca ha tenido ninguna importancia.

The Brontosaurus is Back, en Scientific American

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