En la Cueva del Tesoro

Esta vez me he metido, no bajo el mar, sino bajo la tierra; concretamente las yesosas tierras del karst de Sorbas, en una excursión a la cueva llamada «del Tesoro». Hace tiempo que quería visitarlas y al fin me decidí. De las tres rutas que se organizan hay una básica, una combinada y una técnica. Escogí esta última inconscientemente, como siempre, pero a veces hay que sopesar las consecuencias. Por mi parte, empecé a evaluar mi juicio en el momento que llegamos a la obertura principal: «-¿Dónde están las escalerillas?» -digo.

– No hay escalerillas. Se baja por ahí -el guía señaló una grieta en el suelo, no mucho más ancha que la taza del water y de profundidad desconocida. Unos pocos rayos de luz polvorienta no llegaban a atravesar el agujero negro por el que se supone que teníamos que pasar.

Iniciamos el descenso por una especie de grieta estrecha abierta por el agua en épocas primordiales, algo así como un cañón en miniatura. A veces el suelo era horizontal, y otras había que descolgarse más y más abajo utilizando el culo, brazos y piernas como presas en el estrecho corredor. Las paredes y techo estaban cubiertas de racimos de cimbreantes arañas patudas, papaíto-piernas-largas, araña de cortijo, bah: opiliones. Alguna polilla pasaba ante los focos, pero sigo sin saber exactamente qué comían aquellos arácnidos cazadores en la penumbra.

Pronto el cañón se hizo más y más escarpado y pasamos por salas de diferente dificultad, algunas mediante el uso de cuerdas de escalada, otras arrastrándonos y otras… no sé cómo. Al cabo de un buen rato empezamos a ver formaciones propias del karst en las paredes.

Un apunte: el llamado modelado kárstico es un tipo de formación rocosa muy característica que se forma cuando las aguas subterráneas erosionan y arrastran disueltos minerales, generalmente caliza. Estos movimientos son el origen de grandes grutas y pasadizos subterráneos y de las formaciones que las decoran, como estalactitas, estalagmitas, cortinas y demás: todas ellas son resultado de la condensación de partículas de mineral a lo largo de milenios. En el caso de Sorbas, la capa de terreno erosionada por el agua no es demasiado antigua: pertenece al Mioceno-Mesiniense, unos seis millones de años atrás, cuando el Mediterráneo se había cerrado por el estrecho de Gibraltar y se secaba convirtiéndose en una sopa tóxica de minerales disueltos -no muy diferente, sin duda, del Mar Muerto de la actualidad. En las arcillas de esta época hay poquísimos fósiles, y capas cada vez más gruesas de cristales de yeso.

Así pues, el terreno es de arcilla y yeso, con lo cual el agua puede trabajar a gusto y rápidamente. El resultado, hay que decirlo, es más frágil y monocromo que en los karst de caliza donde otros minerales colorean el blanco puro: aquí todo es una sinfonía de marrones y blancos, con algún punto de color rojo hierro. Eso sí, en multitud de formas: bolas blancas rellenas de arcilla, cristalitos como corales, estalactitas huecas únicas en su especie… además, los megacristales de yeso de las capas inferiores valen la pena: sin ser cristales puros -no se trata de la supergeoda de Pulpí– los planos de cristalización se entremezclan con un aspecto de cuadro cubista, y ahí abajo está la macla en flecha más grande que he visto (metro y pico). Tiene un aire a la Fortaleza de la Soledad de Superman, sólo que polvoriento.

Cuanto más abajo, más humedad veíamos, hasta que llegamos al nivel freático: la capa donde la saturación de agua forma lagos y por debajo de la cual supuestamente no hay más cuevas. Resultaba interesante estar a esa profundidad, en el fondo de un Mediterráneo muerto hacía seis millones de años: pero unos rugidos horripilantes captaron mi atención. Se trataba de la barriga, que llevábamos tres horas bajando.

La salida no era retomando el camino (lo cual hubiera sido bastante incómodo) sino por una ruta que, tras un ascenso entre túneles y un breve rappel de seis metros, conducía a la verdadera Cueva del Tesoro. Esta sala era conocida por los habitantes del lugar y se suponía que los árabes la habían utilizado para esconder sus valores, aunque no tengo muy claro hasta qué punto esto sea cierto. El trayecto era bastante más cómodo aunque resbaladizo, y en la boca de la cueva una monstruosa pero amable higuera ayudaba a escalar los últimos tramos con un tronco que parecía un calamar gigante. En las escarpas exteriores de la cueva, el yeso tapizaba los suelos con mosaicos de cristales transparentes y muy llamativos.

Recomiendo la visita a estas cuevas a cualquiera que guste de la naturaleza y los parajes extraños, aunque para la visita técnica debo advertir que se requiere la flexibilidad de un gato, la constitución física de Conan y una capacidad intelectual a la par. Eso, o ir a la brava, como hizo un servidor; pero luego no os quejéis.

Por aquí algunas pocas fotos que pude hacer en el trayecto (¡ah, no se os ocurra bajar una reflex a esos túneles infernales llenos de polvo, humedad y cosas que golpean y rayan! ¡Mejor una compacta que se pueda refugiar en el pecho en los momentos apretados!)

Un comentario

  1. Desde luego te metes en cada follón… xDDDD

    Lo importante es que lo hayas disfrutado y que te lo pasases bien, que esas cosas son las que luego no se olvidan… 🙂

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