COVID

Hace algunas semanas, tuve un acceso de fiebre y tos al estilo de mis alergias habituales. Me hice un test de la COVID de farmacia, que resultó negativo, y seguí con mi vida. Para cuando el médico pudo verme (y hacer otro test, esta vez positivo) ya habían desaparecido los síntomas y sólo quedaba la tos y los mocos. Pero ya no formo parte de la minoría que nunca ha conocido los arpones proteicos del SARS activo; más daño me hizo la vacuna, de todas formas.

Esto no significa que la vacuna fuera peor que la propia COVID; al contrario, fue el entrenamiento que permitió que esta versión -más domesticada- pasara tan suavemente. Resulta fascinante ver cómo este organismo, que ni siquiera es un ser exótico (digamos, una entidad fungoide semicristalina que se transmite a través de las frecuencias bajas del espectro electromagnético) sino un virus habitual que acaba de probarnos como huésped puede tener tal complejidad de reacciones, efectos secundarios y dar al traste con hipótesis tras hipótesis que intentaban prevenirlo. Pienso que si de verdad nos encontramos con algo raro, pueden pasar dos cosas: que muramos todos -incluyendo a la cosa rara- o que nos crucemos sin darnos cuenta siquiera de que existe, de tanta incompatibilidad como hay.