Juegos de guerra

A finales de junio y por una serie de casualidades, me administraron la segunda dosis de la vacuna Moderna (de cuyo primer pinchazo ya hice unos comentarios jocosos anteriormente). Realmente no hubo unos efectos secundarios molestos, así que este refuerzo no me preocupaba en absoluto… ah la inocencia! Al día siguiente empecé a notar la fiebre; una fiebre extraña, homogénea por todo el cuerpo -se notaba más como si me hubiera calcinado al sol todo el día y estuviera pagando las consecuencias- que no bajaba con los medicamentos y se mantenía en unos confortables 38.5 – 39.5º. No hubo dolor, ni ningún otro síntoma (ah sí, se me pusieron los ganglios del cuello como boniatos) aparte del esfuerzo extremo de mi sistema inmune por destruir aquello que trabajosamente había fabricado antes: los peplómeros o espinas de coronavirus, que en realidad se parecen más a ventosas.

Siendo una persona con un sistema hiperreactivo, alérgico, psoriático, que está siempre a la que salta y se pone a cien con un grano de polen, lo raro es que no se me haya ocurrido prever esto. Pero bien está lo que bien acaba, ¿no? Ahora El Cuerpo sabe reconocer y defenderse de cualquier microorganismo con arpones moleculares de asalto.

Lo curioso es que hace unos días, justo dos meses después de la vacuna, tuve otro brote de actividad defensiva. Menos intensa y más corta, pero me he quedado pensando: ¿Y si la vacuna tiene un efecto cíclico, como la malaria, y la población mundial se enfrenta en el futuro con tirarse seis días cada dos meses con malestar, náuseas y dolores? ¿O todos los meses? Cielo santo, ¿qué forma de vida sería capaz de tolerar eso?