Es un acontecimiento recurrente en mis viajes que, cuanto mejor y más divertida es la aventura, más valor tiene el objeto que pierdo o se me rompe por el camino. Desde una tapa de objetivo a una chaqueta rasgada o un aparato estropeado, es un peaje casi invariable. Lo último fue mi gorra naranja -de poco valor económico, pero que llevaba muchos años encima de mi cabeza- que desapareció misteriosamente en el Cañón de Almadenes; y digo misteriosamente porque no había viento y me tiré media hora subiendo y bajando cerros sin encontrarla.

Seguramente si a estas casualidades se le asignara un significado, como hace la vieja bruja de la historieta, acabaría formando una superstición en toda regla. ¡Y no cuento las ofrendas (involuntarias) de sangre!

Hlug o Hlud es una forma primitiva del nombre que sería con el tiempo Ludwig, Ludovico, o Luis (aunque no tan atrás como el Pleistoceno).

Hlug comiendo las setas
Dejemos que Hlug haga de beta-tester primero