Soy el apéndice de JuanUna cosa graciosa que me pasa es que de los colgajos que la civilización suele amputar del cuerpo humano, aún los conservo todos, aunque han estado al borde del escalpelo. Las amígdalas… las muelas de juicio… la pielcita de ya-me-entienden… y el apéndice. Las muelas me sirven bien, las amígdalas me entibian la garganta en invierno y, en general, todos estos periféricos resultan útiles en su sitio. ¿Y el apéndice?

El pequeño rabito al final del intestino tenía fama de ser un depósito de semillas de uva y el origen de infecciones mortales; una muestra de un órgano residual (para los evolucionistas) o de la ineptitud de Dios (para los beatos). Pero puede que sirva para algo más: como refugio para nuestra flora intestinal cuando, incidentalmente, algo la arrasa.

Digamos, una diarrea o un lavado intestinal o algo nos deja los intestinos limpios como para hacerlos a la parrilla; ¿cómo recuperamos las beneficiosas bacterias simbiontes, comiendo yogurcitos? Pues no, con las supervivientes que han quedado en el apéndice. En poblaciones con alta incidencia de cólera (o enemas) el apéndice representa una ventaja evolutiva, al acelerar la recuperación del circuito digestivo.

Visto en Short Sharp Science.