Acabo de encontrar un cartel que fotocopié hace… dieciséis años (?) en un viaje a Bruselas (se puede ver pequeñita haciendo click en la viñeta o descargar aquí; está en francés pero es bastante gráfica). Me alojaba en el Auberge de la Jeunesse y vi en una de las columnas llenas de affiches y papeles informativos un folio que me llamó la atención: era un dibujo a tinta de Franquin (el más famoso dibujante de Spirou) y Delporte (guionista de muchísimas BD belgas, que murió en marzo de este mismo año) con el personaje de Gaston Lagaffe (Gastón Elgafe en la versión castellana). A mí me encantaba Lagaffe y las absurdas historias que estos dos artistas creaban, con bastante mala leche.
Gaston, para quien no lo conozca, es una especie de conserje patoso de la Editorial Dupuis (que realmente existe) y mayormente se dedicaba a amargarles la vida a los curritos de allí, dibujantes, creativos y demás fauna. Seis años después (1963) Paco Ibáñez se basaría en este personaje para crear al Botones Sacarino, una especie de conserje patoso que… dejémoslo así.
Aparte del diseño de personajes y el escenario base, hay poco parecido entre las historias de Sacarino y Lagaffe. Con esa mezcla de ternura y acidez que caracterizaba toda la obra de Franquin, las situaciones y los personajes eran extremadamente absurdos, pero las anécdotas eran tan… verídicas que no me cabe duda de que la mayor parte las habían rascado él y Delporte de sus propias vivencias en la editorial.
Pero esta plancha era diferente. Mucho más siniestra y con el estilo de sus Idées Noires, usaba al personaje amable para denunciar una cara tenebrosa de nuestra realidad. Con mi escaso francés de aquellos tiempos –qui est, bien sûr, le même que aujourd’hui- pedí al conserje que me hiciera una copia, la cual encontré hoy.
Y hoy también descubrí que Franquin (a quien hacía retirado) había muerto, seis años después de esta historia y ya hace diez. (Pucheritos).
Valga este post como saludo a esos dos fieras de la pluma y como recordatorio de que las mismas cosas siguen pasando, y siguen siendo denunciables, en este siglo XXI que Franquin no llegó a ver.



