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Una promesa incumplida: mi idea era que al hacerme anciano tendría la pinta de Alec Guinness, y que me la dejaría crecer hasta que llegara al suelo, tipo Valle-Inclán. Anciano, para mi edad, eran los mayores de cuarenta, y era una edad noble y envidiable: lejos de mi detestada infancia llena de obligaciones, ausente de derechos, y con un físico risible. Además de no poder escoger la ropa.

Porque, no nos engañemos, la niñez es un dolor de muelas. Vista de lejos tiene mucha poesía, sí, y es todo bonito, pero es la mayor mentira que le contamos a los pequeños después de los Reyes y Papá Noel.

En cuanto a la barba: la oportunidad era ideal, el confinamiento permitiría pasar las dos o tres semanas (iluso!) necesarias para tener ese pelo con un aspecto acabado.

Mentira! Tarda en crecer. Pica mucho. Duele (mis pelos faciales son como púas). Se te mete en la boca y da el impulso de mordisquearla como una cabra, que ríete de comerse las uñas o los pellejitos de los dedos. Me sale en tres colores (naranja, negro y blanco cano; sólo por las patillas parece rubia) con lo cual parece que está sucia. Al retocarla, si el instrumental no está afilado, es peor que la cera.

Entiendo que una burla sádica en los tiempos de Caldea era echarle miel en la barba a un enemigo, para que tuviera que afeitársela, porque lavarla se ve que no se llevaba. Vista la calidad de las cuchillas de la época, aquello debía ser terrible.

Así que al final decidí dejar el intento para la próxima década o hecatombe global que ocurra… ya lo veremos. De momento, el rostro patriarcal y venerable tendrá que esperar.