El virófago antártico

La Antártida encierra misterios primigenios y exóticos, y en estos últimos años han visto la luz unos cuantos: un lago de sangre (bueno, rojo); pequeños mares sellados bajo el hielo hace millones de años; fósiles vivientes pululando por los frías y oscuros abismos de la plataforma continental; y ahora, el virófago.

De hecho este ser -OLV u Organic Lake Virophage– es uno de los tres que conocemos actualmente, el primero descubierto en 2008 y el segundo un mes más tarde. Los virófagos son la venganza, el depredador natural de los virus.

Todos sabemos que los virus no son formas de vida exactamente: son trozos de código genético organizado de tal manera que parasitan a células organizadas utilizando su capacidad reproductora para obtener copias de sí mismos. En el proceso, afectan más o menos a su huésped, desde provocarle un ligero malestar (resfriado) hasta matarlo (VIH, Ébola).

Los virófagos son organismos que habitan inactivos en el interior de células; por ejemplo el llamado Sputnik vive en las amebas de la especie Acanthamoeba polyphaga. Cuando una de estas amebas es infectada por un mamavirus, que suele ser letal para ellas, el Sputnik interfiere utilizando los sistemas de autorreplicación del mamavirus para producir más Sputniks. Con ello también disminuye la producción de mamavirus y eventualmente la mortalidad entre las amebas. En el caso del OLV, las beneficiadas son unas algas prasinófitas afectadas por picodnavirus.

No es que esto vaya a curar ninguna enfermedad, pero es bueno saber que los virus también pueden enfermar. Siento por los virófagos la misma simpatía insana que por los atracadores de bancos.