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Una de las pocas cosas en que concuerdo con Rian Johnson en su peculiar deconstrucción de la saga de Star Wars: The Last Jedi es en la escena que emula a esta de Return of the Jedi, con la sala del trono y el malo malísimo sentado junto a un arma letal. Cuando vi la peli a los trece años recuerdo haber pensado: “¡Pero enciende el sable desde lejos! ¡No te limites a menear la arandela del pomo! ¡Recuerda al wampa de Hoth!” y también “Alíate con papá y cuando terminéis con el viejales ya veremos lo que pasa” Pero no. El caso es que aquí ya se dejaba entrever el poder de Palpatine y lo bien hilado que tenía todo. Un auténtico villano, no como el clon mal hecho que resultó ser el tal Snokes.

A los trece años todavía no tenía mucha idea de esto (aunque Batman y compañía ya te daban una noción de BDSM y esas cosas) pero aquí se notaba que había una perturbación, digamos, en la Fuerza. Sheev Palpatine es un personaje encantador y tuvo su buen tiempo de pantalla, y se podía ver que quedaba en el tintero una parte de su vida privada.

No voy a discutir acerca de cómo tuvo una nieta, pero ¿cómo pasaba esas largas noches solitarias entre Coruscant y cruceros de combate? A diferencia de Vader -que seguramente se dejó sus genitales churruscados en la lava de Mustafar- Palpy es un hombre con sus deseos intactos y seguramente pervertidos por el Reverso Tenebroso. ¿Con qué se excita un Sith? ¿A qué viene tanto cuero negro? ¿Qué lleva puesto debajo de la túnica? Son preguntas fuera del canon que algún día serán contestadas.