Carretera abajo desde Salzburgo a la región de Carinthia, se atraviesan una serie de macizos montañosos que son las primeras estribaciones de los Alpes: abruptas masas de granito cubiertas de bosques oscuros, con valles por los que dejan pasar casi con lástima a ríos y autobahns. Quince kilómetros al sur de la ciudad de Mozart está Hallein. Todos los toponímicos recuerdan la sal y su versión mineral (halita, del griego yalinos=de vidrio) y es que esta región era el centro de la minería de sal desde el Neolítico, con la consiguiente riqueza: la sal común era un bien preciado en la antigüedad.
Otros quince kilómetros más y aparecen dos grandes sierras: la que da a Alemania es la que escogió Hitler como refugio de verano, Kehlsteinhaus. La del lado austríaco, de corte más abrupto, tiene en su cima un lugar interesante: el Eisriesenwelt (mundo de los gigantes de hielo, o mundo gigante de hielo, o mundo del cubito gigante, no sé).
Para llegar a la cima del bloque granítico hay que hacer un tramo en coche desde Werfen, un pueblo algo más adelante; luego tomar un funicular demasiado vertical para mi gusto que te deja en un punto intermedio más arriba. A la boca de la cueva se llega a pie y son otros quince minutos más. Y, ¿qué hay en la cueva? Ciertamente es un laberinto de cavernas inmenso (mas de 40 kilómetros) y no todas las galerías están exploradas. Pero lo que la hace única en el mundo es que tiene dentro un témpano. Nada más abrir el portón de hierro que da a las profundidades, un chorro de aire helado hace que se te arruguen hasta los calcetines.
El frío del invierno alpino (las cuevas en invierno están cerradas) cala la densa muralla de granito y penetra hasta la cueva, donde la temperatura suele ser más acogedora que en el exterior. Pero igual que un inmenso termo, la cavidad retiene el frío durante todo el verano; de forma que mientras la temperatura exterior ronda los 26ºC, dentro se mantiene por debajo del punto de congelación. Al ser un sistema de galerías, el viento helado contribuye a mantenerlas frescas y congelar el agua que destila la roca.
Hay un recorrido trazado, con escaleras resbaladizas y empinadas (146 metros de desnivel) y tablones para no matarse con el hielo. Un tobogán pulido de cien metros, especie de cascada congelada, espera al desgraciado que se salga fuera sin crampones. El miserable farolillo de carburo que me dieron apestaba más que daba luz -con eso y mi capucha roja parecía un maldito gnomo- y el sitio no tiene focos ni nada parecido: sólo unas mechas que llevaba el guía daban una luz intensa y blanca como la de un flash, permitiendo hacer las fotos prohibidas que se ven aquí (tengo que averiguar dónde se compran esas mechas). Por cierto, no prohíben hacer fotos por tema de conservación ni nada: es por comodidad, para que la gente no se pare más de la cuenta. Cierto que tampoco te dejan ver mucho. Al rato de ver cientos de flashazos inútiles, me decidí a hacer algunas también; como hice las fotos en manual, no tuve que pararme -eso sí, son penosas!
Más fotos en la galería de Austria



